Crónicas de una cuarentena (¿I?)

No sé cómo va a terminar esto. Desde que compré mi apartamento siempre tuve la idea de que en algún momento iba a tener que pasar una especie de arresto domiciliario, porque en estos seis meses que llevo viviendo aquí, ha pasado de todo. Desde un paro nacional con amenazas de caos y anarquía colectiva, hasta una pandemia nunca vista en la historia de la humanidad. Hoy es el décimo día de confinamiento entre simulacro de aislamiento y cuarentena obligatoria, y todo parece indicar que los quince días que quedan no van a ser suficientes. Así que habrá que prepararse para pasar quién sabe cuánto tiempo más y replantear nuestra existencia como especie, si es que el nivel al que se ha llegado con la contaminación ambiental o el cambio climático no han sido suficientes.

La lucha personal y colectiva por nuestra supervivencia se ha reducido a una lucha contra nuestra estupidez. La estupidez consagrada no sólo como modo habitual de vida, sino como forma de organización social. Bienvenidos a la Idiocracia. Un ejemplo casi caricaturesco es la estupidez de un helicóptero de la Fuerza Aérea luchando con su propio ruido para enviar un mensaje sobre el coronavirus por megáfono. Esa es la gente que nos gobierna, un reflejo de la gente que los elije. Y lo malo es que no es sólo la estupidez de la gente lo que va a contribuir a matarnos como especie. También está la inconsciencia y el egoísmo.

En esta situación de cuarentena la medida más efectiva para reducir los contagios ha sido, obviamente, el distanciamiento social. Sin embargo hay gente que vive en mundos personales donde creen que lo obligatorio no es mantener la cuarentena, sino comportarse de la forma más estúpida posible. No sólo sigue habiendo runners que salen a trotar (y por las ciclorrutas, pero eso es otro tema), sino animales, recuas parlantes que escupen al suelo y tosen o estornudan a todo pulmón. En un edificio cercano han colocado una pancarta para que todos la lean, que dice algo como: “Hazlo por Colombia #QuédateEnCasa”. Cuando se le reclama a un imbécil por estornudar con la jeta abierta y se ofende, piensa uno: ¿en serio creen que me confino por esos hijos de puta? No lo hago por la patria, ni siquiera por los que merecen morir como carne de pandemia. Lo hago por mí.