Los embajadores de la India

Una de las piezas más memorables de la idiosincracia nacional es una película de 1987 llamada “El Embajador de la India“, que narra la historia real de un avivato que se hizo pasar por el embajador de ese país durante varios días en 1962, explotando hábilmente la curiosidad por lo exótico y el servilismo ante lo extranjero, tan propios de los paisanos de la Colombia profunda. Si este hubiese sido el único caso en esta orilla del mundo, no pasaría de ser una anécdota; pero lo cierto es que cada año esta región llamada Occidente se inunda de una clase especial de embajadores de la India y su misticismo, que en el fondo no son más especiales que usted, yo o cualquiera.

No es tanto esa reverencia hacia lo extranjero que ha obligado a más de uno (incluso a nuestra policía de inmigración) a aprender que Nigeria es una república, sino la que obliga a ver que la India no es la tierra de la armonía y la paz espiritual. Aunque eso quieran vendernos, literalmente: la India es la sede de verdaderas multinacionales del yoga, la vida sana, la meditación y la paz interior, como si aquel país no fuera un gigante cliché de enfermedad, pobreza e idolatría de las vacas. El mismo país donde existe una pobreza causada por un sistema de castas y a su vez basada en un sistema de creencias (el hinduismo).

Desde el auge del movimiento hippie, y desde cuando los Beatles conocieron al Maharishi, la India además de incienso, exporta gurúes, santones y faquires, nacidos del afan de paz espiritual de los occidentales perdidos en el mundo material, y no tanto de que le sobre armonía y abundancia a los 1.200 millones de indios (casi la mitad de los cuales no han superado la pobreza). Dicen que “si los libros de autoayuda sirvieran, se habría escrito sólo uno”; y si aquello que nos quieren vender como la fuente de la felicidad sirviera, la India, con sus 500 millones de pobres, sería el país más feliz del mundo.

Repasando la lista de los nuevos embajadores de la India, se encuentran nombres como Sai Baba, acusado de burda prestidigitación cuando no de homicidio o delitos sexuales; Osho, que salía a pasear por las mañanas en Rolls Royces, Prem Rawat, quien pasó de gurú besado en los pies a vestir traje y corbata, el mismo Maharishi que usó y luego desilusionó a los Beatles, o el siempre entrañable Deepak Chopra, el físico cuántico sin licencia más famoso del mundo. Todos directores de negocios millonarios, conferencistas y autores de best-sellers, enriquecidos por el fracaso de la tradición judeocristiana como única vía conocida por Occidente hacia la realización espiritual* del ser humano.

Cada región donde exista una cultura ancestral le ha disputado a la India el monopolio de la sabiduría espiritual. Por cierto, la gran mayoría de información ecuánime en la web sobre este asunto está en inglés. En español, desde la Wikipedia hasta una sarta de blogs personales, son casi todo apología escrita por gente que sólo sabe decir “namasté” como si el sánscrito fuera una lengua cooficial. Sólo los blogs escépticos o los documentales sobre las sectas ofrecen una visión objetiva, que termina desmitificando a los iluminados que sólo son superiores al resto de los mortales en el tamaño de su cuenta corriente.

* Esta opinión de que cada secta es un fracaso del judeocristianismo en ofrecer respuestas reales y concretas ante la inquietud espiritual occidental, fue un comentario en el video sobre las sectas, subido por una organización católica, y que, oh sorpresa, fue borrado. Sin derecho de réplica, obviamente. Cuestionar el monopolio de la iglesia católica sobre la moral y la ética seguro fue lo suficientemente ofensivo.

No me interesa el escepticismo absoluto sobre el tema de la realización espiritual, pues equivaldría a aceptar que el ser humano es sólo un costal de órganos y hormonas, y que la vida es un acto puramente biológico entre dos respiraciones: la primera y la última. Sin embargo, sigue siendo necesaria la evidencia para aceptar que es posible una vida mejor ligada a una realidad superior, aunque sea algo que sólo se pueda comprobar en primera persona. Y de todos estos embajadores de la India modernos sólo es posible aprender dos cosas: que nadie va a encontrar afuera lo que debe buscar dentro de sí, y que nadie va a aprender nada siguiendo a quienes no son un ejemplo viviente de su propia enseñanza.

Pawn Sacrifice: érase una vez Fischer

Es la primera vez que escribo acerca de una película. No soy para nada cinéfilo, y puesto que no es ninguna opción pagar precios carísimos para rodearse de gente maleducada y contemplar la mediocre oferta del cine nacional, hace poco tuve la posibilidad de ver Pawn Sacrifice, el primer biopic dedicado a Robert (“Bobby”) Fischer, campeón mundial de ajedrez en 1972 y uno de los mejores jugadores de la historia.

Si la vida de Fischer merecía hace mucho una película, hasta ahora sólo se habían hecho documentales; el último de los cuales fue Bobby Fischer against the World, una camarilla de jugadores, incluido Kasparov, contando la historia de Fischer que todo buen aficionado ya debe conocer. Y en eso la película recuerda a otras biográficas como las basadas en la vida de Steve Jobs, que básicamente cuentan lo mismo desde los tiempos de Pirates of Silicon Valley. Uno supone que la película está dirigida al público lego en ajedrez, pero aún así resulta casi sarcástico hablar de soltar un spoiler.

La película es dirigida por Edward Zwick, de quien sólo he visto la bienintencionada El último samurai. La historia abarca la vida de Fischer (Tobey Maguire) desde que aprendió a jugar al ajedrez, hasta su disputa del título mundial con Boris Spassky (Liev Schreiber). Aún como ex aficionado al ajedrez, la película me parece interesante, pero después de leer la mejor biografía de Fischer a la fecha, se queda corta mostrando en 115 minutos los tres pilares en los cuales se supone que está basada: el rol de Fischer como peón del gobierno estadounidense contra la Unión Soviética, su paranoia enfermiza, y su obsesión con el ajedrez.

Sin pretender ser una película exclusiva sobre ajedrez, son pocas las escenas ajedrecísticas. Salvo el célebre error de Fischer en la primera partida (29…Axh2), la película pierde en comparación con otras muy célebres a la hora de mostrar la tensión propia de una partida de ajedrez. Por ejemplo, The Luzhin Defence, cuyo protagonista, además, expresa mucho mejor la obsesión de un hombre incapaz de ver el mundo más allá de un tablero.

Creo que hizo falta ilustrar más el punto de vista soviético de la “superioridad intelectual socialista” para justificar que EE.UU. involucrara a Fischer en tan desigual partida de la guerra fría. Las motivaciones de Fischer contra “los rusos”, tramposos por pactar resultados entre sí y sólo esforzarse contra los extranjeros, no eran las mismas de su gobierno, empeñado en derrotar a los soviéticos en su propio juego. La historia del “pobre chico de Brooklyn contra el imperio soviético” se reduce al duelo personal entre Fischer y Spassky, quien sólo se da cuenta al decir: “un hombre dispuesto a suicidarse tiene la iniciativa”. No sé por qué me recuerda un poco la frase: “no es un hombre, es un pedazo de hierro” que el villano ruso espeta en Rocky IV.

La personificación de Maguire es buena, pero no lo suficiente para convencer al espectador de la genialidad o de la paranoia de Fischer. Se le puede ver con una bolsa de papel en la cabeza o desarmándolo todo en busca de micrófonos, pero nunca el espectador se identifica con él como sí era posible con Luzhin o incluso John Nash. Ni se puede conectar a Maguire con el Fischer barbudo y desaliñado de las imágenes reales de la televisión islandesa con las cuales termina la historia, más de treinta años después. El resultado final no esta mal, pero cuando se hace una brillante película sobre un mediocre como Ed Wood y sólo se consigue algo aceptable con un genio como Bobby Fischer, es que Hollywood, en medio de su actual crisis de creatividad y rebuscando hasta en los viejos cuentos de hadas, tiene un problema serio a la hora de contarnos historias. Sobre todo aquellas que algunos ya conocemos mejor por otras fuentes.

Adendum: siempre que se plantea el debate de quién fue el mejor jugador de la historia del ajedrez y ronda el nombre de Bobby Fischer, termino recordando una frase: “Cualquiera puede escalar el Everest, sólo hay que dejar todo lo demás en la vida y dedicarse a ello”. Por eso, José Raúl Capablanca, sin ser tan temperamental ni fogoso, es considerado superior a Fischer. Porque alcanzó mucho antes el Everest, sin pagar el precio de vaciar su vida para satisfacer una obsesión.

Ajedrez, LoL y la definición de deporte

Se dice que hacia 1999, el ajedrez logró el reconocimiento formal como deporte por el Comité Olímpico Internacional. Este fue el origen de la redefinición del concepto de deporte, así como de las categorías en las cuales un juego puede ser considerado como tal. Y desde entonces se ha puesto de moda considerar casi cualquier cosa como deporte, bajo el pretexto de “si el ajedrez es un deporte, entonces el _________ también lo es”.

El primero de los juegos en llenar ese espacio en blanco fue el póquer, en su modalidad más conocida: el Texas Hold’em. Sin embargo, no hace falta la opinión del excampeón mundial de ajedrez Vladimir Kramnik, quien dijo que el póquer es un juego unidimensional comparado con el ajedrez, para ver que no todos los juegos son elevables a la categoría de deporte por el simple hecho de implicar un esfuerzo mental. O por tener sus propios campeonatos mundiales, como el parqués, dominó, Monopoly, etc.

El objetivo final de quienes buscan el reconocimiento deportivo suele ser el pajazo mental sueño de ver su actividad favorita en unos juegos olímpicos. El último punto de la discusión lo plantean ahora los videojuegos, en especial los multijugador de batalla como el League of Legends (LoL) y otros que gozan de una difusión multitudinaria, en eventos conocidos como e-Sports, que pretenden ser reconocidos como deportes. Y aquí es donde comienzan las preguntas. ¿Qué es un deporte? ¿Qué lo diferencia de un juego? ¿Todo puede ser considerado como deporte?

Si bien el ajedrez cumplía desde hace mucho con los requisitos exigidos a un deporte para ser reconocido por el COI, este organismo ni siquiera tenía una definición estricta de qué es un deporte. Esa tarea la había asumido SportAccord, la unión internacional de federaciones de deportes olímpicos y no olímpicos. Según SportAccord, para que una actividad sea un deporte debe cumplir con todos los siguientes requisitos:

  • Debe incluir un elemento de competencia
  • No debe confiar en ningún elemento de suerte o azar
  • No debe implicar un riesgo indebido para la salud o la seguridad de los participantes
  • No debe causar ningún daño a ninguna criatura viviente
  • No debe confiar el suministro del equipamiento a un solo proveedor

El primer punto es claro: hay una diferencia entre montar en bicicleta y una carrera de ciclismo. El segundo es la razón por la cual el póquer, que implica un alto componente de azar, no puede ser considerado deporte; así como los juegos que involucren dados, cartas coleccionables o cualquier otro elemento no previsible de antemano. El cuarto punto excluye a la caza o la tauromaquia, muy a pesar de los medios informativos que la incluyen en sus crónicas deportivas. Y el quinto debería excluir a videojuegos como el League of Legends, un videojuego sin federación, de propiedad exclusiva de su desarrollador (Riot Games), y que no se incluye dentro de las categorías descritas por SportAccord:

  • Principalmente físicos: atletismo, fútbol, etc.
  • Principalmente mentales: aquí se incluyen los acogidos por la IMSA: ajedrez, go, damas y bridge; el póquer y el xiangqi tienen un reconocimiento provisional
  • Predominantemente motorizados: automovilismo, ciclismo, motonáutica, etc.
  • Principalmente de coordinación: billar, arquería, etc.
  • Principalmente apoyados en animales: equitación, etc.

La principal razón para considerar algunos juegos como deportes es el marketing. Con excepción del póquer, ningún juego de mesa es capaz de lograr un cubrimiento televisivo en canales como ESPN, con las posibilidades económicas que eso genera (alguna vez ESPN transmitió el duelo de Kasparov contra Deep Blue de 1997, pero aparte de eso, el ajedrez en televisión es algo casi anecdótico). Es evidente que videojuegos como el LoL tienen un enorme potencial de audiencia televisiva, pero evidentemente segmentada. Los canales deportivos enfocados en los juegos predilectos de la generación del red bull serán al deporte lo que MTV es hoy al mundo de la música.

Para terminar, dos puntos. El primero, decir que algo es un deporte implica que a sus practicantes hay que llamarlos deportistas. No sé cual es el estereotipo del jugador de LoL u otros videojuegos, pero por alguna razón lo veo muy lejos del grado de excelencia física o mental, o del paradigma de esfuerzo, disciplina y superación que se esperan de un atleta o un artista marcial del cuerpo o de la mente. El segundo: para ser reconocido como deporte por el COI, el ajedrez tuvo que implementar una política antidopaje. ¿Puede esperarse lo mismo en un mundo que gira alrededor de una pieza de software susceptible de reprogramación?

“¿Es la religión judeo-cristiana responsable de la crisis ecológica?”

(Nota: el título va entre comillas porque no corresponde a esta entrada, sino al artículo de Andrés Alvarez Martínez, publicado en este enlace)

Las redes sociales se han vuelto una forma tan práctica como poco útil de creer que podemos revolucionar el mundo haciendo un clic. Así es como uno termina siguiendo cuentas de muchos ciberactivistas. No sé si fue por devolver un follow en Twitter que terminé siguiendo a @Aidaespanol, pero por responder a uno de sus tweets ahora ambos tenemos un seguidor menos.

(Actualización: “Houston, tenemos un problema”. Ahora resulta que mis tweets sí aparecen en la cuenta @Aidaespanol, que acaba de seguirme en Twitter, lo que significa que los había seguido por cuenta propia. En fin.)

A raíz de la encíclica del papa Francisco Laudato si, da la impresión de que, por primera vez, el líder de la fuerza moral dominante en occidente pone de manifiesto su preocupación por la ecología y el medio ambiente. Entonces, al recibir el tweet de marras, recordé que había leído un artículo de Arnold Toynbee sobre el tema, que resumía la idea de que la destrucción ecológica por parte del ser humano tenía como causa nada menos que la interpretación religiosa del “creced y multiplicaos”. Y al buscar, no encontré el dichoso artículo sino uno aún más extenso, titulado “¿Es la religión judeo-cristiana responsable de la crisis ecológica?”, que incluye también lo dicho por Toynbee.

El tweet enlaza a un artículo del blog de la AIDA titulado “Dios es ambientalista, ¿y tú?”. Como la pregunta es provocadora (y como suelo responder una pregunta con otra) mi respuesta fue el título de este artículo y el enlace al original en pdf. Y en aras de la libertad de expresión con la cual cierra el artículo de la AIDA, mi tweet fue borrado. Por eso quiero retomar mi respuesta aquí.

Sobra decir que el concepto de dios es una aberración. Bastante tiene ya el mundo con la imposición de un dios omnipresente excepto en presencia del mal, omnisciente excepto para ver las consecuencias de su propia creación, y omnipotente excepto para detener la destrucción de su presunta obra. Ahora resulta que la causa ecologista tiene que apelar a esa misma idea para disminuir la destrucción medioambiental por las mismas razones que hacen de la religión un sistema de control social: no por comprender que la destrucción del entorno en un sistema cerrado redunda en la propia destrucción como especie, no por entender que el daño al planeta se traduce a la larga en daño a nosotros; no por razones nacidas de la inteligencia y la comprensión, sino de aquello que algunos llaman “temor de dios”.

Ya sea por la interpretación literal del Génesis, que define al hombre como “rey de la creación” y coloca al mundo a su servicio, ya sea por considerar herejía el panteísmo y la adoración de la naturaleza, lo cierto es que el respeto por la ecología no ha demostrado provenir, de ninguna forma, de la religion organizada. A diferencia del actual buenismo neohippie de abrazar árboles y adorar a la Madre Tierra, la cosmogonía y visión de la naturaleza como una sola fuerza de la cual nace la vida era vista desde hace cinco siglos simplemente como pecado. Y este es el concepto clave: la prueba de que la ecología nunca fue importante ni siquiera para los papas del siglo XX es que destruir la “Creación” nunca fue un pecado. Sólo el papa anterior, Benedicto XVI, quiso convertir en pecado la contaminación ambiental, pero apelando a la misma razón equivocada detrás de la idea de pecado: no “ofender a dios”.

De hecho, el papa actual, Francisco, fue el autor de una frase con la cual se ha pretendido justificar la explotación minera en nombre de la palabra del dios sin nombre de los cristianos:

“El día del juicio final ante Dios, nos contaremos entre los que enterraron el talento dado y no lo hicieron fructificar. No sólo en agricultura y ganadería, sino también en minería”.

Esta frase (y citas como Génesis 2:10-12) fueron parte de un desesperado intento de algunas iglesias cristianas para justificar la explotación aurífera en el páramo de Santurbán (ver “El día que Dios respaldó la minería en Colombia”). Decían defender la minería legal y responsable, como si la minería en el páramo donde nacen las fuentes de agua de medio millón de personas no fuera una irresponsabilidad. Mientras los presuntos representantes de dios en la tierra no tengan que aprender a beber oro, está claro cuáles son sus prioridades.

Y no, la conclusión no es que quienes están en contra de la religión estén a favor de la destrucción del planeta. Ser ateo, agnóstico, animista o lo que sea no tiene nada que ver con respetar o no el ambiente. La religión sólo ha servido para controlar a la humanidad a través del miedo, y el ambientalismo basado en dios es una idea absurda e innecesaria. Si ha de protegerse a la tierra, mejor que sea por el fin de la ignorancia y la inconsciencia, que sea con ideas nacidas de la inteligencia, la ciencia, la tecnología, pero sobre todo, de la comprensión de que proteger la vida en la Tierra es parte de protegernos como especie. La Tierra ha sufrido cataclismos, glaciaciones y otras catástrofes, y la vida ha seguido. Y seguirá, sin nosotros o a pesar de nosotros. Una cosa es ser o no ateo, y otra ser tan estúpido como para creer que es buena idea apedrear el propio tejado.

Obsolescencia programada: experiencias en primera persona

Uno de los puntos que más ha marcado a la humanidad en las últimas generaciones es su relación con la tecnología. Una relación que adopta muchas formas; la más usual, sin embargo, suele ser la dependencia. Mucha gente ya no conoce formas de comunicarse o transmitir información que no sean las que ofrece la tecnología; pero sobre todo, una forma especial de tecnología como parte del sistema económico imperante, en el cual todo es objeto de mercado.

Hace ya varios años que se emitió Comprar, tirar, comprar: un documental que dio mucho de qué hablar. Ha servido para ilustrar el concepto de obsolescencia programada, para alimentar el pensamiento conspiracionista y también para ser objeto de debate por parte del escepticismo organizado. Y no pensé que fuera a tocarme directamente, pero llega un momento en que, por más que uno pueda seguir existiendo con Windows 95 98 Millenium XP, el entorno circundante podría volver a la Edad de Piedra si desapareciera sólo uno de los avances tecnológicos omnipresentes hoy en día.

Comencemos con el PC. No sé quién o cuando se creó la idea de que la tecnología debía acompañar a las personas donde quiera que estuviesen, de que para acceder a la tecnología y la información no hacía falta anclarse junto a un PC. Así nació el concepto de movilidad, en la forma de smartphones y tablets, que ofrecían la posibilidad de acceso tecnológico unicamente con fines de entretenimiento y consumo, pero que por más que se hablara de la “muerte del PC”, nunca iban a reemplazarlo como herramienta de trabajo (porque sí, la gente que trabaja aún necesita y quiere un PC). Después de odiar a muerte a Windows Millenium arrastrándose en un viejo clón AMD 486, lo cambié por un Dual Core con Windows XP desde hace unos siete años y medio, que debe ir al doctor en estos días pero que aún funciona. Y si quisiera seguirle el juego a las distribuciones de Linux con sus versiones cada seis meses, lo seguiría usando con arranque dual.

El problema es que mi oficio me obliga a usar ciertas versiones de programas que ya no corren en un procesador que aún arrastra la marca Pentium (por lo cual no me lo reciben ni como donación). Y es la clase de software por la cual Linux sigue sin ser una opción: si una versión de AutoCAD tan obsoleta como la 2012 funciona en modo “garbage” con Wine, no tiene sentido hablar de las demás. Hace unos meses compré un portátil con Windows 8.1, un Toshiba (maquinón para trabajar como pocos, pero Toshiba decidió abandonar el mercado doméstico y enfocarse en empresas). luego de ver cómo en el trabajo se compraron varios portátiles Asus con Windows 8, obligándome (por ser parte de mi trabajo) a actualizarlos a la versión 8.1. Ahora que Microsoft ofrece la posibilidad de actualizar a Windows 10, me pregunto si será obligatorio pasarlos de Windows 8 a Windows 10 (porque por muchos hackeos al registro, pasar a 8.1 es casi obligatorio).

Uno supone que después del fiasco de Windows Vista, tanto Microsoft como los fabricantes habrán coincidido en que el equipo de mejor funciona no es el que tenga el procesador más potente, sino el que tenga el sistema que use los recursos de hardware de modo más eficiente. Por eso es fácil ver equipos que funcionan mejor con Windows 8 que con el 7, por ejemplo. Aún así, me temo que las nuevas características de conextividad y “experiencia de usuario” evolucionen más rápido que la inteligencia del usuario final, cuando por ejemplo, los clientes de la empresa en que trabajo piden información digital que luego son incapaces de descargar, y uno termina copiándola en un CD para llevárselo en el transporte público.

Otro ejemplo es el de los smartphones. Tengo un Android de gama baja, con algunas aplicaciones muy útiles (como TransmiSITP, por ejemplo), pero soy muy ingenuo al pensar que el resto del entorno lo usa para llamadas y mensajes. Mi jefe casi me obliga a instalar WhatsApp porque le sale muy caro enviar SMS. Yo me opuse (si la empresa me paga un plan de datos, bien; si no, no), pero un compañero con su flamante Samsung parece haber olvidado el concepto de mensaje de texto. Cámaras de chorrocientos megapixeles para selfies o fotos al espejo con destino al facebook vía 10G, para los mismos usuarios que mencioné antes, que cambian de smartphone cada año pero incapaces de hacer aquello que podía hacerse con el Nokia 1100. El otro extremo es el de la secretaria, que piensa que el celular es un “fijo portátil”.

Por último, impresoras. Señores de Lexmark: ¿por qué algunos de sus modelos están diseñados con partes imposibles de conseguir como repuesto, para solucionar daños que ocurren a escasos meses de haberse vencido la garantía? Y para colmo, salen con un firmware atrasado en dos versiones a la de Windows. Tenemos un multifuncional que dejó de funcionar como impresora porque aquella parte que arrastra el papel es más difícil de conseguir que el santo grial. O bueno, funciona a veces, porque empiezo a pensar que las impresoras son la primera forma de vida inteligente basada en silicio:

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Teorías las hay de todo tipo. La teoría de reducir la población mundial no tendría sentido si por ejemplo, se quieren vender millones de smartphones de gama media y baja. Regla N° 1 del capitalismo: crear consumidores (literalmente hablando). Otra teoría dice que la tecnología es una forma de ortopedia que reemplazó facultades que alguna vez tuvo la humanidad (la telefonía móvil reemplazó a la telepatía, por ejemplo). O también la teoría de que la obsolescencia programada obedece al plan de que sólo sea reconocido como información, conocimiento y cultura aquello transmitido mediante un gadget. Es cierto que ya no usamos la escritura cuneiforme, pero no justifica la idea de reemplazar toda forma de expresión humana por las posibilidades de una pantalla táctil. A veces la idea de un apocalipsis es pensar con el deseo, pero si llegara a ocurrir una no muy improbable tormenta electromagnética, por ejemplo, me pregunto quienes serían los primeros en regresar a la Edad de Piedra.

A vueltas con los lectores de RSS

En su momento comenté que el único uso que daba a mi cuenta de Google era el uso de Google Reader, el cuál cerró en julio de 2013, justo cuando me había suscrito ya a un montón de blogs vía RSS. Después de probar varias opciones de entre todas las que aprovecharon el cierre del servicio de Google, por apariencia, organización (y porque no tengo tiempo de probarlas todas) elegí Bloglines, un lector de RSS clásico que amenazó con cerrar en 2010 y que hoy está fuera de línea.

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Netvibes, lector de RSS.

Bloglines ofrecía un servicio entre suficiente y justo lo que buscaba a la hora de reemplazar a Google Reader: un árbol de categorías a la izquierda y vista previa de contenido a la derecha. Por eso descarté otras opciones que sólo mostraban entradas en miniatura o títulos sin posibilidad de ordenar por categorías.

Justamente acabo de enterarme que WordPress tiene una opción para leer blogs, eligiendo la opción Lector (arriba a la izquierda). Sin embargo, sólo ofrece vistas previas de contenido (con la apariencia del escritorio de WordPress) y no permite categorizar las suscripciones.

El problema con Bloglines, al día de hoy, es que su servidor está caído; tanto bloglines.com como dashboard.bloglines.com están fuera de línea. Sin embargo, en Netvibes se puede entrar con las credenciales de la cuenta de Bloglines, crear un archivo .xml de ese escritorio (Cuenta/Salvaguardar datos), e importarlo allí mismo para crear otro escritorio, o en otro lector de RSS.

Como muchos usuarios, prefiero un servicio web en lugar de instalar programas de escritorio o complementos en navegadores de otros equipos. Por eso no me gustaron opciones como Thunderbird, el cliente de correo electrónico de Mozilla, que muestra categorías pero no los blogs de cada una, sólo la vista previa de los contenidos.

La última opción por estudiar era la de alojar un lector de RSS en un servidor web. La única opción que encontré fue TinyTinyRSS, un lector para instalar en servidores FTP, con licencia GPL, y que se puede instalar automáticamente en servidores gratuitos de alojamiento web como Hostinger. Sin embargo, es lento al cargar las fuentes, la apariencia no es muy agradable (aunque se pueden instalar temas), y carece de funciones como marcado automático de entradas leídas. También existen servicios para instalar como NewsBlur, que son de pago.

TinyTinyRSS, lector de RSS alojado en servidor web.

Los feeds son y seguirán siendo una herramienta útil e indispensable de acceder a la información o compartirla, por más que se quiera frivolizar esto último al dar mayor importancia a las redes sociales por encima de los blogs; para muchos usuarios (justamente aquellos cuya opinión es la que más impacto tiene), las redes sociales como fuente de información no son suficientes.

Otra cosa: detrás de todo servicio gratuito en Internet se esconde el objetivo que diferencia a una empresa de una ONG: “si es gratis, podemos cerrar cuando nos dé la gana”. Google consideró que su Reader no era rentable; al parecer Bloglines puede cerrar definitivamente. Aún así, los feeds siguen siendo parte importante de la web, y si algo lo demuestra es que por algo no faltan opciones.

Sociedad del Talión: cuando a ellos les funciona

Por más que se ofendan los prohumanistas, la única respuesta válida a qué debe hacer una sociedad con sus elementos antisociales irrecuperables es la pena de muerte. Después de todo, a los asesinos les funciona.

Comentando en KienyKe.com la actitud de los mexicanos quienes, cansados de la delincuencia y la inoperancia y corrupción de las autoridades,  deciden hacer justicia por cuenta propia.

Más allá de lo ocurrido tras los asesinatos de los caricaturistas de Charlie Hebdo en París (sobre los que no quiero hablar de la falacia del verdadero musulmán), más allá de que en pleno siglo XXI siga imperando la ley del más fuerte, más allá de que la desigualdad social sea el pretexto para la delincuencia y la violación de la ley y el derecho, cada crimen es un fracaso de la sociedad a la hora de hacer valer el respeto a unos derechos fundamentales que con tanto orgullo pretende defender.

En estos países no hay más ley ni justicia que la que se hace por cuenta propia. En cambio, si alguien mata a un ladrón en defensa propia, puede ir a la cárcel por leguleyadas como “uso desmedido de la fuerza”, o los jueces dejan libre a los delincuentes por “falta de garantías” o “no constituye un peligro para la sociedad”, como si creyeran que la ley es la letra menuda del contrato social.

No tiene sentido que una sociedad se organice con base en conceptos de ley y autoridad que luego pretenda interpretar a su antojo. Más allá de la necesidad de un gobierno, no sirve de nada decir que los derechos del individuo terminan donde comienzan los derechos ajenos, si todo es susceptible de interpretación, o si hay que preguntar a los progres si matar por un celular es culpa del coeficiente Gini.

Más allá de saludos a la bandera, de la indignación de los humanistas y los pro-vida, de palomitas blancas y pendejadas simbólicas, todos saben que lo único que cambia las cosas es dejar en claro el mensaje: una sociedad unida tiene que hacerle saber las cosas a ellos: que la ignorancia de la ley no es excusa; que la ley haga pensar dos veces a quien quiera pasarse por la faja el respeto a los derechos ajenos. Que quien se meta con el individuo, se mete con el grupo. Que la cárcel sea un castigo. Y que quien sobre, que no estorbe.

Está demostrado que el castigo funciona, porque les funciona a ellos (“haga lo que digo o…”). Está claro que la pena de muerte es una sentencia disuasoria, porque les funciona a ellos. Hay quienes dicen que en Colombia debería eliminarse la pena de muerte, porque la aplican ellos. En un país que lleva medio siglo sin recuperar el monopolio de la fuerza, donde la ley es un chiste y la justicia un concurso de leguleyadas, está claro que la única ley que funciona es la ley del más fuerte, y que la fuerza está del lado de ellos.

Solucionar la desigualdad como causa de la delincuencia es necesario, pero puede tomar generaciones. Siendo pragmáticos al límite, sólo hay una solución al dilema de qué hace una sociedad con sus elementos antisociales irrecuperables. La misma que intercambia el derecho a vivir de un asesino con el de una persona de bien. La misma que a ellos les funciona.