Seis meses en bicicleta

En realidad son casi ocho meses desde cuando decidí apostar por la bicicleta como mi principal opción de transporte, pero unos seis en días hábiles acumulados. Además iba a escribir esto para cuando cumpliera mi primer año en cicla, pero no creo que mientras la use como hasta ahora haya mucha diferencia. Ya he acumulado más de 3.000 km. recorridos y bastantes experiencias como para hacerme a la idea de cómo es andar en bicicleta por Bogotá.

Cuando comprobé lo deficiente del transporte público en toda la ciudad esta zona, y después de descartar las opciones desde los patines y los patinetes eléctricos hasta la moto, me decidí por una bicicleta eléctrica usada, y me declaro muy satisfecho por esa compra. Y después de comprobar que a pesar de no ser Ámsterdam o Copenhague, es posible moverse en bicicleta en Bogotá a pesar de todos sus problemas, que van desde la seguridad, la falta de infraestructura o de cultura ciudadana.

Dicen moda porque “alternativa al cada vez peor transporte público de Bogotá” quedaba muy largo.

En todo este tiempo, puedo decir que salvo algún roce con algún ciclista o peatón, no he tenido ningún incidente medianamente grave, ni mucho menos un accidente. Buena parte del asunto tiene que ver con usar una bicicleta de menos de 350 vatios de potencia, por lo cual es lícito circular por los andenes asumiendo la misma actitud del Distrito (ante la falta de las ciclorrutas necesarias), de autorizar el uso compartido de andenes por parte de ciclistas y peatones, dando a éstos la máxima prioridad (pues no tiene sentido que haya que apearse por hasta tres cuadras para pasar de una ciclorruta a otra sólo porque la ciudad está mal diseñada).

Sin embargo, la principal lección que he aprendido es la de que hay que saber andar conservadoramente y a la defensiva. Admito que he cometido algunas imprudencias, pero en lo posible he querido cumplir con lo necesario, a veces al punto de la ñoñez. Cuando la situación se sale un pelo de lo normal, parar. Portar todo el equipo (casco, luces, espejos, pito, chaleco) y respetar los semáforos y las señales (como la de no cruzar los puentes peatonales montado). Pero sobre todo, la clave de saber andar a la defensiva es asumir que los demás son unos idiotas. Peatones que cruzan las vías sin mirar, ciclistas con celular en la mano (o que van por la izquierda), runners que se creen bicicletas (y por tanto invaden las ciclorrutas), conductores que no saben usar las direccionales, y recicladores, ancianos y algún caso psiquiátrico que creen que la ciclorruta o el bicicarril son extensión del andén. Carne de democracia, que llaman.

¿Cómo me ha ido con la bicicleta? En términos generales, bien. Es plegable, suficiente como para caber en el ascensor, pero desafortunadamente no en un taxi (porque no es una Brompton). Y acaba de llegar de mantenimiento, por lo que da gusto usarla en sus tres modos: sin motor (como la bicicleta que no tuve hasta los 16), con acelerador (con autonomía de hasta 30 km.), o con pedaleo asistido (por cada pedalada, el motor avanza el equivalente a otra). Sólo un pinchazo, que en la bicicletería del barrio me solucionaron. Porque eso es otra cosa: en muchos talleres aún no se atreven a meterle mano a estas bicicletas, y la marca que las ofrece sólo tiene una sede en Bogotá.

Con la bicicleta he podido matar dos pájaros de un tiro (por más que los animalistas adoctrinados se ofendan): la falta de transporte y el sedentarismo. Además de reemplazar el cortisol por la dopamina (o sea, Transmilenio por la bicicleta), una vez me contagié de gripa, y en lugar de padecerla, decidí sudarla en la bicicleta en vez de la cama. No sé exactamente cómo ni por qué, pero al día siguiente, resultó que me alivié. Como si me hubiera ahorrado los peores cinco días. Y pensar que estoy rodeado de sedentarios que dicen que recorrer 18 km. diarios (incluyendo los cerros de Suba) en una bicicleta de 30 kilos no cuenta como ejercicio.

Otra cosa es la infraestructura. Si bien para una rin 20 los andenes y ciclorrutas en esta parte de la ciudad están en estado transitable (la mayoría de las plegables son rin 16), en lugar de presumir los kilómetros de ciclorrutas hechos y acumulados, la alcaldía debería prestar más mantenimiento a la red existente, que está en un estado muy regular (y aprender definitivamente a hacer andenes, de paso). Pero en su lugar, este nefasto alcalde, además de los cuatro años de retrovisor apuntados a los “doce años de izquierda” anteriores (a los que ya superó en ineptitud y despotismo), ha decidido aumentar aún más la tarifa del transporte público (lo que sólo justifica más los casi $700.000 ahorrados en estos meses en pasajes de Transmilenio).

De la seguridad, mejor no hablar. Ser latinoamericano colombiano bogotano es un acto de fe. La clave está en los horarios; a la hora en que en los recorridos de siempre es peligroso andar en bicicleta, resulta ser la misma hora en la que se meten a robar en Transmilenio. La bicicleta está registrada, pero duele pensar que la justicia no ayuda, o que en una ciudad que necesita cada vez más a Dredd, el jefe de policía sea Gorgory (o sea, un tipo que sale con frases como el ladrón es el que roba. Entonces, el que roba es un ladrón.)

En resumen, le he cogido gusto a la bicicleta (aunque no tanto como para ponerle nombre), y a andar por ella en Bogotá (mientras la infraestructura lo permita). Sé muy bien que no siempre se puede contar con la bici, y que el transporte público debe ser siempre una opción (rápida, cómoda, eficiente, limpia y segura, si no es mucha molestia). Pero mientras se pueda, prefiero la bicicleta en lugar de Transmilenio (porque el SITP ni siquiera es una opción) y encontrar al salir ese recordatorio que ya han puesto en varios puentes peatonales: “En bici ya habrías llegado”.

P.D.: la mejor alternativa a comprar una bicicleta eléctrica suele ser convertir una bicicleta convencional. Existen kits hasta por la mitad del precio, incluso empresas que venden estas bicicletas ofrecen la instalación.

Apostando por la bicicleta

La otrora casa familiar se vendió, la familia disfuncional se disolvió, y desde hace casi un mes ha comenzado para mí una nueva etapa en la cual estoy completamente por mi cuenta en este mundo. Sin vínculos directos de ninguna índole -y ni para un remedio- con parientes o inquilinos. El primer paso fue trasladarme del centro-sur al noroccidente de la ciudad, en ese popurrí de estratos llamado Suba. No ha sido el templo del silencio que esperaba, pero tampoco está tan mal; es bueno saber que se puede tener vecinos medianamente decentes aunque sea porque los obliga un reglamento de propiedad horizontal. Y en teoría, vivir en el mismo punto cardinal del sitio de trabajo debería tener sus ventajas en materia de transporte, pero gracias al caótico Transmilenio, no ha sido eficiente -como nunca lo ha sido- moverse por la ciudad sólo a través del inacabado transporte público de Bogotá.

Una de esas opciones parece ser el SITP, y no el eternamente provisional reemplazo de las viejas busetas, sino el integrado con Transmilenio. La otra opción parece ser la bicicleta. Esa opción tan descuidada en los últimos años en una ciudad necesitada de opciones de movilidad, en la cual los defensores a ultranza de Transmilenio recuerdan que en sus primeros años logró desincentivar el uso del automóvil particular, olvidando que ahora demostró quedarse corto para una ciudad como Bogotá. Tan corto se quedó que para muchos es preferible volver al carro, comprarse otro para evadir el pico y placa, y para los demás, quienes no pueden permitirse el carro, la moto o el trasteo, definitivamente la mejor opción, sobre todo por precio, es apostar por la bicicleta.

 Mapa basado en datos de http://mejorenbici.com bajo licencia Creative Commons [http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0/]

En términos generales, y gracias a la transformación de la infraestructura urbana a comienzos de este siglo, Bogotá ha desarrollado una buena red de ciclorutas, al punto de ser -según estudios- la mejor ciudad de América Latina para los ciclistas. Y ya había conocido hace años el testimonio de blogueros-ciclistas urbanos que defendían desde siempre las ventajas de la bicicleta, a pesar del mal estado (y mal diseño) de las ciclorutas, de la inseguridad, pero sobre todo, de la falta de civismo de peatones, conductores y motociclistas. Y es justamente porque los ciclistas se masifican y hacen presencia en esas calzadas sobre los andenes -en una ciudad cuyos habitantes siguen sin saber para qué son los pasos de cebra-, que me estoy animando a intentar el paso a la bicicleta como opción de movilidad.

Y como sólo he sido ciclista esporádico de ciclovía que hace unos seis años metió la “bmx” al sanalejo (y la regaló hace un año), decidí apostarle a una bicicleta eléctrica (de segunda mano, con cambios y plegable para subirla por el ascensor), para verificar si es una alternativa al transporte público en Bogotá. En los porrazos del viaje inaugural -en los que descubrí que sí es posible olvidar montar en bicicleta-, vi que con compensar los treinta minutos de espera por viaje para embutirme por succión a un bus repleto de Transmilenio, me daría por bien servido (es increíble que estando a dos estaciones de un portal, lo más práctico sea quedarse en el bus y esperar media hora a que dé la vuelta y haga la ruta contraria, en vez de pelearse a codazos para entrar en un bus rellenado al vacío).

Hacen falta más viajes de prueba, así como accesorios, espejos, pito y direccionales -esas que los ████ conductores no saben usar- y otras vueltas, pero creo que en medio de tanto debate, de si metro elevado o subterráneo, de si tranvía o no tranvía, una opción barata, masiva, inmediata y útil es la de apostarle más a las ciclorutas y los bicicarriles de Bogotá. La única caja de mi mudanza que no he abierto aún es la de unos libros, y sé que en alguno dice que no hay viajero más eficiente en la naturaleza que un ciclista con una bicicleta adecuada a su tamaño y peso. Más allá de modas o hipsteradas varias, estoy seguro de que poder moverse en bicicleta con plena seguridad en ciudades como Bogotá no sólo es la forma más eficiente, sino también la más inteligente.

Au revoir, Wikipedia

Poner cara de Jimmy Wales” fue una expresión popular de aquellos años en que Jimmy Wales, fundador de Wikipedia, encabezaba el mensaje anual de este sitio a sus usuarios para solicitar donaciones. Este año la Wikipedia, el proyecto de conocimiento colaborativo más grande de la historia, ya no recurre a convertir a su fundador en un meme viviente, sino a un aviso de más de media página (y una ventana flotante). Más o menos, no quieren tener publicidad ni molestar a los usuarios con banners, pero terminan recurriendo a éstos para poder financiarse. Una muestra de cómo un proyecto interesante termina estrellándose contra la naturaleza humana.

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Jimmy Wales, poniendo cara de Jimmy Wales.

Personalmente, he decidido no sólo abstenerme de donar a Wikipedia, sino dejar de usarla. No sólo hay otras opciones (y no, ni la Metapedia ni la Inciclopedia lo son), sino que mi paciencia terminó ante los muchos defectos que se le pueden señalar. Empezando por el meollo del asunto, el tema monetario. Wikipedia es el mayor ejemplo del concepto wiki, de trabajo colaborativo y comunitario, pero también es considerada por algunos como una forma de explotación del trabajo voluntario. Y desde hace mucho se ha cuestionado desde el uso que Wikipedia ha hecho de sus donaciones hasta el alarmismo que ha generado ante una posible desaparición.

Otro punto es su objetivo, ser una enciclopedia. Es cierto que puede haber discrepancias acerca de qué puede ser considerado conocimiento objetivo, pero el concepto wiki hace que si Wikipedia es escrita por sus usuarios, entonces consultar en ella equivale a preguntarle a la gente qué sabe al respecto. Y ese es su mayor problema: que Wikipedia puede ser escrita por cualquiera, sepa o no del asunto. Y no es muy claro qué hace la diferencia entre recurrir a una “fuente fiable” y caer en la falacia de autoridad.

Esto genera a su vez otro defecto grave: la presunta “libertad de edición” termina chocando con los usuarios que son prácticamente dueños de ciertos artículos, o los señalados casos de censura impuestos por usuarios de mayor nivel (porque al parecer no puede haber igualdad sin jerarquía), sobre todo cuando se tratan temas polémicos (Palestina, Cuba, el “Ché”, etc.) debatidos en discusiones que superan por mucho la longitud de los artículos.

He dicho que la web en sí misma ya reúne todo el conocimiento que la humanidad ha querido compartir, y que Wikipedia es sólo una parte de él. Y otro de los defectos en que cae Wikipedia es crear un círculo vicioso: usar como fuentes y referencias otros sitios en la web, que a su vez usan a Wikipedia como fuente, más cuando esos sitios suelen ser blogs (porque en la Wiki en español nadie parece entender la diferencia entre referencias y enlaces externos). Sí, Wikipedia puede ser muy útil para los estudiantes, pero termina recurriendo en el mejor de los casos a fuentes escritas por autores de conocimiento mucho más avanzado (científicos, por ejemplo). Porque la calidad de un artículo en Wikipedia suele ser inversamente proporcional al dominio que tenga el público en general sobre el tema; por eso es común que los artículos sobre series de televisión sean más largos que muchos artículos científicos, o que las secciones más largas de otros artículos sean las de “Curiosidades” o “En la cultura popular”.

Son muchos otros defectos de Wikipedia que se han señalado desde hace mucho y que no parecen haber cambiado: Wikipedia como vitrina de las pseudociencias, la mala calidad de la versión en español (que algunos achacan a que es la versión de España, editada sin permiso por los latinoamericanos), la ausencia de democracia contra el hecho de que la verdad no es democrática, entre otros. Lo único cierto es que ya no soy estudiante, y cuando necesito saber algo realmente complejo sé que no sólo no lo voy a encontrar en Wikipedia, sino que va a ser más fácil encontrarlo yendo directamente a sus fuentes fiables.

Ya me cansé de lidiar con el hecho de que ser usuario registrado (o incluso «bibliotecario») no equivale a tener criterio, y que (cuando no se me antojaba iniciar sesión), ser usuario anónimo no significa ser vándalo. Fue la triste visión de pasar los viernes por la tarde metido en guerras de ediciones con dueños de ciertos artículos, la epifanía definitiva para hacer honor a mi etiqueta de usuario retirado en Wikipedia. Razón por la cual, por mucha cara de Jimmy Wales que me pongan, no verán un solo centavo de mi parte.

Reflexiones sueltas: reggaetón y derechos humanos

“Aguantar dos horas de reggaetón da para violar todo el derecho internacional humanitario en defensa propia”.

Comentando el artículo Canciones que se han usado para torturar, muy curiosamente no soy el único en pensar que el reggaetón y aberraciones conexas podrían ser usadas como medio de tortura. Porque lo son.

P.D.: “La gente, el reggaetón y, dice Pineda, la anarquía, se apoderaron de la noche del barrio.” Crónica de la vida nocturna de Caracas, la ciudad más violenta de Sudamérica. Ahí lo dejo.

Reflexiones sueltas: autoayuda

“Si los libros de sirvieran, se habría escrito sólo uno”.

Will Fergusson

La autoayuda es a la sabiduría lo que la homeopatía a la medicina. Cuando uno necesita un buen consejo es cuando más aparecen los seguidores de la autoayuda y su colección de frases bonitas sin sentido.

Y es que la autoayuda es tanto una estafa como un buen negocio, pues no hay mucho que inventar. No hay que esmerarse mucho en crear consejos como  “lleva la felicidad dentro de ti, o no la encontrarás afuera”, o reciclar un montón de frases de otras personas -que muchas veces son falsas o apócrifas-, o el colmo, de otros libros de autoayuda. Siempre he necesitado consejo, y ya sea que me salgan con la Biblia o Paulo Coelho, o con esa actitud de “tengo una respuesta para todo”, siempre termino con ganas de hacerles la misma pregunta (y con la misma actitud):

AUTOAYUDA

Comprando acciones de Bancolombia

El pasado 10 de febrero, Bancolombia inició una oferta pública de acciones preferenciales que permanecerá abierta hasta el día 28. Pues bien, a la luz de mis cambios de prioridades en lo relativo a finanzas personales, decidí comprar un paquete menor de 200 acciones* (el mínimo es de 100), al precio de suscripción de $23.200 por acción. La idea era mover unos ahorros ociosos por segunda vez, como había sido antes con un paquete mínimo de Ecopetrol (en la primera emisión, afortunadamente). Sin embargo, a pesar de lo prosaico de un trámite bancario, hubo algunas cosas para reflexionar.

Lo primero: comprar acciones de bancos no da lugar a doble moral. Quejarse y renegar es gratis, pero según mis nuevos referentes en esto de las finanzas, si la gente cree que que los bancos son unos privilegiados en este país, entonces ¿por qué la gente no compra acciones de bancos? ¿O por qué la gente no usa más inteligentemente los servicios bancarios?

Han sido muy reveladores los comentarios, sobre todo negativos (algunos con fundamento), en los medios digitales que han cubierto el tema, o el hashtag #DueñodeBancolombia (abierto por el propio banco), en los que cualquier autor de finanzas personales encontraría una actitud de conformismo, frustración y rechazo al progreso económico verdadero.

Lo segundo: cuanto menos curioso me pareció que en la sucursal en donde consulté sobre el tema, no supieran responderme a la pregunta: ¿qué hace preferencial a la acción que ofrecen? ¿O qué diferencia hay con las acciones ordinarias? Aparte de leer lo mismo que dice la página, sólo supieron decirme: “no dan derecho a voto”. Justamente decidí comentarlo en Twitter como respuesta a una imagen-parodia de las campañas de educación financiera de los bancos. Bancolombia respondió, pero en la sucursal tuve la impresión de que había más interés por completar cuotas o algo así.

De todas formas, como dicen que uno se arrepiente más de lo que no hizo que de lo que hizo, opté por comprar. En el mundo de las finanzas hay mucho expertólogo y analista y según algunos esta acción puede llegar a fin de año hasta los $32.700 por acción, aunque para entonces sólo queda esperar a ver. Si no fuera porque las consultas financieras no son gratis, habría esperado una buena asesoría. Sin embargo, por muchos enemigos y hasta víctimas que pueda tener, estamos hablando de un banco. Muy malo habrá de ser un banco para que le vaya mal en este país. A diferencia de la segunda etapa de Ecopetrol, esta vez creo que no hay mucho que pensar.

*Actualización: al final me adjudicaron 115 acciones. Si pedí 200 es porque estoy en capacidad de pagar 200, pero en el fondo siempre tuve la impresión de que se trataba de una subasta.

Sobre la reeducación financiera

Hablar de re-educación es hablar de algo que salió mal desde el principio, de corregir algo sacado abruptamente del camino de lo bueno, lo correcto o lo deseable. Sólo se habla de reeducación cuando forzosamente hay que hacer algo que no hubiera sido necesario de haber funcionado una educación adecuada, o de no haberse hecho demasiado tarde. Igual con un hábito que con una vida entera, cuando uno se da cuenta de que algo no está bien, el primer paso para corregirlo es olvidar todo lo que uno aprendió, y lo que el mundo enseñó y sigue enseñando. Y si el individuo, la sociedad, el país o el mundo funcionan mal, es porque todo lo que han aprendido funciona mal. Y para colmo, es lo que se sigue enseñando. Y por supuesto, mal.

¿Por qué a la enseñanza secundaria que incluye cosas útiles en la vida como dibujo técnico, programación o contabilidad se le dice “bachillerato técnico”, y a la que enseña cosas inútiles como danzas, artesanías o religión se le llama “bachillerato normal”, “académico”, o incluso “educación vocacional”? Llama la atención que la educación sea sólo una forma de adiestramiento para la dependencia, que las finanzas personales no se consideren importantes, y que la única relación de la educación con el dinero sea enseñar las destrezas suficientes para que alguien consiga un empleo y una hipoteca. Es cierto que aquí y ahora la inflación “baja”, el consumo “aumenta” y la economía “crece”, pero el desempleo sigue siendo alto, y no parece que exista una relación entre educación y desempleo, o entre educación y pobreza. O sí la hay. Si la educación en este país tiene un propósito, seguramente sea algo que no tenga que ver con la vida cotidiana.

Prueba de ello es que mucha gente no tiene la menor idea de cómo administrar el dinero ni su economía personal o familiar. Cuando no merece que la estafen, la gente solo sabe ahorrar lo que más pueda, abrir un CDT, o adquirir una hipoteca para comprar una casa, arrendarla y dejar que “se pague sola”. O comprar acciones como las de Ecopetrol, que hoy valen menos de lo que pagaron por ellas en la segunda emisión (“No hay mucho que pensar”, decían; “es Ecopetrol”, decían). Y hablar de “educación financiera” es aun más triste: o nadie sabe lo que es, o sólo los bancos, los especuladores, o los vendedores de autoayuda financiera saben lo que es.

Sobre estos últimos, el más conocido es Robert Kiyosaki. Su mayor logro precisamente fue poner de moda el concepto de educación financiera, al punto de casi asociarla con su obra más famosa, Padre Rico, Padre Pobre. Es un buen libro, pero al tener pocos consejos concretos es más considerado un libro de autoayuda que de finanzas personales. Recomienda aprender a distinguir entre activos y pasivos, y su mayor consejo se resume en que la riqueza se construye invirtiendo en activos que generen ingresos pasivos (aquellos que no requieren del trabajo). Un buen consejo pero no más concreto que “consiga más dinero”. Suficiente para despertar la curiosidad e instar a investigar más, aunque uno se encuentre con la otra cara de la moneda.

Algunos consideran a Kiyosaki un farsante, bien por aprovecharse de sus seguidores, por haber fingido una quiebra para no pagar una deuda, o simplemente porque su logro fue hacerse rico vendiendo libros sobre cómo hacerse rico (como los vendedores de métodos para la lotería). Los “autoayudantes” dicen que cuestionar la relación entre ética y dinero al creer que el dinero es “malo” y que los ricos son “malos”, no ayuda a atraer la prosperidad, pero ejemplos como éste o sus favoritos como Bill Gates, George Soros, entre otros, tampoco ayudan. El nombre del juego es hacer dinero, y es un juego de suma cero: si alguien gana es porque alguien más pierde. Capitalismo darwiniano, que llaman.

Después de saber qué es el dinero, lo lógico es saber luego qué hacer con él. Ahorrar es bueno, pero en este país, las cuentas de ahorro son puro sarcasmo. Rendimientos que no compensan ni las cuotas de manejo, CDTs con rendimiento apenas superior a la inflación (hoy los bancos pagan al año entre el 3 y el 6%), y otras opciones “riesgosas” es todo lo que ofrecen los bancos, que tienen utilidades infames pero siguen abriendo sucursales con diez ventanillas y tres cajeros (porque los servicios financieros son costosos). Supongo que hay otras opciones de inversión pero ningún asesor bancario en horas de almuerzo ha sabido explicarme bien.

Por último, Internet. Más allá del comercio electrónico, publicidad, pagos por clic o juegos de azar, lo mejor que ofrece Internet son dos opciones: Forex (el mercado mundial de divisas) y las opciones binarias. Aparte de Wikipedia, no he podido encontrar una definición imparcial de ambas sin pasar por sitios promocionales o que afirmen que son estafas. Por ejemplo, consideré invertir en opciones binarias hasta encontrar un muy buen artículo que describe lo que pensé desde un principio: que sólo son apuestas con base en los movimientos de la bolsa. Y al parecer Forex es para expertos bursátiles o especuladores en potencia -por más que hablen de odontólogos o amas de casa ganando dinero mientras otros duermen-.

Sé que desde antes de Instagram la gente no lee en Internet, o si lo hace, no lee textos de más de 140 caracteres. O que tener un blog no significa que lo lea alguien. Pero aún así me arriesgo a pedir consejo a la red de redes sobre qué hacer con mi dinero. ¿Alguien me puede recomendar algo? ¿Sin usar palabras como “pirámide”, “multinivel” o “herbalife”? ¿Sin que necesite un Ph. D. en economía y finanzas?  ¿Sin tener que abrir una iglesia cristiana? ¿Sin el riesgo de una condena a 40 años de cárcel? Si alguien sabe algo que yo no sé, en nombre de la inteligencia colectiva de la red se lo agradezco. Porque sobre dinero, francamente tengo todo por aprender. Y esta vez, aprenderlo bien.