Si votar sirviera de algo…

…no nos dejarían hacerlo.

Mark Twain

Hoy como cada cuatro años, tenemos elecciones regionales en este platanal. Aquí, en su capital, se va a elegir al sucesor del responsable de que ésta siga siendo, entre otras cosas, la ciudad grande del hemisferio occidental sin un metro o un sistema de transporte masivo decente. Es fácil quejarse de que como ciudadanos no tenemos la ciudad o el país que queremos, pero cuando se revisa cómo está hecho el sistema actual de participación ciudadana, es más fácil entender por qué tenemos el país que nos merecemos.

Se ha dicho mucho acerca de los defectos de la democracia, principalmente que no es más que la tiranía de la mayoría, y sobre todo, de una mayoría embrutecida y que sólo cuenta como una masa -la llamada oclocracia-. Se ha dicho también que aquí la gente vende su voto por un tamal, o que el voto de un ciudadano preparado vale lo mismo que el de un imbécil. Y es una obviedad señalar que un sistema que no produce siquiera seres humanos decentes, no va a generar buenos ciudadanos. Y una sociedad incapaz de engendrar buenos ciudadanos, no va a producir buenos políticos.

Así que en vez de repasar lo obvio, quiero compartir un par de videos acerca de lo que entendemos y lo que era originalmente el concepto de democracia, antes de hacer algunas reflexiones más:

Lo peor que le pudo pasar a la mal llamada democracia es la polarización entre ideologías. La dichosa división entre izquierda y derecha, que a la hora de votar demuestra que para quienes tienen el poder, la opinión del votante importa un bledo. Ejemplos. Colombia, gobernada por la derecha, le pregunta al pueblo en plebiscito: ¿está de acuerdo con el proceso de paz con las Farc? El pueblo (poco más de la mitad) dice “no”. ¿Qué hace el gobierno? Aprobar lo contrario por decreto.

El ejemplo contrario: Bolivia, gobernada por la izquierda, le pregunta al pueblo en referéndum: “¿está de acuerdo con la reelección continua (por dos veces) del presidente? El pueblo (poco más de la mitad) dice “no”. ¿Qué hace el gobierno? En este caso, buscar un fallo judicial bajo pretexto de “violación del derecho humano” a ser elegido. Lo dicho, por lo visto votar significa ceder el poder para que quienes ya lo tienen crean que es un cheque en blanco, pero con la intención de hacerle creer al votante que tiene derecho a elegir. Elegir entre izquierda o derecha, por cuál costado quiere ser atropellado por quienes ya están en el poder.

Por lo mal que funciona la votocracia, las únicas expresiones tangibles del descontento -que no de la voluntad- popular, y por muy traumáticas que resulten, son las manifestaciones. Las más recientes en Chile, Barcelona, Ecuador, Bolivia, o las de cada jueves en Bogotá, son el único medio que tiene verdaderamente el pueblo para recordarle a sus políticos los límites del voto. Marchas, boicots, huelgas, parecen ser medios más eficientes para demostrar el alcance del poder popular. Pero ¿el voto? El voto es un favor, una ilusión del establishment para que el pueblo crea que tiene derecho a elegir, y para más dolor es un deber. El deber de votar -así sea en blanco- para tener derecho a exigir, dicen. Aunque para efectos prácticos no haga la diferencia, y votar sólo sirva para elegir a quién culpar por las decisiones de un pueblo que no sabe votar.

Mundo de tercera: “Que la burocracia los mate a todos”

Una nueva entrega más de mis razones para estar decepcionado del género humano, en particular del Homo colombianensis.

Metro de Bogotá. No es suficiente con vivir en la ciudad más grande del continente sin metro (o un sistema de transporte masivo acorde al tamaño de la ciudad), que además tiene el precio del pasaje más alto de Latinoamérica (de transporte masivo, en proporción al salario mínimo), y que además es la ciudad con más trancones del mundo. No es suficiente con haber elegido dos veces a un alcalde que en comparación con sus predecesores, fue bueno, pero que al hundir la posibilidad de una solución definitiva al problema del transporte público de Bogotá se convirtió en el peor de la historia.

Y no es suficiente porque al parecer la única forma de avanzar (o de huir hacia adelante, que no es lo mismo), es continuar con el legado del mejor vendedor de buses del mundo. Si hubo un proyecto de metro para Bogotá, subterráneo, que costó 120.000 millones de pesos en estudios y que se había dejado en fase de “ingeniería básica avanzada” (o “listo para construir” según la oposición), ahora resulta que en esta época de elecciones para alcalde, todos los candidatos han señalado que, por muchos peros que tenga un proyecto de “metro”, elevado, con menos kilómetros que el subterráneo pero más caro, y al parecer sin estudios de factibilidad, es mejor llevarlo a cabo que perder más tiempo en estudios. El problema es que los estudios contratados en las anteriores administraciones (ocho de esos “12 años de izquierda” a los que el alcalde Peñalosa culpa de lo que sigue sin funcionar en Bogotá) nunca fueron totalmente claros, y no se sabe a ciencia cierta hasta dónde se avanzó.

A punta de creer que hay que “construir sobre lo construido” (¿lo construido por quién?), la gente está tan harta que prefiere que se haga algo aunque sea malo y luego se cuadran las cargas, y aunque sea tan malo que debería construirse en cartón piedra sólo para ver a escala real el adefesio que es la propuesta de Peñalosa. Un metro inviable y una propuesta en la que Transmilenio siga siendo la única opción de movilidad en Bogotá, aunque la gente también esté tan harta que siga prefiriendo el automóvil particular. Pero la gente que no conoce la avenida Caracas y quiere eso mismo por la Séptima, también vota. Por eso he optado desde hace tiempo por la opción de la bicicleta, lo que nos lleva al siguiente punto.

Bicicletas. No es una moda ni una invocación al niño interior. La bicicleta en esta ciudad es para muchos la mejor alternativa al transporte público. Sin embargo hay que saber elegir, y para no dar nombres digamos que el aparato fue una buena elección (una eléctrica usada) pero el servicio técnico es muy, muy malo. Creo que ya quitaron eso de “todo en un solo lugar”, porque eso es justamente el problema: hay que atravesar la ciudad para ir al único punto de la ciudad donde hacen mantenimiento de su propia marca (aunque hay otros talleres que arreglan estas bicicletas). Chévere el ambiente pseudoneohipster, el #bikeconcept y el prestigio de la marca, pero no los precios, la lista de espera de un mes para cambiar un aro, o tener que recordarles que para pedalear en una bicicleta las bielas deben estar opuestas, no formando ángulo.

Si me preguntan, diría que la mejor opción es comprar una bicicleta de llanta grande (rin 26, para las trochas de calles, andenes o ciclorrutas) y convertirla en bicicleta eléctrica. Sale por algo más de la mitad del precio de una eléctrica nueva de rueda pequeña (rin 16 o 20). Más adelante espero hacer una buena reseña de la adaptación de mi última compra.

En esta autoproclamada “capital mundial de la bicicleta” no quedaba bien presumir de los kilómetros de ciclorrutas construidos sin tener en cuenta su estado. Por eso me alegro de que al menos la denuncia del hundimiento de la calzada de la ciclorruta de la avenida Suba con calle 122 se atendió rápido:

Dendrofobia. Hablando del empleado del año de Volvo, el alcalde de Bogotá parece sufrir de una dendrofobia selectiva. Significa fobia a los árboles. O por lo menos parece tener una manía por reemplazar árboles por canchas sintéticas, y justificar la tala de árboles como si Bogotá tuviera un exceso de éstos, así como de zonas verdes naturales. Y encima, tras hacer talas a las tres de la mañana y delegando la concertación con la comunidad en el ESMAD, se hace ahora la víctima. Lo que quería responderle es que nadie lo acusaría de arboricida por talar un árbol que se cayó en el parque del Virrey, sino que lo acusarían de talar árboles sólo donde puede hacer canchas sintéticas, y de descuidar los demás. Pero bueno, ahí queda la idea:

Estafas y telemercadeo. RMI Latam es una empresa dedicada a la estafa por telemercadeo, o algo por el estilo. Parece ser parte de una red de distribuidores de servicios y descuentos que en realidad son el pretexto para engañar a la gente: llaman a la víctima diciéndole que como premio al buen manejo de su tarjeta de crédito le ofrecen el beneficio de posibilidad de eliminar el cobro de la cuota de manejo, siempre que uno adquiera un paquete de “beneficios” por un costo de $520.000 diferido a 36 cuotas, después de lo cual “usted ya no va a tener que pagar nunca la cuota de manejo de su tarjeta”.

Obviamente los únicos que podrían otorgar ese beneficio son los bancos, pero sorprende la cantidad de información que estas alimañas tienen de la gente, que creen que al tenerla son parte del sistema bancario y acceden a darles el resto de la información, aunque sólo tengan una parte con la que no podrían hacer nada. Por supuesto llegué a caer en parte del juego, pero de un modo tal que la “asesora comercial” quedara iniciada. Ellos también acceden a dar parte de su información, y esta es la que dan: Katherine Beltrán, teléfono 4320212, celular 3017187731, calle 60 N° 9-83 Of 213.

Aunque sean muchas las denuncias, sorprende también que estas escorias sigan operando impunemente, pues en todo caso pueden demostrar que la víctima ha dado su consentimiento. Pero sobre todo revela un pobre manejo de la protección de datos que hace el sistema financiero.

Burocracia. Cuando a Sigmund Freud se le permitió salir de Austria en 1938, se le hizo firmar una declaración en la que debía afirmar que ni él ni su familia habían sido maltratados por el régimen nazi. Queriendo decir la última palabra, Freud la finalizó con una frase irónica: “De todo corazón, recomiendo la Gestapo a todos”.

La burocracia es definida como “conjunto de actividades y trámites que hay que seguir para resolver un asunto de carácter administrativo“. Yo había planteado, parafraseando a Clarke, que “toda forma ineficiente y estúpida de hacer las cosas lo suficientemente organizada es indistinguible de la burocracia”, pero encontré una definición mejor:

Ya es bastante que una actividad como la Arquitectura, una de las Bellas Artes, un campo de expresión del diseño y la creatividad, termine metida en el pantano de la burocracia por cuenta de unos arquitectos envenenados con la tinta de los sellos, convertidos en tinterillos y llamados curadores urbanos. Ya es bastante que cuando la policía hace su trabajo de capturar a los delincuentes, se ve saboteada por la burocracia judicial que obliga a liberar a los detenidos por “procedimiento ilegal”. Ya es bastante que haya que hacer filas y pedir turnos para todo, y que todo termine afectado por el “síndrome de banco”: cinco puestos de atención y sólo uno atendiendo a la gente como hace veinte años (hola, Grupo Aval, ya existen los digiturnos).

Pero sobre todo, es indignante y repugnante que la burocracia sea lo que termine degradando e incluso matando a la gente. Sobre todo a la gente que no tiene por qué pasar por estas cosas. No voy a dar detalles, pero ya han pasado dos años de la muerte de un familiar cercano, por causa del cáncer, que por cuenta de la burocracia tuvo que pasar una noche en una estación de policía, estando a varias semanas de iniciar una nueva sesión de quimioterapia, por cuenta de un error burocrático de la fiscalía, de la falta de criterio de la policía, y de que al ser domingo había que esperar al lunes para que abrieran los juzgados.

Dicen que cada quién merece su suerte, que no existe tal cosa como la injusticia, que nadie carga una cruz más pesada que la que puede llevar, y que todos pasamos por lo que debemos pasar. Pero también dicen que todo lo que hacemos tiene consecuencias, y que las malas acciones crean deudas que se tienen que pagar. Luego de recordar esto, y de haber comprobado en persona la incompetencia de la burocracia armada y uniformada, no me queda más que desear no sólo que paguen por sus actos, sino que su redención dependa de un sello faltante o de una fotocopia mal sacada. Antes de que la vida me permita salir de esta ciudad, de este país o de este mundo, quiero hacer una declaración, extendida a todos los enemigos de mi paz.

De todo corazón, deseo que la burocracia los mate a todos.

Mundo de tercera: plagios en la web, festivales y basuras

No es por falta de motivos, pero hacía mucho que no actualizaba esta sección. Lamentablemente aquí va otra entrada.

Plagios en la web. Después de publicar mi anterior artículo sobre el go, vi con preocupación que Google colocaba en primer lugar a una web de mierda llamada todoemarketing.com (no voy a generarle enlace, claro), que no sólo había copiado ese sino otros artículos de la categoría Software. Ya he dicho antes que escribo aquí sólo porque quiero, que no me interesan para nada esos conceptos de monetización y posicionamiento, pero de ahí a permitir que otros decidan copiarlos, como se deduce del nombre de la web, para sacarles cualquier tipo de provecho, es otra cosa. Esto es obviamente un gazapo de Google, que ya fue notificado de esta situación, al igual que el proveedor de hosting de la web en cuestión, que no tiene medios de contacto pero que tampoco parece un bot. A ver Google, muy bonita la inteligencia artificial, sí, pero a ver si creamos algo de sentido común artificial para estas cosas.

Festivales del ruido. El pasado sábado 10, la alcaldía local de Antonio Nariño, en el sur de Bogotá, organizó el primer Festival Río Fucha, con el supuesto fin de “crear sentido de pertenencia y exaltar el amor de los bogotanos por el Río Fucha”. Y por lo visto nada genera más conciencia ambiental que un concierto de siete horas con no sé cuantos miles de vatios de sonido en un barrio residencial. Para colmo dicen que es la primera versión, lo que significa que a menos que lo impida un recurso legal de los vecinos del parque (pues técnicamente están violando de sobra su propio código de policía), todo vecino hasta quinientos metros del área usada para el concierto creará su sentido de pertenencia y amor por el río desde ahí donde no les da el sol.

Además, la presentación de un lineup genérico de conciertos de la alcaldía (cualquier alcaldía), no terminó a las ocho como lo comunicaron, sino casi a las nueve y media. Ojalá el hecho de no haber volado ventanas no les dé licencia para permitir una nefasta seguidilla de conciertos y “festivales al parque” de cristianos, raperos, reguetoneros y demás fauna musical, en un barrio residencial que apenas ha sobrevivido a la restrepización de la zona.

Basuras y solios. Desde los años 80 se ha tenido que declarar la emergencia sanitaria en Bogotá por el tema de la recolección de basuras. Siempre que se ha cambiado de modelo de gestión, se termina en un desastre. Desde la ineficiencia de la EDIS en los ochenta, la subsecuente privatización en los noventa, la desprivatización de Petro y ahora la reprivatización de Peñalosa, cada cambio nos ha dejado la consecuente emergencia sanitaria en una ciudad en donde la gente no sabe reciclar pero en cambio sí sabe convertir cada kilogramo de productos en el doble de masa de desechos. La pobre visión hemipléjica de izquierda versus derecha, de burocratizar versus privatizar, no ha hecho más que alternar el poder entre pésimas gestiones de unos y otros en los últimos veinte años en esta ciudad.

Pero justamente, entre la pésima alcaldía de Petro y la pésima alcaldía de Peñalosa, lo que tienen en común es justamente el tema de las basuras y lo que significó su vinculación con el poder. Además, claro, de las repercusiones mediáticas, del manejo de la opinión pública, de la influencia de constructoras, grupos económicos, grupos políticos, en fin, de todo aquello que mueve a la democracia excepto la voluntad y la conciencia del pueblo (porque la democracia siempre ha sido un asunto muy serio como para dejarlo en manos del pueblo, claro está). Y esa alternancia de ilusiones y desencantos puede terminar de una manera bastante predecible. Dicho de otra forma, si Petro y su ego convirtieron a Peñalosa nuevamente en alcalde de Bogotá, Peñalosa y su ego van a convertir a Petro en presidente. A menos que quienes ya estén en el poder hayan decidido otra cosa.

P.D.: Señores de WordPress: acabo de contratar un plan básico y he cambiado el dominio de mi blog. A cambio, quiero que me expliquen una cosa: ¿por qué quitaron el botón de justificar? No sé qué tiene de bonito un artículo entero alineado a la izquierda. Siempre que quiero justificar cada párrafo, debo centrarlo, entrar a la vista de código y reescribir esta línea así: <p style=”text-align: justify;”>. ¿Podría alguien explicarme por qué?

Colombia y el dilema del tranvía

En términos simples, el dilema del tranvía es un experimento ético que ha sido enunciado de muchas formas, pero en resumen consiste en lo siguiente:

Un tranvía corre a toda velocidad hacia una bifurcación. El conductor no puede detenerlo, sólo puede elegir a qué lado va a continuar. Si continúa su rumbo, matará a cinco personas atadas a los rieles. Si elige la alternativa, matará a una persona atada a la vía. ¿Qué decisión debe tomar el conductor, sabiendo que matará al menos a una persona?

Antes de continuar, un video que se hizo muy popular en estos días muestra cómo reaccionaría uno de esos conejillos de Indias de la naturalidad de la ética llamados niños:

Más o menos es la situación en la cual se encuentra el pueblo de Colombia en medio del proceso de paz con las FARC. Acaba de firmarse un acuerdo entre ese grupo guerrillero y el gobierno nacional, que debe ser ratificado por el pueblo mediante plebiscito, mediante una tendenciosa pregunta de Sí o No (¿quién en su sano juicio diría No a la paz?). Esas son las dos opciones de un dilema del tranvía nacional, que ya han dividido a la opinión pública y que para unos u otros, no va a dejar de tener consecuencias.

De entrada, lo que se va a ratificar es una negociación con las FARC, no “la paz de Colombia” o el fin de una “guerra fratricida”, como han pintado lo que no ha sido más que una lucha entre una oligarquía corrupta incapaz de asumir el monopolio de las armas, y una guerrilla terrorista convertida en mafia del narcotráfico, en la cual quien pone los muertos siempre es el pueblo. Así como en el dilema de marras, la visión pragmática de “mejor que muera uno a que mueran cinco” se ha visto reducida a lo que ha dicho hasta el propio presidente Santos: mejor un mal arreglo que un buen pleito.

En nuestra versión del dilema, se supone que los colombianos deben elegir si ratifican este acuerdo o no. Por un lado, según los defensores del No, está la impunidad a los autores de crímenes de lesa humanidad, los privilegios políticos, la falta de claridad sobre los fondos del narcotráfico, Venezuela como ejemplo a seguir y demás panoramas dantescos. Por el otro, los defensores del Sí aclaran que si gana el No, se acaba el proceso, las FARC se rearman y la “guerra fratricida” continuará; sobre todo, con un poco de razones ad hominem, dicen que el mejor argumento a favor del Sí es ver quiénes defienden el No.

Yo he dicho antes que en Colombia va a ser imposible obtener una verdadera paz, por eso y por otras razones no me interesa votar. La llamada paz con las FARC no va a ser la paz de Colombia, como no lo fue con el M-19, por ejemplo; falta aún el ELN, los paramilitares disfrazados de bandas criminales, las mafias del narcotráfico y la delincuencia común, suponiendo que no se desmovilicen unos sólo para que ingresen otros:

Lo más probable, con todos los recursos que tiene a su favor (y que ha usado) el gobierno y toda la propaganda del buenismo, es que gane el Sí. Pero eso no obliga a llamar paz a la claudicación mutua de unos en imponer la justicia y el estado de derecho, y de otros de buscar el poder o forzar al Estado a respetar sus causas sociales (si las tuvieron). Sí, está bien que no haya más muertos, más secuestros, más cilindros, bombas, extorsiones ni otras “formas de lucha”, como tampoco que no haya más falsos positivos, terrorismo de estado o uniformados muertos que nunca fueron vecinos del parque de la 93.

Lo que no está bien es llamar paz a simplemente dejar de ver atentados o muertos en el monte. O hacer más apología de la redención, con curules directas, “penas alternativas” y otras demostraciones de que el delito en este país sí paga. Si por paz se entiende el respeto al derecho ajeno (y también el respeto al derecho), vamos a tener que esperar sentados. Porque al igual que en el dilema original, si la solución fuera simplemente la que menos muertos cause, no sería un dilema. Y ahora resulta que estamos en un tranvía que debe elegir entre impunidad y muertos, por cuenta de la incapacidad de imponer un verdadero Estado de derecho. Qué dilema.

  • P.S.: no han pasado 24 horas desde la firma de “la paz” y ya hay un primer punto de discordia: las FARC no se desmovilizan hasta que les firmen amnistía e indulto. Lo que se sabía desde el primer día.
  • Alias “Timochenko” ofreció perdón en lugar de pedir perdón por los crímenes de las FARC. ¿La gramática como declaración de intenciones?
  • Contra todo pronóstico, ganó el No, por poco más de 60.000 votos. Nadie sabe lo que va a pasar ahora; la hipótesis inicial es que las FARC se devuelven al monte y el proceso se acaba. Quien dijo que la democracia es sólo la “tiranía de las mayorías” no pensó que menos del 3% también hace una mayoría.

Los embajadores de la India

Una de las piezas más memorables de la idiosincracia nacional es una película de 1987 llamada “El Embajador de la India“, que narra la historia real de un avivato que se hizo pasar por el embajador de ese país durante varios días en 1962, explotando hábilmente la curiosidad por lo exótico y el servilismo ante lo extranjero, tan propios de los paisanos de la Colombia profunda. Si este hubiese sido el único caso en esta orilla del mundo, no pasaría de ser una anécdota; pero lo cierto es que cada año esta región llamada Occidente se inunda de una clase especial de embajadores de la India y su misticismo, que en el fondo no son más especiales que usted, yo o cualquiera.

No es tanto esa reverencia hacia lo extranjero que ha obligado a más de uno (incluso a nuestra policía de inmigración) a aprender que Nigeria es una república, sino la que obliga a ver que la India no es la tierra de la armonía y la paz espiritual. Aunque eso quieran vendernos, literalmente: la India es la sede de verdaderas multinacionales del yoga, la vida sana, la meditación y la paz interior, como si aquel país no fuera un gigante cliché de enfermedad, pobreza e idolatría de las vacas. El mismo país donde existe una pobreza causada por un sistema de castas y a su vez basada en un sistema de creencias (el hinduismo).

Desde el auge del movimiento hippie, y desde cuando los Beatles conocieron al Maharishi, la India además de incienso, exporta gurúes, santones y faquires, nacidos del afán de paz espiritual de los occidentales perdidos en el mundo material, y no tanto de que le sobre armonía y abundancia a los 1.200 millones de indios (casi la mitad de los cuales no han superado la pobreza). Dicen que “si los libros de autoayuda sirvieran, se habría escrito sólo uno”; y si aquello que nos quieren vender como la fuente de la felicidad sirviera, la India, con sus 500 millones de pobres, sería el país más feliz del mundo.

Repasando la lista de los nuevos embajadores de la India, se encuentran nombres como Sai Baba, acusado de burda prestidigitación cuando no de homicidio o delitos sexuales; Osho, que salía a pasear por las mañanas en Rolls Royces, Prem Rawat, quien pasó de gurú besado en los pies a vestir traje y corbata, el mismo Maharishi que usó y luego desilusionó a los Beatles, o el siempre entrañable Deepak Chopra, el físico cuántico sin licencia más famoso del mundo. Todos directores de negocios millonarios, conferencistas y autores de best-sellers, enriquecidos por el fracaso de la tradición judeocristiana como única vía conocida por Occidente hacia la realización espiritual* del ser humano.

Cada región donde exista una cultura ancestral le ha disputado a la India el monopolio de la sabiduría espiritual. Por cierto, la gran mayoría de información ecuánime en la web sobre este asunto está en inglés. En español, desde la Wikipedia hasta una sarta de blogs personales, son casi todo apología escrita por gente que sólo sabe decir “namasté” como si el sánscrito fuera una lengua cooficial. Sólo los blogs escépticos o los documentales sobre las sectas ofrecen una visión objetiva, que termina desmitificando a los iluminados que sólo son superiores al resto de los mortales en el tamaño de su cuenta corriente.

* Esta opinión de que cada secta es un fracaso del judeocristianismo en ofrecer respuestas reales y concretas ante la inquietud espiritual occidental, fue un comentario en el video sobre las sectas, subido por una organización católica, y que, oh sorpresa, fue borrado. Sin derecho de réplica, obviamente. Cuestionar el monopolio de la iglesia católica sobre la moral y la ética seguro fue lo suficientemente ofensivo.

No me interesa el escepticismo absoluto sobre el tema de la realización espiritual, pues equivaldría a aceptar que el ser humano es sólo un costal de órganos y hormonas, y que la vida es un acto puramente biológico entre dos respiraciones: la primera y la última. Sin embargo, sigue siendo necesaria la evidencia para aceptar que es posible una vida mejor ligada a una realidad superior, aunque sea algo que sólo se pueda comprobar en primera persona. Y de todos estos embajadores de la India modernos sólo es posible aprender dos cosas: que nadie va a encontrar afuera lo que debe buscar dentro de sí, y que nadie va a aprender nada siguiendo a quienes no son un ejemplo viviente de su propia enseñanza.

Sociedad del Talión: cuando a ellos les funciona

Por más que se ofendan los prohumanistas, la única respuesta válida a qué debe hacer una sociedad con sus elementos antisociales irrecuperables es la pena de muerte. Después de todo, a los asesinos les funciona.

Comentando en KienyKe.com la actitud de los mexicanos quienes, cansados de la delincuencia y la inoperancia y corrupción de las autoridades,  deciden hacer justicia por cuenta propia.

Más allá de lo ocurrido tras los asesinatos de los caricaturistas de Charlie Hebdo en París (sobre los que no quiero hablar de la falacia del verdadero musulmán), más allá de que en pleno siglo XXI siga imperando la ley del más fuerte, más allá de que la desigualdad social sea el pretexto para la delincuencia y la violación de la ley y el derecho, cada crimen es un fracaso de la sociedad a la hora de hacer valer el respeto a unos derechos fundamentales que con tanto orgullo pretende defender.

En estos países no hay más ley ni justicia que la que se hace por cuenta propia. En cambio, si alguien mata a un ladrón en defensa propia, puede ir a la cárcel por leguleyadas como “uso desmedido de la fuerza”, o los jueces dejan libre a los delincuentes por “falta de garantías” o “no constituye un peligro para la sociedad”, como si creyeran que la ley es la letra menuda del contrato social.

No tiene sentido que una sociedad se organice con base en conceptos de ley y autoridad que luego pretenda interpretar a su antojo. Más allá de la necesidad de un gobierno, no sirve de nada decir que los derechos del individuo terminan donde comienzan los derechos ajenos, si todo es susceptible de interpretación, o si hay que preguntar a los progres si matar por un celular es culpa del coeficiente Gini.

Más allá de saludos a la bandera, de la indignación de los humanistas y los pro-vida, de palomitas blancas y pendejadas simbólicas, todos saben que lo único que cambia las cosas es dejar en claro el mensaje: una sociedad unida tiene que hacerle saber las cosas a ellos: que la ignorancia de la ley no es excusa; que la ley haga pensar dos veces a quien quiera pasarse por la faja el respeto a los derechos ajenos. Que quien se meta con el individuo, se mete con el grupo. Que la cárcel sea un castigo. Y que quien sobre, que no estorbe.

Está demostrado que el castigo funciona, porque les funciona a ellos (“haga lo que digo o…”). Está claro que la pena de muerte es una sentencia disuasoria, porque les funciona a ellos. Hay quienes dicen que en Colombia debería eliminarse la pena de muerte, porque la aplican ellos. En un país que lleva medio siglo sin recuperar el monopolio de la fuerza, donde la ley es un chiste y la justicia un concurso de leguleyadas, está claro que la única ley que funciona es la ley del más fuerte, y que la fuerza está del lado de ellos.

Solucionar la desigualdad como causa de la delincuencia es necesario, pero puede tomar generaciones. Siendo pragmáticos al límite, sólo hay una solución al dilema de qué hace una sociedad con sus elementos antisociales irrecuperables. La misma que intercambia el derecho a vivir de un asesino con el de una persona de bien. La misma que a ellos les funciona.

Por qué los ateos no se ganan la lotería

Pregunta o afirmación, no lo sé. El portal Pulzo.com publicó la historia del ganador del Sorteo Extraordinario de Navidad, el pasado 20 de diciembre. Cómo estamos en Colombia, si alguien se gana la lotería hay que proteger su identidad; por eso la empresa de lotería llamó Juan Gómez (sic) a quien Pulzo llama Andrei Guzmán. De cualquier forma, si creemos en su testimonio, llama la atención lo involucrado que está el concepto de un ser supremo y omnipotente en el plan de premios de uno de los sorteos de lotería más grandes del país.

De entrada, definir el concepto de dios ya es un problema. Para muchos, un genio de los deseos; para algunos, la abstracción de los principios y leyes que rigen y dan orden al universo. Para la gran mayoría, un ser personal, inteligente, amoroso, celoso y vengativo, con las virtudes y defectos de cualquier humano creado a su imagen y semejanza (pero con el prefijo omni- y el sufijo -ísimo). De nuevo, como estamos en Colombia, el dios del que hablamos no es otro que el dios judeocristiano, tan arraigado en este continente que después de cinco siglos no se limita a ser una simple base del deísmo; aquí premia y (sobre todo) castiga, interviene en la vida y la sociedad sin pedir permiso y hasta decide el resultado de un partido de fútbol. Y nadie se gana la lotería sin su divina aprobación.

Revisando el testimonio del ganador del premio de marras, ambos artículos comienzan con la declaración inicial:

“Llevaba 4 meses estudiando el número [el 1713, de la serie 11], hasta que una noche en un sueño Dios me iluminó y tuve una gran revelación. Apoyándome en el ajedrez, en el estudio de los números y las probabilidades lo fui buscando”.

Destacemos este párrafo. Mucha gente ha estudiado “los números”, pero con la “numerología” y su curiosa combinación de conceptos aplicada a los juegos de azar: dios, fe, citas bíblicas, adivinación, universo y diezmo (por cierto, si técnicamente la biblia no condena la lotería es porque no era conocida en la Edad del Bronce). Lo de las probabilidades es obvio, pero por otro lado, ningún ajedrecista vería relación entre un juego abstracto de estrategia y un juego de azar (aunque sirve si hay que meter misticismo como sea). Y sobre la frase “una noche en un sueño Dios me iluminó”, si las discusiones entre ateos y creyentes han demostrado que dios es comprensible sólo por teólogos (o que sólo se revela a un club de selectos elegidos), entonces sí es más probable ganarse la lotería que tener una revelación del dios de Israel.

Es cierto que hay fenómenos que la ciencia no puede explicar (y menos cuando no se le permite observarlos con el método científico), pero por aquello de la navaja de Occam, si es algo que no ha pasado más allá de la mente del observador, lo más probable es que sea mentira (como si la mente no pudiera engañarse a sí misma). La idea de dios permite dar respuesta a cualquier cosa, pero es bueno recordar que hablar con dios es una cosa y escuchar a dios es otra. La segunda parte relevante del testimonio del ganador del sorteo de Navidad dice:

Un mes atrás apareció invertido (el número ganador) en otra lotería, ese día lo visualicé y dije, ese número va a caer. Con mi fe y creencias en las energías y el universo comencé a buscarlo hasta que lo encontré en manos de una humilde lotera de Bosa”.

Esto me recuerda el comienzo de un libro del famoso Método Silva, en el cual su autor hablaba de cómo la Mente Universal le reveló los números de una lotería, de cómo encontró el billete en otro estado fronterizo, y de cómo ganó el premio que necesitaba con ansias para financiar uno de sus proyectos. Y aquí es donde quiero responder (o preguntar) por qué los ateos no se ganan la lotería.

Mucha gente dirá que este es un artículo escrito desde la envidia, y que en este país muere más gente de envidia que de cáncer; tienen razón. Todo esto puede verse como un montón de afortunadas coincidencias por dos razones: porque técnicamente lo es, o porque sería el colmo que lo fuera. Si lo es, sería un desperdicio toda una vida destinada a estudiar ciencia cuando los problemas de la medicina, la política o hasta la meteorología se resuelven por las “energías” o la inescrutable voluntad de dios.

Si fuera cierto que la fe mueve montañas y manipula números aleatorios, entonces no sólo habrá sido en vano todo sentido común aplicado a las probabilidades, sino que los juegos de azar serían la prueba definitiva de la superioridad de la fe y la pobreza de espíritu, sobre la soberbia intelectual de los ateos (incluido un servidor) y aquellos que sólo conocen la energía que se puede medir en joules. Sería el triunfo de la superstición y la fe sobre la sentencia de que la lotería es un impuesto a no saber matemáticas. Por todo esto, más fácil que un ateo ganándose la lotería, es ver a un bienaventurado pobre de espíritu ganándose el Baloto y cruzando el ojo de una aguja hacia el reino de los cielos.

P.D.: “Era ateo, rezó en broma pidiendo un millón de dólares ¡y lo recibió! Ahora es católico.” Esto va en serio.