Si votar sirviera de algo…

…no nos dejarían hacerlo.

Mark Twain

Hoy como cada cuatro años, tenemos elecciones regionales en este platanal. Aquí, en su capital, se va a elegir al sucesor del responsable de que ésta siga siendo, entre otras cosas, la ciudad grande del hemisferio occidental sin un metro o un sistema de transporte masivo decente. Es fácil quejarse de que como ciudadanos no tenemos la ciudad o el país que queremos, pero cuando se revisa cómo está hecho el sistema actual de participación ciudadana, es más fácil entender por qué tenemos el país que nos merecemos.

Se ha dicho mucho acerca de los defectos de la democracia, principalmente que no es más que la tiranía de la mayoría, y sobre todo, de una mayoría embrutecida y que sólo cuenta como una masa -la llamada oclocracia-. Se ha dicho también que aquí la gente vende su voto por un tamal, o que el voto de un ciudadano preparado vale lo mismo que el de un imbécil. Y es una obviedad señalar que un sistema que no produce siquiera seres humanos decentes, no va a generar buenos ciudadanos. Y una sociedad incapaz de engendrar buenos ciudadanos, no va a producir buenos políticos.

Así que en vez de repasar lo obvio, quiero compartir un par de videos acerca de lo que entendemos y lo que era originalmente el concepto de democracia, antes de hacer algunas reflexiones más:

Lo peor que le pudo pasar a la mal llamada democracia es la polarización entre ideologías. La dichosa división entre izquierda y derecha, que a la hora de votar demuestra que para quienes tienen el poder, la opinión del votante importa un bledo. Ejemplos. Colombia, gobernada por la derecha, le pregunta al pueblo en plebiscito: ¿está de acuerdo con el proceso de paz con las Farc? El pueblo (poco más de la mitad) dice “no”. ¿Qué hace el gobierno? Aprobar lo contrario por decreto.

El ejemplo contrario: Bolivia, gobernada por la izquierda, le pregunta al pueblo en referéndum: “¿está de acuerdo con la reelección continua (por dos veces) del presidente? El pueblo (poco más de la mitad) dice “no”. ¿Qué hace el gobierno? En este caso, buscar un fallo judicial bajo pretexto de “violación del derecho humano” a ser elegido. Lo dicho, por lo visto votar significa ceder el poder para que quienes ya lo tienen crean que es un cheque en blanco, pero con la intención de hacerle creer al votante que tiene derecho a elegir. Elegir entre izquierda o derecha, por cuál costado quiere ser atropellado por quienes ya están en el poder.

Por lo mal que funciona la votocracia, las únicas expresiones tangibles del descontento -que no de la voluntad- popular, y por muy traumáticas que resulten, son las manifestaciones. Las más recientes en Chile, Barcelona, Ecuador, Bolivia, o las de cada jueves en Bogotá, son el único medio que tiene verdaderamente el pueblo para recordarle a sus políticos los límites del voto. Marchas, boicots, huelgas, parecen ser medios más eficientes para demostrar el alcance del poder popular. Pero ¿el voto? El voto es un favor, una ilusión del establishment para que el pueblo crea que tiene derecho a elegir, y para más dolor es un deber. El deber de votar -así sea en blanco- para tener derecho a exigir, dicen. Aunque para efectos prácticos no haga la diferencia, y votar sólo sirva para elegir a quién culpar por las decisiones de un pueblo que no sabe votar.

Mundo de tercera: “Que la burocracia los mate a todos”

Una nueva entrega más de mis razones para estar decepcionado del género humano, en particular del Homo colombianensis.

Metro de Bogotá. No es suficiente con vivir en la ciudad más grande del continente sin metro (o un sistema de transporte masivo acorde al tamaño de la ciudad), que además tiene el precio del pasaje más alto de Latinoamérica (de transporte masivo, en proporción al salario mínimo), y que además es la ciudad con más trancones del mundo. No es suficiente con haber elegido dos veces a un alcalde que en comparación con sus predecesores, fue bueno, pero que al hundir la posibilidad de una solución definitiva al problema del transporte público de Bogotá se convirtió en el peor de la historia.

Y no es suficiente porque al parecer la única forma de avanzar (o de huir hacia adelante, que no es lo mismo), es continuar con el legado del mejor vendedor de buses del mundo. Si hubo un proyecto de metro para Bogotá, subterráneo, que costó 120.000 millones de pesos en estudios y que se había dejado en fase de “ingeniería básica avanzada” (o “listo para construir” según la oposición), ahora resulta que en esta época de elecciones para alcalde, todos los candidatos han señalado que, por muchos peros que tenga un proyecto de “metro”, elevado, con menos kilómetros que el subterráneo pero más caro, y al parecer sin estudios de factibilidad, es mejor llevarlo a cabo que perder más tiempo en estudios. El problema es que los estudios contratados en las anteriores administraciones (ocho de esos “12 años de izquierda” a los que el alcalde Peñalosa culpa de lo que sigue sin funcionar en Bogotá) nunca fueron totalmente claros, y no se sabe a ciencia cierta hasta dónde se avanzó.

A punta de creer que hay que “construir sobre lo construido” (¿lo construido por quién?), la gente está tan harta que prefiere que se haga algo aunque sea malo y luego se cuadran las cargas, y aunque sea tan malo que debería construirse en cartón piedra sólo para ver a escala real el adefesio que es la propuesta de Peñalosa. Un metro inviable y una propuesta en la que Transmilenio siga siendo la única opción de movilidad en Bogotá, aunque la gente también esté tan harta que siga prefiriendo el automóvil particular. Pero la gente que no conoce la avenida Caracas y quiere eso mismo por la Séptima, también vota. Por eso he optado desde hace tiempo por la opción de la bicicleta, lo que nos lleva al siguiente punto.

Bicicletas. No es una moda ni una invocación al niño interior. La bicicleta en esta ciudad es para muchos la mejor alternativa al transporte público. Sin embargo hay que saber elegir, y para no dar nombres digamos que el aparato fue una buena elección (una eléctrica usada) pero el servicio técnico es muy, muy malo. Creo que ya quitaron eso de “todo en un solo lugar”, porque eso es justamente el problema: hay que atravesar la ciudad para ir al único punto de la ciudad donde hacen mantenimiento de su propia marca (aunque hay otros talleres que arreglan estas bicicletas). Chévere el ambiente pseudoneohipster, el #bikeconcept y el prestigio de la marca, pero no los precios, la lista de espera de un mes para cambiar un aro, o tener que recordarles que para pedalear en una bicicleta las bielas deben estar opuestas, no formando ángulo.

Si me preguntan, diría que la mejor opción es comprar una bicicleta de llanta grande (rin 26, para las trochas de calles, andenes o ciclorrutas) y convertirla en bicicleta eléctrica. Sale por algo más de la mitad del precio de una eléctrica nueva de rueda pequeña (rin 16 o 20). Más adelante espero hacer una buena reseña de la adaptación de mi última compra.

En esta autoproclamada “capital mundial de la bicicleta” no quedaba bien presumir de los kilómetros de ciclorrutas construidos sin tener en cuenta su estado. Por eso me alegro de que al menos la denuncia del hundimiento de la calzada de la ciclorruta de la avenida Suba con calle 122 se atendió rápido:

Dendrofobia. Hablando del empleado del año de Volvo, el alcalde de Bogotá parece sufrir de una dendrofobia selectiva. Significa fobia a los árboles. O por lo menos parece tener una manía por reemplazar árboles por canchas sintéticas, y justificar la tala de árboles como si Bogotá tuviera un exceso de éstos, así como de zonas verdes naturales. Y encima, tras hacer talas a las tres de la mañana y delegando la concertación con la comunidad en el ESMAD, se hace ahora la víctima. Lo que quería responderle es que nadie lo acusaría de arboricida por talar un árbol que se cayó en el parque del Virrey, sino que lo acusarían de talar árboles sólo donde puede hacer canchas sintéticas, y de descuidar los demás. Pero bueno, ahí queda la idea:

Estafas y telemercadeo. RMI Latam es una empresa dedicada a la estafa por telemercadeo, o algo por el estilo. Parece ser parte de una red de distribuidores de servicios y descuentos que en realidad son el pretexto para engañar a la gente: llaman a la víctima diciéndole que como premio al buen manejo de su tarjeta de crédito le ofrecen el beneficio de posibilidad de eliminar el cobro de la cuota de manejo, siempre que uno adquiera un paquete de “beneficios” por un costo de $520.000 diferido a 36 cuotas, después de lo cual “usted ya no va a tener que pagar nunca la cuota de manejo de su tarjeta”.

Obviamente los únicos que podrían otorgar ese beneficio son los bancos, pero sorprende la cantidad de información que estas alimañas tienen de la gente, que creen que al tenerla son parte del sistema bancario y acceden a darles el resto de la información, aunque sólo tengan una parte con la que no podrían hacer nada. Por supuesto llegué a caer en parte del juego, pero de un modo tal que la “asesora comercial” quedara iniciada. Ellos también acceden a dar parte de su información, y esta es la que dan: Katherine Beltrán, teléfono 4320212, celular 3017187731, calle 60 N° 9-83 Of 213.

Aunque sean muchas las denuncias, sorprende también que estas escorias sigan operando impunemente, pues en todo caso pueden demostrar que la víctima ha dado su consentimiento. Pero sobre todo revela un pobre manejo de la protección de datos que hace el sistema financiero.

Burocracia. Cuando a Sigmund Freud se le permitió salir de Austria en 1938, se le hizo firmar una declaración en la que debía afirmar que ni él ni su familia habían sido maltratados por el régimen nazi. Queriendo decir la última palabra, Freud la finalizó con una frase irónica: “De todo corazón, recomiendo la Gestapo a todos”.

La burocracia es definida como “conjunto de actividades y trámites que hay que seguir para resolver un asunto de carácter administrativo“. Yo había planteado, parafraseando a Clarke, que “toda forma ineficiente y estúpida de hacer las cosas lo suficientemente organizada es indistinguible de la burocracia”, pero encontré una definición mejor:

Ya es bastante que una actividad como la Arquitectura, una de las Bellas Artes, un campo de expresión del diseño y la creatividad, termine metida en el pantano de la burocracia por cuenta de unos arquitectos envenenados con la tinta de los sellos, convertidos en tinterillos y llamados curadores urbanos. Ya es bastante que cuando la policía hace su trabajo de capturar a los delincuentes, se ve saboteada por la burocracia judicial que obliga a liberar a los detenidos por “procedimiento ilegal”. Ya es bastante que haya que hacer filas y pedir turnos para todo, y que todo termine afectado por el “síndrome de banco”: cinco puestos de atención y sólo uno atendiendo a la gente como hace veinte años (hola, Grupo Aval, ya existen los digiturnos).

Pero sobre todo, es indignante y repugnante que la burocracia sea lo que termine degradando e incluso matando a la gente. Sobre todo a la gente que no tiene por qué pasar por estas cosas. No voy a dar detalles, pero ya han pasado dos años de la muerte de un familiar cercano, por causa del cáncer, que por cuenta de la burocracia tuvo que pasar una noche en una estación de policía, estando a varias semanas de iniciar una nueva sesión de quimioterapia, por cuenta de un error burocrático de la fiscalía, de la falta de criterio de la policía, y de que al ser domingo había que esperar al lunes para que abrieran los juzgados.

Dicen que cada quién merece su suerte, que no existe tal cosa como la injusticia, que nadie carga una cruz más pesada que la que puede llevar, y que todos pasamos por lo que debemos pasar. Pero también dicen que todo lo que hacemos tiene consecuencias, y que las malas acciones crean deudas que se tienen que pagar. Luego de recordar esto, y de haber comprobado en persona la incompetencia de la burocracia armada y uniformada, no me queda más que desear no sólo que paguen por sus actos, sino que su redención dependa de un sello faltante o de una fotocopia mal sacada. Antes de que la vida me permita salir de esta ciudad, de este país o de este mundo, quiero hacer una declaración, extendida a todos los enemigos de mi paz.

De todo corazón, deseo que la burocracia los mate a todos.

Apostando por la bicicleta

La otrora casa familiar se vendió, la familia disfuncional se disolvió, y desde hace casi un mes ha comenzado para mí una nueva etapa en la cual estoy completamente por mi cuenta en este mundo. Sin vínculos directos de ninguna índole -y ni para un remedio- con parientes o inquilinos. El primer paso fue trasladarme del centro-sur al noroccidente de la ciudad, en ese popurrí de estratos llamado Suba. No ha sido el templo del silencio que esperaba, pero tampoco está tan mal; es bueno saber que se puede tener vecinos medianamente decentes aunque sea porque los obliga un reglamento de propiedad horizontal. Y en teoría, vivir en el mismo punto cardinal del sitio de trabajo debería tener sus ventajas en materia de transporte, pero gracias al caótico Transmilenio, no ha sido eficiente -como nunca lo ha sido- moverse por la ciudad sólo a través del inacabado transporte público de Bogotá.

Una de esas opciones parece ser el SITP, y no el eternamente provisional reemplazo de las viejas busetas, sino el integrado con Transmilenio. La otra opción parece ser la bicicleta. Esa opción tan descuidada en los últimos años en una ciudad necesitada de opciones de movilidad, en la cual los defensores a ultranza de Transmilenio recuerdan que en sus primeros años logró desincentivar el uso del automóvil particular, olvidando que ahora demostró quedarse corto para una ciudad como Bogotá. Tan corto se quedó que para muchos es preferible volver al carro, comprarse otro para evadir el pico y placa, y para los demás, quienes no pueden permitirse el carro, la moto o el trasteo, definitivamente la mejor opción, sobre todo por precio, es apostar por la bicicleta.

 Mapa basado en datos de http://mejorenbici.com bajo licencia Creative Commons [http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0/]

En términos generales, y gracias a la transformación de la infraestructura urbana a comienzos de este siglo, Bogotá ha desarrollado una buena red de ciclorutas, al punto de ser -según estudios- la mejor ciudad de América Latina para los ciclistas. Y ya había conocido hace años el testimonio de blogueros-ciclistas urbanos que defendían desde siempre las ventajas de la bicicleta, a pesar del mal estado (y mal diseño) de las ciclorutas, de la inseguridad, pero sobre todo, de la falta de civismo de peatones, conductores y motociclistas. Y es justamente porque los ciclistas se masifican y hacen presencia en esas calzadas sobre los andenes -en una ciudad cuyos habitantes siguen sin saber para qué son los pasos de cebra-, que me estoy animando a intentar el paso a la bicicleta como opción de movilidad.

Y como sólo he sido ciclista esporádico de ciclovía que hace unos seis años metió la “bmx” al sanalejo (y la regaló hace un año), decidí apostarle a una bicicleta eléctrica (de segunda mano, con cambios y plegable para subirla por el ascensor), para verificar si es una alternativa al transporte público en Bogotá. En los porrazos del viaje inaugural -en los que descubrí que sí es posible olvidar montar en bicicleta-, vi que con compensar los treinta minutos de espera por viaje para embutirme por succión a un bus repleto de Transmilenio, me daría por bien servido (es increíble que estando a dos estaciones de un portal, lo más práctico sea quedarse en el bus y esperar media hora a que dé la vuelta y haga la ruta contraria, en vez de pelearse a codazos para entrar en un bus rellenado al vacío).

Hacen falta más viajes de prueba, así como accesorios, espejos, pito y direccionales -esas que los ████ conductores no saben usar- y otras vueltas, pero creo que en medio de tanto debate, de si metro elevado o subterráneo, de si tranvía o no tranvía, una opción barata, masiva, inmediata y útil es la de apostarle más a las ciclorutas y los bicicarriles de Bogotá. La única caja de mi mudanza que no he abierto aún es la de unos libros, y sé que en alguno dice que no hay viajero más eficiente en la naturaleza que un ciclista con una bicicleta adecuada a su tamaño y peso. Más allá de modas o hipsteradas varias, estoy seguro de que poder moverse en bicicleta con plena seguridad en ciudades como Bogotá no sólo es la forma más eficiente, sino también la más inteligente.

Mundo de tercera: plagios en la web, festivales y basuras

No es por falta de motivos, pero hacía mucho que no actualizaba esta sección. Lamentablemente aquí va otra entrada.

Plagios en la web. Después de publicar mi anterior artículo sobre el go, vi con preocupación que Google colocaba en primer lugar a una web de mierda llamada todoemarketing.com (no voy a generarle enlace, claro), que no sólo había copiado ese sino otros artículos de la categoría Software. Ya he dicho antes que escribo aquí sólo porque quiero, que no me interesan para nada esos conceptos de monetización y posicionamiento, pero de ahí a permitir que otros decidan copiarlos, como se deduce del nombre de la web, para sacarles cualquier tipo de provecho, es otra cosa. Esto es obviamente un gazapo de Google, que ya fue notificado de esta situación, al igual que el proveedor de hosting de la web en cuestión, que no tiene medios de contacto pero que tampoco parece un bot. A ver Google, muy bonita la inteligencia artificial, sí, pero a ver si creamos algo de sentido común artificial para estas cosas.

Festivales del ruido. El pasado sábado 10, la alcaldía local de Antonio Nariño, en el sur de Bogotá, organizó el primer Festival Río Fucha, con el supuesto fin de “crear sentido de pertenencia y exaltar el amor de los bogotanos por el Río Fucha”. Y por lo visto nada genera más conciencia ambiental que un concierto de siete horas con no sé cuantos miles de vatios de sonido en un barrio residencial. Para colmo dicen que es la primera versión, lo que significa que a menos que lo impida un recurso legal de los vecinos del parque (pues técnicamente están violando de sobra su propio código de policía), todo vecino hasta quinientos metros del área usada para el concierto creará su sentido de pertenencia y amor por el río desde ahí donde no les da el sol.

Además, la presentación de un lineup genérico de conciertos de la alcaldía (cualquier alcaldía), no terminó a las ocho como lo comunicaron, sino casi a las nueve y media. Ojalá el hecho de no haber volado ventanas no les dé licencia para permitir una nefasta seguidilla de conciertos y “festivales al parque” de cristianos, raperos, reguetoneros y demás fauna musical, en un barrio residencial que apenas ha sobrevivido a la restrepización de la zona.

Basuras y solios. Desde los años 80 se ha tenido que declarar la emergencia sanitaria en Bogotá por el tema de la recolección de basuras. Siempre que se ha cambiado de modelo de gestión, se termina en un desastre. Desde la ineficiencia de la EDIS en los ochenta, la subsecuente privatización en los noventa, la desprivatización de Petro y ahora la reprivatización de Peñalosa, cada cambio nos ha dejado la consecuente emergencia sanitaria en una ciudad en donde la gente no sabe reciclar pero en cambio sí sabe convertir cada kilogramo de productos en el doble de masa de desechos. La pobre visión hemipléjica de izquierda versus derecha, de burocratizar versus privatizar, no ha hecho más que alternar el poder entre pésimas gestiones de unos y otros en los últimos veinte años en esta ciudad.

Pero justamente, entre la pésima alcaldía de Petro y la pésima alcaldía de Peñalosa, lo que tienen en común es justamente el tema de las basuras y lo que significó su vinculación con el poder. Además, claro, de las repercusiones mediáticas, del manejo de la opinión pública, de la influencia de constructoras, grupos económicos, grupos políticos, en fin, de todo aquello que mueve a la democracia excepto la voluntad y la conciencia del pueblo (porque la democracia siempre ha sido un asunto muy serio como para dejarlo en manos del pueblo, claro está). Y esa alternancia de ilusiones y desencantos puede terminar de una manera bastante predecible. Dicho de otra forma, si Petro y su ego convirtieron a Peñalosa nuevamente en alcalde de Bogotá, Peñalosa y su ego van a convertir a Petro en presidente. A menos que quienes ya estén en el poder hayan decidido otra cosa.

P.D.: Señores de WordPress: acabo de contratar un plan básico y he cambiado el dominio de mi blog. A cambio, quiero que me expliquen una cosa: ¿por qué quitaron el botón de justificar? No sé qué tiene de bonito un artículo entero alineado a la izquierda. Siempre que quiero justificar cada párrafo, debo centrarlo, entrar a la vista de código y reescribir esta línea así: <p style=”text-align: justify;”>. ¿Podría alguien explicarme por qué?

Au revoir, Wikipedia

Poner cara de Jimmy Wales” fue una expresión popular de aquellos años en que Jimmy Wales, fundador de Wikipedia, encabezaba el mensaje anual de este sitio a sus usuarios para solicitar donaciones. Este año la Wikipedia, el proyecto de conocimiento colaborativo más grande de la historia, ya no recurre a convertir a su fundador en un meme viviente, sino a un aviso de más de media página (y una ventana flotante). Más o menos, no quieren tener publicidad ni molestar a los usuarios con banners, pero terminan recurriendo a éstos para poder financiarse. Una muestra de cómo un proyecto interesante termina estrellándose contra la naturaleza humana.

jimmy-wales-wikipedia-money-donations
Jimmy Wales, poniendo cara de Jimmy Wales.

Personalmente, he decidido no sólo abstenerme de donar a Wikipedia, sino dejar de usarla. No sólo hay otras opciones (y no, ni la Metapedia ni la Inciclopedia lo son), sino que mi paciencia terminó ante los muchos defectos que se le pueden señalar. Empezando por el meollo del asunto, el tema monetario. Wikipedia es el mayor ejemplo del concepto wiki, de trabajo colaborativo y comunitario, pero también es considerada por algunos como una forma de explotación del trabajo voluntario. Y desde hace mucho se ha cuestionado desde el uso que Wikipedia ha hecho de sus donaciones hasta el alarmismo que ha generado ante una posible desaparición.

Otro punto es su objetivo, ser una enciclopedia. Es cierto que puede haber discrepancias acerca de qué puede ser considerado conocimiento objetivo, pero el concepto wiki hace que si Wikipedia es escrita por sus usuarios, entonces consultar en ella equivale a preguntarle a la gente qué sabe al respecto. Y ese es su mayor problema: que Wikipedia puede ser escrita por cualquiera, sepa o no del asunto. Y no es muy claro qué hace la diferencia entre recurrir a una “fuente fiable” y caer en la falacia de autoridad.

Esto genera a su vez otro defecto grave: la presunta “libertad de edición” termina chocando con los usuarios que son prácticamente dueños de ciertos artículos, o los señalados casos de censura impuestos por usuarios de mayor nivel (porque al parecer no puede haber igualdad sin jerarquía), sobre todo cuando se tratan temas polémicos (Palestina, Cuba, el “Ché”, etc.) debatidos en discusiones que superan por mucho la longitud de los artículos.

He dicho que la web en sí misma ya reúne todo el conocimiento que la humanidad ha querido compartir, y que Wikipedia es sólo una parte de él. Y otro de los defectos en que cae Wikipedia es crear un círculo vicioso: usar como fuentes y referencias otros sitios en la web, que a su vez usan a Wikipedia como fuente, más cuando esos sitios suelen ser blogs (porque en la Wiki en español nadie parece entender la diferencia entre referencias y enlaces externos). Sí, Wikipedia puede ser muy útil para los estudiantes, pero termina recurriendo en el mejor de los casos a fuentes escritas por autores de conocimiento mucho más avanzado (científicos, por ejemplo). Porque la calidad de un artículo en Wikipedia suele ser inversamente proporcional al dominio que tenga el público en general sobre el tema; por eso es común que los artículos sobre series de televisión sean más largos que muchos artículos científicos, o que las secciones más largas de otros artículos sean las de “Curiosidades” o “En la cultura popular”.

Son muchos otros defectos de Wikipedia que se han señalado desde hace mucho y que no parecen haber cambiado: Wikipedia como vitrina de las pseudociencias, la mala calidad de la versión en español (que algunos achacan a que es la versión de España, editada sin permiso por los latinoamericanos), la ausencia de democracia contra el hecho de que la verdad no es democrática, entre otros. Lo único cierto es que ya no soy estudiante, y cuando necesito saber algo realmente complejo sé que no sólo no lo voy a encontrar en Wikipedia, sino que va a ser más fácil encontrarlo yendo directamente a sus fuentes fiables.

Ya me cansé de lidiar con el hecho de que ser usuario registrado (o incluso «bibliotecario») no equivale a tener criterio, y que (cuando no se me antojaba iniciar sesión), ser usuario anónimo no significa ser vándalo. Fue la triste visión de pasar los viernes por la tarde metido en guerras de ediciones con dueños de ciertos artículos, la epifanía definitiva para hacer honor a mi etiqueta de usuario retirado en Wikipedia. Razón por la cual, por mucha cara de Jimmy Wales que me pongan, no verán un solo centavo de mi parte.

Colombia y el dilema del tranvía

En términos simples, el dilema del tranvía es un experimento ético que ha sido enunciado de muchas formas, pero en resumen consiste en lo siguiente:

Un tranvía corre a toda velocidad hacia una bifurcación. El conductor no puede detenerlo, sólo puede elegir a qué lado va a continuar. Si continúa su rumbo, matará a cinco personas atadas a los rieles. Si elige la alternativa, matará a una persona atada a la vía. ¿Qué decisión debe tomar el conductor, sabiendo que matará al menos a una persona?

Antes de continuar, un video que se hizo muy popular en estos días muestra cómo reaccionaría uno de esos conejillos de Indias de la naturalidad de la ética llamados niños:

Más o menos es la situación en la cual se encuentra el pueblo de Colombia en medio del proceso de paz con las FARC. Acaba de firmarse un acuerdo entre ese grupo guerrillero y el gobierno nacional, que debe ser ratificado por el pueblo mediante plebiscito, mediante una tendenciosa pregunta de Sí o No (¿quién en su sano juicio diría No a la paz?). Esas son las dos opciones de un dilema del tranvía nacional, que ya han dividido a la opinión pública y que para unos u otros, no va a dejar de tener consecuencias.

De entrada, lo que se va a ratificar es una negociación con las FARC, no “la paz de Colombia” o el fin de una “guerra fratricida”, como han pintado lo que no ha sido más que una lucha entre una oligarquía corrupta incapaz de asumir el monopolio de las armas, y una guerrilla terrorista convertida en mafia del narcotráfico, en la cual quien pone los muertos siempre es el pueblo. Así como en el dilema de marras, la visión pragmática de “mejor que muera uno a que mueran cinco” se ha visto reducida a lo que ha dicho hasta el propio presidente Santos: mejor un mal arreglo que un buen pleito.

En nuestra versión del dilema, se supone que los colombianos deben elegir si ratifican este acuerdo o no. Por un lado, según los defensores del No, está la impunidad a los autores de crímenes de lesa humanidad, los privilegios políticos, la falta de claridad sobre los fondos del narcotráfico, Venezuela como ejemplo a seguir y demás panoramas dantescos. Por el otro, los defensores del Sí aclaran que si gana el No, se acaba el proceso, las FARC se rearman y la “guerra fratricida” continuará; sobre todo, con un poco de razones ad hominem, dicen que el mejor argumento a favor del Sí es ver quiénes defienden el No.

Yo he dicho antes que en Colombia va a ser imposible obtener una verdadera paz, por eso y por otras razones no me interesa votar. La llamada paz con las FARC no va a ser la paz de Colombia, como no lo fue con el M-19, por ejemplo; falta aún el ELN, los paramilitares disfrazados de bandas criminales, las mafias del narcotráfico y la delincuencia común, suponiendo que no se desmovilicen unos sólo para que ingresen otros:

Lo más probable, con todos los recursos que tiene a su favor (y que ha usado) el gobierno y toda la propaganda del buenismo, es que gane el Sí. Pero eso no obliga a llamar paz a la claudicación mutua de unos en imponer la justicia y el estado de derecho, y de otros de buscar el poder o forzar al Estado a respetar sus causas sociales (si las tuvieron). Sí, está bien que no haya más muertos, más secuestros, más cilindros, bombas, extorsiones ni otras “formas de lucha”, como tampoco que no haya más falsos positivos, terrorismo de estado o uniformados muertos que nunca fueron vecinos del parque de la 93.

Lo que no está bien es llamar paz a simplemente dejar de ver atentados o muertos en el monte. O hacer más apología de la redención, con curules directas, “penas alternativas” y otras demostraciones de que el delito en este país sí paga. Si por paz se entiende el respeto al derecho ajeno (y también el respeto al derecho), vamos a tener que esperar sentados. Porque al igual que en el dilema original, si la solución fuera simplemente la que menos muertos cause, no sería un dilema. Y ahora resulta que estamos en un tranvía que debe elegir entre impunidad y muertos, por cuenta de la incapacidad de imponer un verdadero Estado de derecho. Qué dilema.

  • P.S.: no han pasado 24 horas desde la firma de “la paz” y ya hay un primer punto de discordia: las FARC no se desmovilizan hasta que les firmen amnistía e indulto. Lo que se sabía desde el primer día.
  • Alias “Timochenko” ofreció perdón en lugar de pedir perdón por los crímenes de las FARC. ¿La gramática como declaración de intenciones?
  • Contra todo pronóstico, ganó el No, por poco más de 60.000 votos. Nadie sabe lo que va a pasar ahora; la hipótesis inicial es que las FARC se devuelven al monte y el proceso se acaba. Quien dijo que la democracia es sólo la “tiranía de las mayorías” no pensó que menos del 3% también hace una mayoría.

Los embajadores de la India

Una de las piezas más memorables de la idiosincracia nacional es una película de 1987 llamada “El Embajador de la India“, que narra la historia real de un avivato que se hizo pasar por el embajador de ese país durante varios días en 1962, explotando hábilmente la curiosidad por lo exótico y el servilismo ante lo extranjero, tan propios de los paisanos de la Colombia profunda. Si este hubiese sido el único caso en esta orilla del mundo, no pasaría de ser una anécdota; pero lo cierto es que cada año esta región llamada Occidente se inunda de una clase especial de embajadores de la India y su misticismo, que en el fondo no son más especiales que usted, yo o cualquiera.

No es tanto esa reverencia hacia lo extranjero que ha obligado a más de uno (incluso a nuestra policía de inmigración) a aprender que Nigeria es una república, sino la que obliga a ver que la India no es la tierra de la armonía y la paz espiritual. Aunque eso quieran vendernos, literalmente: la India es la sede de verdaderas multinacionales del yoga, la vida sana, la meditación y la paz interior, como si aquel país no fuera un gigante cliché de enfermedad, pobreza e idolatría de las vacas. El mismo país donde existe una pobreza causada por un sistema de castas y a su vez basada en un sistema de creencias (el hinduismo).

Desde el auge del movimiento hippie, y desde cuando los Beatles conocieron al Maharishi, la India además de incienso, exporta gurúes, santones y faquires, nacidos del afán de paz espiritual de los occidentales perdidos en el mundo material, y no tanto de que le sobre armonía y abundancia a los 1.200 millones de indios (casi la mitad de los cuales no han superado la pobreza). Dicen que “si los libros de autoayuda sirvieran, se habría escrito sólo uno”; y si aquello que nos quieren vender como la fuente de la felicidad sirviera, la India, con sus 500 millones de pobres, sería el país más feliz del mundo.

Repasando la lista de los nuevos embajadores de la India, se encuentran nombres como Sai Baba, acusado de burda prestidigitación cuando no de homicidio o delitos sexuales; Osho, que salía a pasear por las mañanas en Rolls Royces, Prem Rawat, quien pasó de gurú besado en los pies a vestir traje y corbata, el mismo Maharishi que usó y luego desilusionó a los Beatles, o el siempre entrañable Deepak Chopra, el físico cuántico sin licencia más famoso del mundo. Todos directores de negocios millonarios, conferencistas y autores de best-sellers, enriquecidos por el fracaso de la tradición judeocristiana como única vía conocida por Occidente hacia la realización espiritual* del ser humano.

Cada región donde exista una cultura ancestral le ha disputado a la India el monopolio de la sabiduría espiritual. Por cierto, la gran mayoría de información ecuánime en la web sobre este asunto está en inglés. En español, desde la Wikipedia hasta una sarta de blogs personales, son casi todo apología escrita por gente que sólo sabe decir “namasté” como si el sánscrito fuera una lengua cooficial. Sólo los blogs escépticos o los documentales sobre las sectas ofrecen una visión objetiva, que termina desmitificando a los iluminados que sólo son superiores al resto de los mortales en el tamaño de su cuenta corriente.

* Esta opinión de que cada secta es un fracaso del judeocristianismo en ofrecer respuestas reales y concretas ante la inquietud espiritual occidental, fue un comentario en el video sobre las sectas, subido por una organización católica, y que, oh sorpresa, fue borrado. Sin derecho de réplica, obviamente. Cuestionar el monopolio de la iglesia católica sobre la moral y la ética seguro fue lo suficientemente ofensivo.

No me interesa el escepticismo absoluto sobre el tema de la realización espiritual, pues equivaldría a aceptar que el ser humano es sólo un costal de órganos y hormonas, y que la vida es un acto puramente biológico entre dos respiraciones: la primera y la última. Sin embargo, sigue siendo necesaria la evidencia para aceptar que es posible una vida mejor ligada a una realidad superior, aunque sea algo que sólo se pueda comprobar en primera persona. Y de todos estos embajadores de la India modernos sólo es posible aprender dos cosas: que nadie va a encontrar afuera lo que debe buscar dentro de sí, y que nadie va a aprender nada siguiendo a quienes no son un ejemplo viviente de su propia enseñanza.