Apostando por la bicicleta

La otrora casa familiar se vendió, la familia disfuncional se disolvió, y desde hace casi un mes ha comenzado para mí una nueva etapa en la cual estoy completamente por mi cuenta en este mundo. Sin vínculos directos de ninguna índole -y ni para un remedio- con parientes o inquilinos. El primer paso fue trasladarme del centro-sur al noroccidente de la ciudad, en ese popurrí de estratos llamado Suba. No ha sido el templo del silencio que esperaba, pero tampoco está tan mal; es bueno saber que se puede tener vecinos medianamente decentes aunque sea porque los obliga un reglamento de propiedad horizontal. Y en teoría, vivir en el mismo punto cardinal del sitio de trabajo debería tener sus ventajas en materia de transporte, pero gracias al caótico Transmilenio, no ha sido eficiente -como nunca lo ha sido- moverse por la ciudad sólo a través del inacabado transporte público de Bogotá.

Una de esas opciones parece ser el SITP, y no el eternamente provisional reemplazo de las viejas busetas, sino el integrado con Transmilenio. La otra opción parece ser la bicicleta. Esa opción tan descuidada en los últimos años en una ciudad necesitada de opciones de movilidad, en la cual los defensores a ultranza de Transmilenio recuerdan que en sus primeros años logró desincentivar el uso del automóvil particular, olvidando que ahora demostró quedarse corto para una ciudad como Bogotá. Tan corto se quedó que para muchos es preferible volver al carro, comprarse otro para evadir el pico y placa, y para los demás, quienes no pueden permitirse el carro, la moto o el trasteo, definitivamente la mejor opción, sobre todo por precio, es apostar por la bicicleta.

 Mapa basado en datos de http://mejorenbici.com bajo licencia Creative Commons [http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0/]

En términos generales, y gracias a la transformación de la infraestructura urbana a comienzos de este siglo, Bogotá ha desarrollado una buena red de ciclorutas, al punto de ser -según estudios- la mejor ciudad de América Latina para los ciclistas. Y ya había conocido hace años el testimonio de blogueros-ciclistas urbanos que defendían desde siempre las ventajas de la bicicleta, a pesar del mal estado (y mal diseño) de las ciclorutas, de la inseguridad, pero sobre todo, de la falta de civismo de peatones, conductores y motociclistas. Y es justamente porque los ciclistas se masifican y hacen presencia en esas calzadas sobre los andenes -en una ciudad cuyos habitantes siguen sin saber para qué son los pasos de cebra-, que me estoy animando a intentar el paso a la bicicleta como opción de movilidad.

Y como sólo he sido ciclista esporádico de ciclovía que hace unos seis años metió la “bmx” al sanalejo (y la regaló hace un año), decidí apostarle a una bicicleta eléctrica (de segunda mano, con cambios y plegable para subirla por el ascensor), para verificar si es una alternativa al transporte público en Bogotá. En los porrazos del viaje inaugural -en los que descubrí que sí es posible olvidar montar en bicicleta-, vi que con compensar los treinta minutos de espera por viaje para embutirme por succión a un bus repleto de Transmilenio, me daría por bien servido (es increíble que estando a dos estaciones de un portal, lo más práctico sea quedarse en el bus y esperar media hora a que dé la vuelta y haga la ruta contraria, en vez de pelearse a codazos para entrar en un bus rellenado al vacío).

Hacen falta más viajes de prueba, así como accesorios, espejos, pito y direccionales -esas que los ████ conductores no saben usar- y otras vueltas, pero creo que en medio de tanto debate, de si metro elevado o subterráneo, de si tranvía o no tranvía, una opción barata, masiva, inmediata y útil es la de apostarle más a las ciclorutas y los bicicarriles de Bogotá. La única caja de mi mudanza que no he abierto aún es la de unos libros, y sé que en alguno dice que no hay viajero más eficiente en la naturaleza que un ciclista con una bicicleta adecuada a su tamaño y peso. Más allá de modas o hipsteradas varias, estoy seguro de que poder moverse en bicicleta con plena seguridad en ciudades como Bogotá no sólo es la forma más eficiente, sino también la más inteligente.

Mundo de tercera: plagios en la web, festivales y basuras

No es por falta de motivos, pero hacía mucho que no actualizaba esta sección. Lamentablemente aquí va otra entrada.

Plagios en la web. Después de publicar mi anterior artículo sobre el go, vi con preocupación que Google colocaba en primer lugar a una web de mierda llamada todoemarketing.com (no voy a generarle enlace, claro), que no sólo había copiado ese sino otros artículos de la categoría Software. Ya he dicho antes que escribo aquí sólo porque quiero, que no me interesan para nada esos conceptos de monetización y posicionamiento, pero de ahí a permitir que otros decidan copiarlos, como se deduce del nombre de la web, para sacarles cualquier tipo de provecho, es otra cosa. Esto es obviamente un gazapo de Google, que ya fue notificado de esta situación, al igual que el proveedor de hosting de la web en cuestión, que no tiene medios de contacto pero que tampoco parece un bot. A ver Google, muy bonita la inteligencia artificial, sí, pero a ver si creamos algo de sentido común artificial para estas cosas.

Festivales del ruido. El pasado sábado 10, la alcaldía local de Antonio Nariño, en el sur de Bogotá, organizó el primer Festival Río Fucha, con el supuesto fin de “crear sentido de pertenencia y exaltar el amor de los bogotanos por el Río Fucha”. Y por lo visto nada genera más conciencia ambiental que un concierto de siete horas con no sé cuantos miles de vatios de sonido en un barrio residencial. Para colmo dicen que es la primera versión, lo que significa que a menos que lo impida un recurso legal de los vecinos del parque (pues técnicamente están violando de sobra su propio código de policía), todo vecino hasta quinientos metros del área usada para el concierto creará su sentido de pertenencia y amor por el río desde ahí donde no les da el sol.

Además, la presentación de un lineup genérico de conciertos de la alcaldía (cualquier alcaldía), no terminó a las ocho como lo comunicaron, sino casi a las nueve y media. Ojalá el hecho de no haber volado ventanas no les dé licencia para permitir una nefasta seguidilla de conciertos y “festivales al parque” de cristianos, raperos, reguetoneros y demás fauna musical, en un barrio residencial que apenas ha sobrevivido a la restrepización de la zona.

Basuras y solios. Desde los años 80 se ha tenido que declarar la emergencia sanitaria en Bogotá por el tema de la recolección de basuras. Siempre que se ha cambiado de modelo de gestión, se termina en un desastre. Desde la ineficiencia de la EDIS en los ochenta, la subsecuente privatización en los noventa, la desprivatización de Petro y ahora la reprivatización de Peñalosa, cada cambio nos ha dejado la consecuente emergencia sanitaria en una ciudad en donde la gente no sabe reciclar pero en cambio sí sabe convertir cada kilogramo de productos en el doble de masa de desechos. La pobre visión hemipléjica de izquierda versus derecha, de burocratizar versus privatizar, no ha hecho más que alternar el poder entre pésimas gestiones de unos y otros en los últimos veinte años en esta ciudad.

Pero justamente, entre la pésima alcaldía de Petro y la pésima alcaldía de Peñalosa, lo que tienen en común es justamente el tema de las basuras y lo que significó su vinculación con el poder. Además, claro, de las repercusiones mediáticas, del manejo de la opinión pública, de la influencia de constructoras, grupos económicos, grupos políticos, en fin, de todo aquello que mueve a la democracia excepto la voluntad y la conciencia del pueblo (porque la democracia siempre ha sido un asunto muy serio como para dejarlo en manos del pueblo, claro está). Y esa alternancia de ilusiones y desencantos puede terminar de una manera bastante predecible. Dicho de otra forma, si Petro y su ego convirtieron a Peñalosa nuevamente en alcalde de Bogotá, Peñalosa y su ego van a convertir a Petro en presidente. A menos que quienes ya estén en el poder hayan decidido otra cosa.

P.D.: Señores de WordPress: acabo de contratar un plan básico y he cambiado el dominio de mi blog. A cambio, quiero que me expliquen una cosa: ¿por qué quitaron el botón de justificar? No sé qué tiene de bonito un artículo entero alineado a la izquierda. Siempre que quiero justificar cada párrafo, debo centrarlo, entrar a la vista de código y reescribir esta línea así: <p style=”text-align: justify;”>. ¿Podría alguien explicarme por qué?

Au revoir, Wikipedia

Poner cara de Jimmy Wales” fue una expresión popular de aquellos años en que Jimmy Wales, fundador de Wikipedia, encabezaba el mensaje anual de este sitio a sus usuarios para solicitar donaciones. Este año la Wikipedia, el proyecto de conocimiento colaborativo más grande de la historia, ya no recurre a convertir a su fundador en un meme viviente, sino a un aviso de más de media página (y una ventana flotante). Más o menos, no quieren tener publicidad ni molestar a los usuarios con banners, pero terminan recurriendo a éstos para poder financiarse. Una muestra de cómo un proyecto interesante termina estrellándose contra la naturaleza humana.

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Jimmy Wales, poniendo cara de Jimmy Wales.

Personalmente, he decidido no sólo abstenerme de donar a Wikipedia, sino dejar de usarla. No sólo hay otras opciones (y no, ni la Metapedia ni la Inciclopedia lo son), sino que mi paciencia terminó ante los muchos defectos que se le pueden señalar. Empezando por el meollo del asunto, el tema monetario. Wikipedia es el mayor ejemplo del concepto wiki, de trabajo colaborativo y comunitario, pero también es considerada por algunos como una forma de explotación del trabajo voluntario. Y desde hace mucho se ha cuestionado desde el uso que Wikipedia ha hecho de sus donaciones hasta el alarmismo que ha generado ante una posible desaparición.

Otro punto es su objetivo, ser una enciclopedia. Es cierto que puede haber discrepancias acerca de qué puede ser considerado conocimiento objetivo, pero el concepto wiki hace que si Wikipedia es escrita por sus usuarios, entonces consultar en ella equivale a preguntarle a la gente qué sabe al respecto. Y ese es su mayor problema: que Wikipedia puede ser escrita por cualquiera, sepa o no del asunto. Y no es muy claro qué hace la diferencia entre recurrir a una “fuente fiable” y caer en la falacia de autoridad.

Esto genera a su vez otro defecto grave: la presunta “libertad de edición” termina chocando con los usuarios que son prácticamente dueños de ciertos artículos, o los señalados casos de censura impuestos por usuarios de mayor nivel (porque al parecer no puede haber igualdad sin jerarquía), sobre todo cuando se tratan temas polémicos (Palestina, Cuba, el “Ché”, etc.) debatidos en discusiones que superan por mucho la longitud de los artículos.

He dicho que la web en sí misma ya reúne todo el conocimiento que la humanidad ha querido compartir, y que Wikipedia es sólo una parte de él. Y otro de los defectos en que cae Wikipedia es crear un círculo vicioso: usar como fuentes y referencias otros sitios en la web, que a su vez usan a Wikipedia como fuente, más cuando esos sitios suelen ser blogs (porque en la Wiki en español nadie parece entender la diferencia entre referencias y enlaces externos). Sí, Wikipedia puede ser muy útil para los estudiantes, pero termina recurriendo en el mejor de los casos a fuentes escritas por autores de conocimiento mucho más avanzado (científicos, por ejemplo). Porque la calidad de un artículo en Wikipedia suele ser inversamente proporcional al dominio que tenga el público en general sobre el tema; por eso es común que los artículos sobre series de televisión sean más largos que muchos artículos científicos, o que las secciones más largas de otros artículos sean las de “Curiosidades” o “En la cultura popular”.

Son muchos otros defectos de Wikipedia que se han señalado desde hace mucho y que no parecen haber cambiado: Wikipedia como vitrina de las pseudociencias, la mala calidad de la versión en español (que algunos achacan a que es la versión de España, editada sin permiso por los latinoamericanos), la ausencia de democracia contra el hecho de que la verdad no es democrática, entre otros. Lo único cierto es que ya no soy estudiante, y cuando necesito saber algo realmente complejo sé que no sólo no lo voy a encontrar en Wikipedia, sino que va a ser más fácil encontrarlo yendo directamente a sus fuentes fiables.

Ya me cansé de lidiar con el hecho de que ser usuario registrado (o incluso «bibliotecario») no equivale a tener criterio, y que (cuando no se me antojaba iniciar sesión), ser usuario anónimo no significa ser vándalo. Fue la triste visión de pasar los viernes por la tarde metido en guerras de ediciones con dueños de ciertos artículos, la epifanía definitiva para hacer honor a mi etiqueta de usuario retirado en Wikipedia. Razón por la cual, por mucha cara de Jimmy Wales que me pongan, no verán un solo centavo de mi parte.

Colombia y el dilema del tranvía

En términos simples, el dilema del tranvía es un experimento ético que ha sido enunciado de muchas formas, pero en resumen consiste en lo siguiente:

Un tranvía corre a toda velocidad hacia una bifurcación. El conductor no puede detenerlo, sólo puede elegir a qué lado va a continuar. Si continúa su rumbo, matará a cinco personas atadas a los rieles. Si elige la alternativa, matará a una persona atada a la vía. ¿Qué decisión debe tomar el conductor, sabiendo que matará al menos a una persona?

Antes de continuar, un video que se hizo muy popular en estos días muestra cómo reaccionaría uno de esos conejillos de Indias de la naturalidad de la ética llamados niños:

Más o menos es la situación en la cual se encuentra el pueblo de Colombia en medio del proceso de paz con las FARC. Acaba de firmarse un acuerdo entre ese grupo guerrillero y el gobierno nacional, que debe ser ratificado por el pueblo mediante plebiscito, mediante una tendenciosa pregunta de Sí o No (¿quién en su sano juicio diría No a la paz?). Esas son las dos opciones de un dilema del tranvía nacional, que ya han dividido a la opinión pública y que para unos u otros, no va a dejar de tener consecuencias.

De entrada, lo que se va a ratificar es una negociación con las FARC, no “la paz de Colombia” o el fin de una “guerra fratricida”, como han pintado lo que no ha sido más que una lucha entre una oligarquía corrupta incapaz de asumir el monopolio de las armas, y una guerrilla terrorista convertida en mafia del narcotráfico, en la cual quien pone los muertos siempre es el pueblo. Así como en el dilema de marras, la visión pragmática de “mejor que muera uno a que mueran cinco” se ha visto reducida a lo que ha dicho hasta el propio presidente Santos: mejor un mal arreglo que un buen pleito.

En nuestra versión del dilema, se supone que los colombianos deben elegir si ratifican este acuerdo o no. Por un lado, según los defensores del No, está la impunidad a los autores de crímenes de lesa humanidad, los privilegios políticos, la falta de claridad sobre los fondos del narcotráfico, Venezuela como ejemplo a seguir y demás panoramas dantescos. Por el otro, los defensores del Sí aclaran que si gana el No, se acaba el proceso, las FARC se rearman y la “guerra fratricida” continuará; sobre todo, con un poco de razones ad hominem, dicen que el mejor argumento a favor del Sí es ver quiénes defienden el No.

Yo he dicho antes que en Colombia va a ser imposible obtener una verdadera paz, por eso y por otras razones no me interesa votar. La llamada paz con las FARC no va a ser la paz de Colombia, como no lo fue con el M-19, por ejemplo; falta aún el ELN, los paramilitares disfrazados de bandas criminales, las mafias del narcotráfico y la delincuencia común, suponiendo que no se desmovilicen unos sólo para que ingresen otros:

Lo más probable, con todos los recursos que tiene a su favor (y que ha usado) el gobierno y toda la propaganda del buenismo, es que gane el Sí. Pero eso no obliga a llamar paz a la claudicación mutua de unos en imponer la justicia y el estado de derecho, y de otros de buscar el poder o forzar al Estado a respetar sus causas sociales (si las tuvieron). Sí, está bien que no haya más muertos, más secuestros, más cilindros, bombas, extorsiones ni otras “formas de lucha”, como tampoco que no haya más falsos positivos, terrorismo de estado o uniformados muertos que nunca fueron vecinos del parque de la 93.

Lo que no está bien es llamar paz a simplemente dejar de ver atentados o muertos en el monte. O hacer más apología de la redención, con curules directas, “penas alternativas” y otras demostraciones de que el delito en este país sí paga. Si por paz se entiende el respeto al derecho ajeno (y también el respeto al derecho), vamos a tener que esperar sentados. Porque al igual que en el dilema original, si la solución fuera simplemente la que menos muertos cause, no sería un dilema. Y ahora resulta que estamos en un tranvía que debe elegir entre impunidad y muertos, por cuenta de la incapacidad de imponer un verdadero Estado de derecho. Qué dilema.

  • P.S.: no han pasado 24 horas desde la firma de “la paz” y ya hay un primer punto de discordia: las FARC no se desmovilizan hasta que les firmen amnistía e indulto. Lo que se sabía desde el primer día.
  • Alias “Timochenko” ofreció perdón en lugar de pedir perdón por los crímenes de las FARC. ¿La gramática como declaración de intenciones?
  • Contra todo pronóstico, ganó el No, por poco más de 60.000 votos. Nadie sabe lo que va a pasar ahora; la hipótesis inicial es que las FARC se devuelven al monte y el proceso se acaba. Quien dijo que la democracia es sólo la “tiranía de las mayorías” no pensó que menos del 3% también hace una mayoría.

Los embajadores de la India

Una de las piezas más memorables de la idiosincracia nacional es una película de 1987 llamada “El Embajador de la India“, que narra la historia real de un avivato que se hizo pasar por el embajador de ese país durante varios días en 1962, explotando hábilmente la curiosidad por lo exótico y el servilismo ante lo extranjero, tan propios de los paisanos de la Colombia profunda. Si este hubiese sido el único caso en esta orilla del mundo, no pasaría de ser una anécdota; pero lo cierto es que cada año esta región llamada Occidente se inunda de una clase especial de embajadores de la India y su misticismo, que en el fondo no son más especiales que usted, yo o cualquiera.

No es tanto esa reverencia hacia lo extranjero que ha obligado a más de uno (incluso a nuestra policía de inmigración) a aprender que Nigeria es una república, sino la que obliga a ver que la India no es la tierra de la armonía y la paz espiritual. Aunque eso quieran vendernos, literalmente: la India es la sede de verdaderas multinacionales del yoga, la vida sana, la meditación y la paz interior, como si aquel país no fuera un gigante cliché de enfermedad, pobreza e idolatría de las vacas. El mismo país donde existe una pobreza causada por un sistema de castas y a su vez basada en un sistema de creencias (el hinduismo).

Desde el auge del movimiento hippie, y desde cuando los Beatles conocieron al Maharishi, la India además de incienso, exporta gurúes, santones y faquires, nacidos del afan de paz espiritual de los occidentales perdidos en el mundo material, y no tanto de que le sobre armonía y abundancia a los 1.200 millones de indios (casi la mitad de los cuales no han superado la pobreza). Dicen que “si los libros de autoayuda sirvieran, se habría escrito sólo uno”; y si aquello que nos quieren vender como la fuente de la felicidad sirviera, la India, con sus 500 millones de pobres, sería el país más feliz del mundo.

Repasando la lista de los nuevos embajadores de la India, se encuentran nombres como Sai Baba, acusado de burda prestidigitación cuando no de homicidio o delitos sexuales; Osho, que salía a pasear por las mañanas en Rolls Royces, Prem Rawat, quien pasó de gurú besado en los pies a vestir traje y corbata, el mismo Maharishi que usó y luego desilusionó a los Beatles, o el siempre entrañable Deepak Chopra, el físico cuántico sin licencia más famoso del mundo. Todos directores de negocios millonarios, conferencistas y autores de best-sellers, enriquecidos por el fracaso de la tradición judeocristiana como única vía conocida por Occidente hacia la realización espiritual* del ser humano.

Cada región donde exista una cultura ancestral le ha disputado a la India el monopolio de la sabiduría espiritual. Por cierto, la gran mayoría de información ecuánime en la web sobre este asunto está en inglés. En español, desde la Wikipedia hasta una sarta de blogs personales, son casi todo apología escrita por gente que sólo sabe decir “namasté” como si el sánscrito fuera una lengua cooficial. Sólo los blogs escépticos o los documentales sobre las sectas ofrecen una visión objetiva, que termina desmitificando a los iluminados que sólo son superiores al resto de los mortales en el tamaño de su cuenta corriente.

* Esta opinión de que cada secta es un fracaso del judeocristianismo en ofrecer respuestas reales y concretas ante la inquietud espiritual occidental, fue un comentario en el video sobre las sectas, subido por una organización católica, y que, oh sorpresa, fue borrado. Sin derecho de réplica, obviamente. Cuestionar el monopolio de la iglesia católica sobre la moral y la ética seguro fue lo suficientemente ofensivo.

No me interesa el escepticismo absoluto sobre el tema de la realización espiritual, pues equivaldría a aceptar que el ser humano es sólo un costal de órganos y hormonas, y que la vida es un acto puramente biológico entre dos respiraciones: la primera y la última. Sin embargo, sigue siendo necesaria la evidencia para aceptar que es posible una vida mejor ligada a una realidad superior, aunque sea algo que sólo se pueda comprobar en primera persona. Y de todos estos embajadores de la India modernos sólo es posible aprender dos cosas: que nadie va a encontrar afuera lo que debe buscar dentro de sí, y que nadie va a aprender nada siguiendo a quienes no son un ejemplo viviente de su propia enseñanza.

“¿Es la religión judeo-cristiana responsable de la crisis ecológica?”

(Nota: el título va entre comillas porque no corresponde a esta entrada, sino al artículo de Andrés Alvarez Martínez, publicado en este enlace)

Las redes sociales se han vuelto una forma tan práctica como poco útil de creer que podemos revolucionar el mundo haciendo un clic. Así es como uno termina siguiendo cuentas de muchos ciberactivistas. No sé si fue por devolver un follow en Twitter que terminé siguiendo a @Aidaespanol, pero por responder a uno de sus tweets ahora ambos tenemos un seguidor menos.

(Actualización: “Houston, tenemos un problema”. Ahora resulta que mis tweets sí aparecen en la cuenta @Aidaespanol, que acaba de seguirme en Twitter, lo que significa que los había seguido por cuenta propia. En fin.)

A raíz de la encíclica del papa Francisco Laudato si, da la impresión de que, por primera vez, el líder de la fuerza moral dominante en occidente pone de manifiesto su preocupación por la ecología y el medio ambiente. Entonces, al recibir el tweet de marras, recordé que había leído un artículo de Arnold Toynbee sobre el tema, que resumía la idea de que la destrucción ecológica por parte del ser humano tenía como causa nada menos que la interpretación religiosa del “creced y multiplicaos”. Y al buscar, no encontré el dichoso artículo sino uno aún más extenso, titulado “¿Es la religión judeo-cristiana responsable de la crisis ecológica?”, que incluye también lo dicho por Toynbee.

El tweet enlaza a un artículo del blog de la AIDA titulado “Dios es ambientalista, ¿y tú?”. Como la pregunta es provocadora (y como suelo responder una pregunta con otra) mi respuesta fue el título de este artículo y el enlace al original en pdf. Y en aras de la libertad de expresión con la cual cierra el artículo de la AIDA, mi tweet fue borrado. Por eso quiero retomar mi respuesta aquí.

Sobra decir que el concepto de dios es una aberración. Bastante tiene ya el mundo con la imposición de un dios omnipresente excepto en presencia del mal, omnisciente excepto para ver las consecuencias de su propia creación, y omnipotente excepto para detener la destrucción de su presunta obra. Ahora resulta que la causa ecologista tiene que apelar a esa misma idea para disminuir la destrucción medioambiental por las mismas razones que hacen de la religión un sistema de control social: no por comprender que la destrucción del entorno en un sistema cerrado redunda en la propia destrucción como especie, no por entender que el daño al planeta se traduce a la larga en daño a nosotros; no por razones nacidas de la inteligencia y la comprensión, sino de aquello que algunos llaman “temor de dios”.

Ya sea por la interpretación literal del Génesis, que define al hombre como “rey de la creación” y coloca al mundo a su servicio, ya sea por considerar herejía el panteísmo y la adoración de la naturaleza, lo cierto es que el respeto por la ecología no ha demostrado provenir, de ninguna forma, de la religion organizada. A diferencia del actual buenismo neohippie de abrazar árboles y adorar a la Madre Tierra, la cosmogonía y visión de la naturaleza como una sola fuerza de la cual nace la vida era vista desde hace cinco siglos simplemente como pecado. Y este es el concepto clave: la prueba de que la ecología nunca fue importante ni siquiera para los papas del siglo XX es que destruir la “Creación” nunca fue un pecado. Sólo el papa anterior, Benedicto XVI, quiso convertir en pecado la contaminación ambiental, pero apelando a la misma razón equivocada detrás de la idea de pecado: no “ofender a dios”.

De hecho, el papa actual, Francisco, fue el autor de una frase con la cual se ha pretendido justificar la explotación minera en nombre de la palabra del dios sin nombre de los cristianos:

“El día del juicio final ante Dios, nos contaremos entre los que enterraron el talento dado y no lo hicieron fructificar. No sólo en agricultura y ganadería, sino también en minería”.

Esta frase (y citas como Génesis 2:10-12) fueron parte de un desesperado intento de algunas iglesias cristianas para justificar la explotación aurífera en el páramo de Santurbán (ver “El día que Dios respaldó la minería en Colombia”). Decían defender la minería legal y responsable, como si la minería en el páramo donde nacen las fuentes de agua de medio millón de personas no fuera una irresponsabilidad. Mientras los presuntos representantes de dios en la tierra no tengan que aprender a beber oro, está claro cuáles son sus prioridades.

Y no, la conclusión no es que quienes están en contra de la religión estén a favor de la destrucción del planeta. Ser ateo, agnóstico, animista o lo que sea no tiene nada que ver con respetar o no el ambiente. La religión sólo ha servido para controlar a la humanidad a través del miedo, y el ambientalismo basado en dios es una idea absurda e innecesaria. Si ha de protegerse a la tierra, mejor que sea por el fin de la ignorancia y la inconsciencia, que sea con ideas nacidas de la inteligencia, la ciencia, la tecnología, pero sobre todo, de la comprensión de que proteger la vida en la Tierra es parte de protegernos como especie. La Tierra ha sufrido cataclismos, glaciaciones y otras catástrofes, y la vida ha seguido. Y seguirá, sin nosotros o a pesar de nosotros. Una cosa es ser o no ateo, y otra ser tan estúpido como para creer que es buena idea apedrear el propio tejado.

Obsolescencia programada: experiencias en primera persona

Uno de los puntos que más ha marcado a la humanidad en las últimas generaciones es su relación con la tecnología. Una relación que adopta muchas formas; la más usual, sin embargo, suele ser la dependencia. Mucha gente ya no conoce formas de comunicarse o transmitir información que no sean las que ofrece la tecnología; pero sobre todo, una forma especial de tecnología como parte del sistema económico imperante, en el cual todo es objeto de mercado.

Hace ya varios años que se emitió Comprar, tirar, comprar: un documental que dio mucho de qué hablar. Ha servido para ilustrar el concepto de obsolescencia programada, para alimentar el pensamiento conspiracionista y también para ser objeto de debate por parte del escepticismo organizado. Y no pensé que fuera a tocarme directamente, pero llega un momento en que, por más que uno pueda seguir existiendo con Windows 95 98 Millenium XP, el entorno circundante podría volver a la Edad de Piedra si desapareciera sólo uno de los avances tecnológicos omnipresentes hoy en día.

Comencemos con el PC. No sé quién o cuando se creó la idea de que la tecnología debía acompañar a las personas donde quiera que estuviesen, de que para acceder a la tecnología y la información no hacía falta anclarse junto a un PC. Así nació el concepto de movilidad, en la forma de smartphones y tablets, que ofrecían la posibilidad de acceso tecnológico unicamente con fines de entretenimiento y consumo, pero que por más que se hablara de la “muerte del PC”, nunca iban a reemplazarlo como herramienta de trabajo (porque sí, la gente que trabaja aún necesita y quiere un PC). Después de odiar a muerte a Windows Millenium arrastrándose en un viejo clón AMD 486, lo cambié por un Dual Core con Windows XP desde hace unos siete años y medio, que debe ir al doctor en estos días pero que aún funciona. Y si quisiera seguirle el juego a las distribuciones de Linux con sus versiones cada seis meses, lo seguiría usando con arranque dual.

El problema es que mi oficio me obliga a usar ciertas versiones de programas que ya no corren en un procesador que aún arrastra la marca Pentium (por lo cual no me lo reciben ni como donación). Y es la clase de software por la cual Linux sigue sin ser una opción: si una versión de AutoCAD tan obsoleta como la 2012 funciona en modo “garbage” con Wine, no tiene sentido hablar de las demás. Hace unos meses compré un portátil con Windows 8.1, un Toshiba (maquinón para trabajar como pocos, pero Toshiba decidió abandonar el mercado doméstico y enfocarse en empresas). luego de ver cómo en el trabajo se compraron varios portátiles Asus con Windows 8, obligándome (por ser parte de mi trabajo) a actualizarlos a la versión 8.1. Ahora que Microsoft ofrece la posibilidad de actualizar a Windows 10, me pregunto si será obligatorio pasarlos de Windows 8 a Windows 10 (porque por muchos hackeos al registro, pasar a 8.1 es casi obligatorio).

Uno supone que después del fiasco de Windows Vista, tanto Microsoft como los fabricantes habrán coincidido en que el equipo de mejor funciona no es el que tenga el procesador más potente, sino el que tenga el sistema que use los recursos de hardware de modo más eficiente. Por eso es fácil ver equipos que funcionan mejor con Windows 8 que con el 7, por ejemplo. Aún así, me temo que las nuevas características de conextividad y “experiencia de usuario” evolucionen más rápido que la inteligencia del usuario final, cuando por ejemplo, los clientes de la empresa en que trabajo piden información digital que luego son incapaces de descargar, y uno termina copiándola en un CD para llevárselo en el transporte público.

Otro ejemplo es el de los smartphones. Tengo un Android de gama baja, con algunas aplicaciones muy útiles (como TransmiSITP, por ejemplo), pero soy muy ingenuo al pensar que el resto del entorno lo usa para llamadas y mensajes. Mi jefe casi me obliga a instalar WhatsApp porque le sale muy caro enviar SMS. Yo me opuse (si la empresa me paga un plan de datos, bien; si no, no), pero un compañero con su flamante Samsung parece haber olvidado el concepto de mensaje de texto. Cámaras de chorrocientos megapixeles para selfies o fotos al espejo con destino al facebook vía 10G, para los mismos usuarios que mencioné antes, que cambian de smartphone cada año pero incapaces de hacer aquello que podía hacerse con el Nokia 1100. El otro extremo es el de la secretaria, que piensa que el celular es un “fijo portátil”.

Por último, impresoras. Señores de Lexmark: ¿por qué algunos de sus modelos están diseñados con partes imposibles de conseguir como repuesto, para solucionar daños que ocurren a escasos meses de haberse vencido la garantía? Y para colmo, salen con un firmware atrasado en dos versiones a la de Windows. Tenemos un multifuncional que dejó de funcionar como impresora porque aquella parte que arrastra el papel es más difícil de conseguir que el santo grial. O bueno, funciona a veces, porque empiezo a pensar que las impresoras son la primera forma de vida inteligente basada en silicio:

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Teorías las hay de todo tipo. La teoría de reducir la población mundial no tendría sentido si por ejemplo, se quieren vender millones de smartphones de gama media y baja. Regla N° 1 del capitalismo: crear consumidores (literalmente hablando). Otra teoría dice que la tecnología es una forma de ortopedia que reemplazó facultades que alguna vez tuvo la humanidad (la telefonía móvil reemplazó a la telepatía, por ejemplo). O también la teoría de que la obsolescencia programada obedece al plan de que sólo sea reconocido como información, conocimiento y cultura aquello transmitido mediante un gadget. Es cierto que ya no usamos la escritura cuneiforme, pero no justifica la idea de reemplazar toda forma de expresión humana por las posibilidades de una pantalla táctil. A veces la idea de un apocalipsis es pensar con el deseo, pero si llegara a ocurrir una no muy improbable tormenta electromagnética, por ejemplo, me pregunto quienes serían los primeros en regresar a la Edad de Piedra.