40 m² (adiós, Suba)

Por circunstancias de la vida, la disolución de la familia disfuncional de la que hablé hace un tiempo derivó en haber alquilado un apartamento para vivir por casi año y medio. Y por las mismas circunstancias, esa etapa terminó hace unos días, para dar comienzo a otra en la cual paso de vivir en cuarenta metros cuadrados, a vivir en otros cuarenta metros cuadrados, pero esta vez míos.

Justo en estos días, ha salido un informe de Fedelonjas y el BID, según el cual Colombia es un país de arrendatarios: el 34% de las viviendas en el país se destinan para alquilar (43% en Bogotá), siendo el porcentaje más alto de Latinoamérica. Más allá de las dificultades para acceder a un crédito (empezando por la cuota inicial), muy posiblemente, y sobre todo entre las personas o familias jóvenes persista un sentido de la economía basado en las enseñanzas de Robert Kiyosaki, en el sentido de que pagarle a otros por alquilar algo que no va a ser de uno es más barato que pagar lo mismo en un mismo plazo por algo que sí va a ser propio (al menos a mí no me cuadran las cuentas a la hora de considerar su idea de que una casa es un pasivo y no un activo).

Dicho esto, lo siguiente fue dar el salto de Suba a Usaquén, el “norste” por antonomasia, aunque siga siendo estrato tres y esté en la frontera entre muchas áreas de vivienda multifamiliar nueva y sectores de desarrollo informal. Una de las razones fue buscar una buena zona para ir en bicicleta, y a diferencia de Suba, donde no hay ciclorrutas (que me sirvan) pero sí puertos de montaña, el sector tiene tres ciclorrutas (dos sobre la Autopista Norte y una sobre la carrera 19), mejores vías, y topografía plana. Eso sí, muchos conjuntos de apartamentos pero poco comercio. Técnicamente hay que darle la razón a quienes afirman que son los negocios de barrio (y no los conjuntos cerrados) los que suelen definir un barrio.

Otro punto era no lidiar con quienes creen que, si en Medellín le dicen al metro “ascensor acostado”, aquí a un ascensor se le puede decir “Transmilenio vertical”. Por eso una ventaja de elegir un primer piso (además de tener un pequeño patio privado) es no tener más problemas con los ascensores, ni asumir la tarea de subir cinco, seis o más pisos de edificios sin ascensor, por escaleras que, vaya uno a saber por qué*, no cumplen las normas básicas de diseño. De escaleras o de lo que sea.

Sé que los expertos en finanzas, esos que saben exactamente qué hacer con el dinero de los demás, sabrían qué hacer con el capital para comprar una vivienda -excepto, claro, comprar una vivienda-, pero como necesito un lugar mientras no tenga planeado irme pronto de este mundo, recordé un diálogo de una película de superhéroes (y no soy tan para nada friki), en el que uno le pregunta al otro si se irá a vivir a Brooklyn, y este le responde: “no me alcanza para Brooklyn”. Haciendo las mismas cuentas que seguí para dejar de “alquilar” transporte público y desoyendo por completo a Kiyosaki, decidí seguir el consejo-respuesta del primero de los personajes del diálogo: “un lugar es importante”.

* Todos algunos hay arquitectos que tienen la costumbre de presentar ante las curadurías urbanas un proyecto que cumple sus normas, para luego hacer otro en el que puedan, entre otras cosas, ganar espacio con escaleras más angostas y con abanicos, que no las cumplen. Y pasa porque ni las curadurías cumplen sus propias normas (¿cuántas curadurías tienen escaleras protegidas contra incendios? ¿O parqueaderos?) Si inútil es algo que no modifica la realidad, la burocracia entonces es la cosa más inútil del mundo.

Una nueva bicicleta

No hacía falta quedarse atascado un sábado en un taxi en el trancón de la 170, viendo cómo era rebasado hasta por los carros de paletas, ni saber que Bogotá tiene la tarifa más alta del transporte público (en buses) en Latinoamérica, para convencerme de que lo mejor es la bicicleta para moverse por la ciudad. El único pero, en casi un año de dejar de pagar por viajar como res al matadero, es la parte mecánica. Por problemas mecánicos he perdido unas tres semanas en estos once meses de uso continuo de la bicicleta (eléctrica), pero viendo que al cabo de casi un año prácticamente se pagó sola, y lo difícil de encontrar servicio técnico para las eléctricas de marca, decidí adquirir una bicicleta nueva.

La joya de la corona.

Una bicicleta MTB rin 26 urbana, plegable, con doble suspensión, apta para los ascensores y para las calles de la ciudad, por sí sola es buena opción, pero además con un kit de conversión a eléctrica (porque no sobra un empujón para salir de situaciones críticas), resultó una opción al menos un millón de pesos más barata que muchas bicicletas nuevas no siempre aptas para todos los terrenos. Demasiado pesadas y caras, o demasiado pequeñas, o demasiado fuera de la norma para ser consideradas bicicletas. Lo bueno de los kits es que permiten la conversión y personalización de cualquier bicicleta.

La empresa encargada de la conversión fue Bicielectron, que no sólo vende bicicletas personalizadas (y scooters) e instala kits, sino que ofrece servicio técnico general. Por eso además me cambiaron el manubrio (muy bajo y con poco espacio para accesorios). En su recorrido inicial hice 23.5 km. entre la muy irregular ciclorruta de la Autopista Norte y la titánica de la 170 (lo bueno de tener 21 cambios y no sólo siete). Aunque mi actual bicicleta no ha estado mal para los trajines de los últimos meses (y sigue siendo la primera opción), se nota que el tamaño de las ruedas y la doble suspensión hacen buena diferencia.

¿Por qué dos bicicletas? Porque como ya he dicho, no me gusta que por razones mecánicas tenga que depender del ineficiente transporte público. No es por presumir (hay mejores latas para eso). Y no es una inversión exagerada comparada con una moto o como la que hacen quienes se compran un segundo carro para evadir el pico y placa. Ya he tenido problemas con mi bicicleta actual y ésta surgió de un arrebato por haber pagado 25 pasajes de Transmilenio en diez días. Así que yo prefiero tener mis opciones de movilidad bien cubiertas (tal vez le apueste a un scooter) mientras la ciudad se prepara para seguir discutiendo otras dos décadas si hace o no el metro y soluciona de una vez por todas la problemática del transporte público.

PD1: Ya sé que el mayor problema de la autoproclamada capital mundial de la bicicleta es la seguridad, unida a la inoperancia de las autoridades y al hecho de que los delincuentes no dudan en matar por cualquier lata. Y que vivir en esta ciudad es un acto de fe. Pero nadie se muere la víspera y además, viendo al jefe de policía y su inteligencia, lo mejor que se puede hacer es anticiparse al modo de pensar de otros. Pensar como delincuente, porque pensar como burócrata (uniformado o no) es ofrecerse en bandeja.

PD2: Se habla de los colados de Transmilenio, de que son un 15% (ya quisieran) y de que le causan pérdidas por $222.000 millones anuales (al subir la tarifa, suben las pérdidas también, supongo). Pero al revisar una vez más la relación precio/calidad del servicio y la proporción del precio del pasaje respecto del salario mínimo, también deberían hablar de quienes pagan por no usar el servicio: los que pagan y se bajan en vez de seguir esperando un bus que no llega, o los que pagan para poder salir de un portal mal señalizado.

PD3: Que un asadero de pollos tenga parqueadero para vehículos y no para bicicletas habla de lo mucho que falta para una verdadera world bike capital (aunque esta vez la culpa sea de los comerciantes). Iba a hacerles el gasto una noche pero no se me antojó dejarla (la actual) en la calle cuando me habría conformado con un pedazo de reja dónde amarrar el candado que le piden a cualquiera en un parqueadero. Lo siento, red ember, en otra vida será.

Seis meses en bicicleta

En realidad son casi ocho meses desde cuando decidí apostar por la bicicleta como mi principal opción de transporte, pero unos seis en días hábiles acumulados. Además iba a escribir esto para cuando cumpliera mi primer año en cicla, pero no creo que mientras la use como hasta ahora haya mucha diferencia. Ya he acumulado más de 3.000 km. recorridos y bastantes experiencias como para hacerme a la idea de cómo es andar en bicicleta por Bogotá.

Cuando comprobé lo deficiente del transporte público en toda la ciudad esta zona, y después de descartar las opciones desde los patines y los patinetes eléctricos hasta la moto, me decidí por una bicicleta eléctrica usada, y me declaro muy satisfecho por esa compra. Y después de comprobar que a pesar de no ser Ámsterdam o Copenhague, es posible moverse en bicicleta en Bogotá a pesar de todos sus problemas, que van desde la seguridad, la falta de infraestructura o de cultura ciudadana.

Dicen moda porque “alternativa al cada vez peor transporte público de Bogotá” quedaba muy largo.

En todo este tiempo, puedo decir que salvo algún roce con algún ciclista o peatón, no he tenido ningún incidente medianamente grave, ni mucho menos un accidente. Buena parte del asunto tiene que ver con usar una bicicleta de menos de 350 vatios de potencia, por lo cual es lícito circular por los andenes asumiendo la misma actitud del Distrito (ante la falta de las ciclorrutas necesarias), de autorizar el uso compartido de andenes por parte de ciclistas y peatones, dando a éstos la máxima prioridad (pues no tiene sentido que haya que apearse por hasta tres cuadras para pasar de una ciclorruta a otra sólo porque la ciudad está mal diseñada).

Sin embargo, la principal lección que he aprendido es la de que hay que saber andar conservadoramente y a la defensiva. Admito que he cometido algunas imprudencias, pero en lo posible he querido cumplir con lo necesario, a veces al punto de la ñoñez. Cuando la situación se sale un pelo de lo normal, parar. Portar todo el equipo (casco, luces, espejos, pito, chaleco) y respetar los semáforos y las señales (como la de no cruzar los puentes peatonales montado). Pero sobre todo, la clave de saber andar a la defensiva es asumir que los demás son unos idiotas. Peatones que cruzan las vías sin mirar, ciclistas con celular en la mano (o que van por la izquierda), runners que se creen bicicletas (y por tanto invaden las ciclorrutas), conductores que no saben usar las direccionales, y recicladores, ancianos y algún caso psiquiátrico que creen que la ciclorruta o el bicicarril son extensión del andén. Carne de democracia, que llaman.

¿Cómo me ha ido con la bicicleta? En términos generales, bien. Es plegable, suficiente como para caber en el ascensor, pero desafortunadamente no en un taxi (porque no es una Brompton). Y acaba de llegar de mantenimiento, por lo que da gusto usarla en sus tres modos: sin motor (como la bicicleta que no tuve hasta los 16), con acelerador (con autonomía de hasta 30 km.), o con pedaleo asistido (por cada pedalada, el motor avanza el equivalente a otra). Sólo un pinchazo, que en la bicicletería del barrio me solucionaron. Porque eso es otra cosa: en muchos talleres aún no se atreven a meterle mano a estas bicicletas, y la marca que las ofrece sólo tiene una sede en Bogotá.

Con la bicicleta he podido matar dos pájaros de un tiro (por más que los animalistas adoctrinados se ofendan): la falta de transporte y el sedentarismo. Además de reemplazar el cortisol por la dopamina (o sea, Transmilenio por la bicicleta), una vez me contagié de gripa, y en lugar de padecerla, decidí sudarla en la bicicleta en vez de la cama. No sé exactamente cómo ni por qué, pero al día siguiente, resultó que me alivié. Como si me hubiera ahorrado los peores cinco días. Y pensar que estoy rodeado de sedentarios que dicen que recorrer 18 km. diarios (incluyendo los cerros de Suba) en una bicicleta de 30 kilos no cuenta como ejercicio.

Otra cosa es la infraestructura. Si bien para una rin 20 los andenes y ciclorrutas en esta parte de la ciudad están en estado transitable (la mayoría de las plegables son rin 16), en lugar de presumir los kilómetros de ciclorrutas hechos y acumulados, la alcaldía debería prestar más mantenimiento a la red existente, que está en un estado muy regular (y aprender definitivamente a hacer andenes, de paso). Pero en su lugar, este nefasto alcalde, además de los cuatro años de retrovisor apuntados a los “doce años de izquierda” anteriores (a los que ya superó en ineptitud y despotismo), ha decidido aumentar aún más la tarifa del transporte público (lo que sólo justifica más los casi $700.000 ahorrados en estos meses en pasajes de Transmilenio).

De la seguridad, mejor no hablar. Ser latinoamericano colombiano bogotano es un acto de fe. La clave está en los horarios; a la hora en que en los recorridos de siempre es peligroso andar en bicicleta, resulta ser la misma hora en la que se meten a robar en Transmilenio. La bicicleta está registrada, pero duele pensar que la justicia no ayuda, o que en una ciudad que necesita cada vez más a Dredd, el jefe de policía sea Gorgory (o sea, un tipo que sale con frases como el ladrón es el que roba. Entonces, el que roba es un ladrón.)

En resumen, le he cogido gusto a la bicicleta (aunque no tanto como para ponerle nombre), y a andar por ella en Bogotá (mientras la infraestructura lo permita). Sé muy bien que no siempre se puede contar con la bici, y que el transporte público debe ser siempre una opción (rápida, cómoda, eficiente, limpia y segura, si no es mucha molestia). Pero mientras se pueda, prefiero la bicicleta en lugar de Transmilenio (porque el SITP ni siquiera es una opción) y encontrar al salir ese recordatorio que ya han puesto en varios puentes peatonales: “En bici ya habrías llegado”.

P.D.: la mejor alternativa a comprar una bicicleta eléctrica suele ser convertir una bicicleta convencional. Existen kits hasta por la mitad del precio, incluso empresas que venden estas bicicletas ofrecen la instalación.

Apostando por la bicicleta

La otrora casa familiar se vendió, la familia disfuncional se disolvió, y desde hace casi un mes ha comenzado para mí una nueva etapa en la cual estoy completamente por mi cuenta en este mundo. Sin vínculos directos de ninguna índole -y ni para un remedio- con parientes o inquilinos. El primer paso fue trasladarme del centro-sur al noroccidente de la ciudad, en ese popurrí de estratos llamado Suba. No ha sido el templo del silencio que esperaba, pero tampoco está tan mal; es bueno saber que se puede tener vecinos medianamente decentes aunque sea porque los obliga un reglamento de propiedad horizontal. Y en teoría, vivir en el mismo punto cardinal del sitio de trabajo debería tener sus ventajas en materia de transporte, pero gracias al caótico Transmilenio, no ha sido eficiente -como nunca lo ha sido- moverse por la ciudad sólo a través del inacabado transporte público de Bogotá.

Una de esas opciones parece ser el SITP, y no el eternamente provisional reemplazo de las viejas busetas, sino el integrado con Transmilenio. La otra opción parece ser la bicicleta. Esa opción tan descuidada en los últimos años en una ciudad necesitada de opciones de movilidad, en la cual los defensores a ultranza de Transmilenio recuerdan que en sus primeros años logró desincentivar el uso del automóvil particular, olvidando que ahora demostró quedarse corto para una ciudad como Bogotá. Tan corto se quedó que para muchos es preferible volver al carro, comprarse otro para evadir el pico y placa, y para los demás, quienes no pueden permitirse el carro, la moto o el trasteo, definitivamente la mejor opción, sobre todo por precio, es apostar por la bicicleta.

 Mapa basado en datos de http://mejorenbici.com bajo licencia Creative Commons [http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0/]

En términos generales, y gracias a la transformación de la infraestructura urbana a comienzos de este siglo, Bogotá ha desarrollado una buena red de ciclorutas, al punto de ser -según estudios- la mejor ciudad de América Latina para los ciclistas. Y ya había conocido hace años el testimonio de blogueros-ciclistas urbanos que defendían desde siempre las ventajas de la bicicleta, a pesar del mal estado (y mal diseño) de las ciclorutas, de la inseguridad, pero sobre todo, de la falta de civismo de peatones, conductores y motociclistas. Y es justamente porque los ciclistas se masifican y hacen presencia en esas calzadas sobre los andenes -en una ciudad cuyos habitantes siguen sin saber para qué son los pasos de cebra-, que me estoy animando a intentar el paso a la bicicleta como opción de movilidad.

Y como sólo he sido ciclista esporádico de ciclovía que hace unos seis años metió la “bmx” al sanalejo (y la regaló hace un año), decidí apostarle a una bicicleta eléctrica (de segunda mano, con cambios y plegable para subirla por el ascensor), para verificar si es una alternativa al transporte público en Bogotá. En los porrazos del viaje inaugural -en los que descubrí que sí es posible olvidar montar en bicicleta-, vi que con compensar los treinta minutos de espera por viaje para embutirme por succión a un bus repleto de Transmilenio, me daría por bien servido (es increíble que estando a dos estaciones de un portal, lo más práctico sea quedarse en el bus y esperar media hora a que dé la vuelta y haga la ruta contraria, en vez de pelearse a codazos para entrar en un bus rellenado al vacío).

Hacen falta más viajes de prueba, así como accesorios, espejos, pito y direccionales -esas que los ████ conductores no saben usar- y otras vueltas, pero creo que en medio de tanto debate, de si metro elevado o subterráneo, de si tranvía o no tranvía, una opción barata, masiva, inmediata y útil es la de apostarle más a las ciclorutas y los bicicarriles de Bogotá. La única caja de mi mudanza que no he abierto aún es la de unos libros, y sé que en alguno dice que no hay viajero más eficiente en la naturaleza que un ciclista con una bicicleta adecuada a su tamaño y peso. Más allá de modas o hipsteradas varias, estoy seguro de que poder moverse en bicicleta con plena seguridad en ciudades como Bogotá no sólo es la forma más eficiente, sino también la más inteligente.

Au revoir, Wikipedia

Poner cara de Jimmy Wales” fue una expresión popular de aquellos años en que Jimmy Wales, fundador de Wikipedia, encabezaba el mensaje anual de este sitio a sus usuarios para solicitar donaciones. Este año la Wikipedia, el proyecto de conocimiento colaborativo más grande de la historia, ya no recurre a convertir a su fundador en un meme viviente, sino a un aviso de más de media página (y una ventana flotante). Más o menos, no quieren tener publicidad ni molestar a los usuarios con banners, pero terminan recurriendo a éstos para poder financiarse. Una muestra de cómo un proyecto interesante termina estrellándose contra la naturaleza humana.

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Jimmy Wales, poniendo cara de Jimmy Wales.

Personalmente, he decidido no sólo abstenerme de donar a Wikipedia, sino dejar de usarla. No sólo hay otras opciones (y no, ni la Metapedia ni la Inciclopedia lo son), sino que mi paciencia terminó ante los muchos defectos que se le pueden señalar. Empezando por el meollo del asunto, el tema monetario. Wikipedia es el mayor ejemplo del concepto wiki, de trabajo colaborativo y comunitario, pero también es considerada por algunos como una forma de explotación del trabajo voluntario. Y desde hace mucho se ha cuestionado desde el uso que Wikipedia ha hecho de sus donaciones hasta el alarmismo que ha generado ante una posible desaparición.

Otro punto es su objetivo, ser una enciclopedia. Es cierto que puede haber discrepancias acerca de qué puede ser considerado conocimiento objetivo, pero el concepto wiki hace que si Wikipedia es escrita por sus usuarios, entonces consultar en ella equivale a preguntarle a la gente qué sabe al respecto. Y ese es su mayor problema: que Wikipedia puede ser escrita por cualquiera, sepa o no del asunto. Y no es muy claro qué hace la diferencia entre recurrir a una “fuente fiable” y caer en la falacia de autoridad.

Esto genera a su vez otro defecto grave: la presunta “libertad de edición” termina chocando con los usuarios que son prácticamente dueños de ciertos artículos, o los señalados casos de censura impuestos por usuarios de mayor nivel (porque al parecer no puede haber igualdad sin jerarquía), sobre todo cuando se tratan temas polémicos (Palestina, Cuba, el “Ché”, etc.) debatidos en discusiones que superan por mucho la longitud de los artículos.

He dicho que la web en sí misma ya reúne todo el conocimiento que la humanidad ha querido compartir, y que Wikipedia es sólo una parte de él. Y otro de los defectos en que cae Wikipedia es crear un círculo vicioso: usar como fuentes y referencias otros sitios en la web, que a su vez usan a Wikipedia como fuente, más cuando esos sitios suelen ser blogs (porque en la Wiki en español nadie parece entender la diferencia entre referencias y enlaces externos). Sí, Wikipedia puede ser muy útil para los estudiantes, pero termina recurriendo en el mejor de los casos a fuentes escritas por autores de conocimiento mucho más avanzado (científicos, por ejemplo). Porque la calidad de un artículo en Wikipedia suele ser inversamente proporcional al dominio que tenga el público en general sobre el tema; por eso es común que los artículos sobre series de televisión sean más largos que muchos artículos científicos, o que las secciones más largas de otros artículos sean las de “Curiosidades” o “En la cultura popular”.

Son muchos otros defectos de Wikipedia que se han señalado desde hace mucho y que no parecen haber cambiado: Wikipedia como vitrina de las pseudociencias, la mala calidad de la versión en español (que algunos achacan a que es la versión de España, editada sin permiso por los latinoamericanos), la ausencia de democracia contra el hecho de que la verdad no es democrática, entre otros. Lo único cierto es que ya no soy estudiante, y cuando necesito saber algo realmente complejo sé que no sólo no lo voy a encontrar en Wikipedia, sino que va a ser más fácil encontrarlo yendo directamente a sus fuentes fiables.

Ya me cansé de lidiar con el hecho de que ser usuario registrado (o incluso «bibliotecario») no equivale a tener criterio, y que (cuando no se me antojaba iniciar sesión), ser usuario anónimo no significa ser vándalo. Fue la triste visión de pasar los viernes por la tarde metido en guerras de ediciones con dueños de ciertos artículos, la epifanía definitiva para hacer honor a mi etiqueta de usuario retirado en Wikipedia. Razón por la cual, por mucha cara de Jimmy Wales que me pongan, no verán un solo centavo de mi parte.

Reflexiones sueltas: reggaetón y derechos humanos

“Aguantar dos horas de reggaetón da para violar todo el derecho internacional humanitario en defensa propia”.

Comentando el artículo Canciones que se han usado para torturar, muy curiosamente no soy el único en pensar que el reggaetón y aberraciones conexas podrían ser usadas como medio de tortura. Porque lo son.

P.D.: “La gente, el reggaetón y, dice Pineda, la anarquía, se apoderaron de la noche del barrio.” Crónica de la vida nocturna de Caracas, la ciudad más violenta de Sudamérica. Ahí lo dejo.

Reflexiones sueltas: autoayuda

“Si los libros de sirvieran, se habría escrito sólo uno”.

Will Fergusson

La autoayuda es a la sabiduría lo que la homeopatía a la medicina. Cuando uno necesita un buen consejo es cuando más aparecen los seguidores de la autoayuda y su colección de frases bonitas sin sentido.

Y es que la autoayuda es tanto una estafa como un buen negocio, pues no hay mucho que inventar. No hay que esmerarse mucho en crear consejos como  “lleva la felicidad dentro de ti, o no la encontrarás afuera”, o reciclar un montón de frases de otras personas -que muchas veces son falsas o apócrifas-, o el colmo, de otros libros de autoayuda. Siempre he necesitado consejo, y ya sea que me salgan con la Biblia o Paulo Coelho, o con esa actitud de “tengo una respuesta para todo”, siempre termino con ganas de hacerles la misma pregunta (y con la misma actitud):

AUTOAYUDA