Mundo de tercera: “Que la burocracia los mate a todos”

Una nueva entrega más de mis razones para estar decepcionado del género humano, en particular del Homo colombianensis.

Metro de Bogotá. No es suficiente con vivir en la ciudad más grande del continente sin metro (o un sistema de transporte masivo acorde al tamaño de la ciudad), que además tiene el precio del pasaje más alto de Latinoamérica (de transporte masivo, en proporción al salario mínimo), y que además es la ciudad con más trancones del mundo. No es suficiente con haber elegido dos veces a un alcalde que en comparación con sus predecesores, fue bueno, pero que al hundir la posibilidad de una solución definitiva al problema del transporte público de Bogotá se convirtió en el peor de la historia.

Y no es suficiente porque al parecer la única forma de avanzar (o de huir hacia adelante, que no es lo mismo), es continuar con el legado del mejor vendedor de buses del mundo. Si hubo un proyecto de metro para Bogotá, subterráneo, que costó 120.000 millones de pesos en estudios y que se había dejado en fase de “ingeniería básica avanzada” (o “listo para construir” según la oposición), ahora resulta que en esta época de elecciones para alcalde, todos los candidatos han señalado que, por muchos peros que tenga un proyecto de “metro”, elevado, con menos kilómetros que el subterráneo pero más caro, y al parecer sin estudios de factibilidad, es mejor llevarlo a cabo que perder más tiempo en estudios. El problema es que los estudios contratados en las anteriores administraciones (ocho de esos “12 años de izquierda” a los que el alcalde Peñalosa culpa de lo que sigue sin funcionar en Bogotá) nunca fueron totalmente claros, y no se sabe a ciencia cierta hasta dónde se avanzó.

A punta de creer que hay que “construir sobre lo construido” (¿lo construido por quién?), la gente está tan harta que prefiere que se haga algo aunque sea malo y luego se cuadran las cargas, y aunque sea tan malo que debería construirse en cartón piedra sólo para ver a escala real el adefesio que es la propuesta de Peñalosa. Un metro inviable y una propuesta en la que Transmilenio siga siendo la única opción de movilidad en Bogotá, aunque la gente también esté tan harta que siga prefiriendo el automóvil particular. Pero la gente que no conoce la avenida Caracas y quiere eso mismo por la Séptima, también vota. Por eso he optado desde hace tiempo por la opción de la bicicleta, lo que nos lleva al siguiente punto.

Bicicletas. No es una moda ni una invocación al niño interior. La bicicleta en esta ciudad es para muchos la mejor alternativa al transporte público. Sin embargo hay que saber elegir, y para no dar nombres digamos que el aparato fue una buena elección (una eléctrica usada) pero el servicio técnico es muy, muy malo. Creo que ya quitaron eso de “todo en un solo lugar”, porque eso es justamente el problema: hay que atravesar la ciudad para ir al único punto de la ciudad donde hacen mantenimiento de su propia marca (aunque hay otros talleres que arreglan estas bicicletas). Chévere el ambiente pseudoneohipster, el #bikeconcept y el prestigio de la marca, pero no los precios, la lista de espera de un mes para cambiar un aro, o tener que recordarles que para pedalear en una bicicleta las bielas deben estar opuestas, no formando ángulo.

Si me preguntan, diría que la mejor opción es comprar una bicicleta de llanta grande (rin 26, para las trochas de calles, andenes o ciclorrutas) y convertirla en bicicleta eléctrica. Sale por algo más de la mitad del precio de una eléctrica nueva de rueda pequeña (rin 16 o 20). Más adelante espero hacer una buena reseña de la adaptación de mi última compra.

En esta autoproclamada “capital mundial de la bicicleta” no quedaba bien presumir de los kilómetros de ciclorrutas construidos sin tener en cuenta su estado. Por eso me alegro de que al menos la denuncia del hundimiento de la calzada de la ciclorruta de la avenida Suba con calle 122 se atendió rápido:

Dendrofobia. Hablando del empleado del año de Volvo, el alcalde de Bogotá parece sufrir de una dendrofobia selectiva. Significa fobia a los árboles. O por lo menos parece tener una manía por reemplazar árboles por canchas sintéticas, y justificar la tala de árboles como si Bogotá tuviera un exceso de éstos, así como de zonas verdes naturales. Y encima, tras hacer talas a las tres de la mañana y delegando la concertación con la comunidad en el ESMAD, se hace ahora la víctima. Lo que quería responderle es que nadie lo acusaría de arboricida por talar un árbol que se cayó en el parque del Virrey, sino que lo acusarían de talar árboles sólo donde puede hacer canchas sintéticas, y de descuidar los demás. Pero bueno, ahí queda la idea:

Estafas y telemercadeo. RMI Latam es una empresa dedicada a la estafa por telemercadeo, o algo por el estilo. Parece ser parte de una red de distribuidores de servicios y descuentos que en realidad son el pretexto para engañar a la gente: llaman a la víctima diciéndole que como premio al buen manejo de su tarjeta de crédito le ofrecen el beneficio de posibilidad de eliminar el cobro de la cuota de manejo, siempre que uno adquiera un paquete de “beneficios” por un costo de $520.000 diferido a 36 cuotas, después de lo cual “usted ya no va a tener que pagar nunca la cuota de manejo de su tarjeta”.

Obviamente los únicos que podrían otorgar ese beneficio son los bancos, pero sorprende la cantidad de información que estas alimañas tienen de la gente, que creen que al tenerla son parte del sistema bancario y acceden a darles el resto de la información, aunque sólo tengan una parte con la que no podrían hacer nada. Por supuesto llegué a caer en parte del juego, pero de un modo tal que la “asesora comercial” quedara iniciada. Ellos también acceden a dar parte de su información, y esta es la que dan: Katherine Beltrán, teléfono 4320212, celular 3017187731, calle 60 N° 9-83 Of 213.

Aunque sean muchas las denuncias, sorprende también que estas escorias sigan operando impunemente, pues en todo caso pueden demostrar que la víctima ha dado su consentimiento. Pero sobre todo revela un pobre manejo de la protección de datos que hace el sistema financiero.

Burocracia. Cuando a Sigmund Freud se le permitió salir de Austria en 1938, se le hizo firmar una declaración en la que debía afirmar que ni él ni su familia habían sido maltratados por el régimen nazi. Queriendo decir la última palabra, Freud la finalizó con una frase irónica: “De todo corazón, recomiendo la Gestapo a todos”.

La burocracia es definida como “conjunto de actividades y trámites que hay que seguir para resolver un asunto de carácter administrativo“. Yo había planteado, parafraseando a Clarke, que “toda forma ineficiente y estúpida de hacer las cosas lo suficientemente organizada es indistinguible de la burocracia”, pero encontré una definición mejor:

Ya es bastante que una actividad como la Arquitectura, una de las Bellas Artes, un campo de expresión del diseño y la creatividad, termine metida en el pantano de la burocracia por cuenta de unos arquitectos envenenados con la tinta de los sellos, convertidos en tinterillos y llamados curadores urbanos. Ya es bastante que cuando la policía hace su trabajo de capturar a los delincuentes, se ve saboteada por la burocracia judicial que obliga a liberar a los detenidos por “procedimiento ilegal”. Ya es bastante que haya que hacer filas y pedir turnos para todo, y que todo termine afectado por el “síndrome de banco”: cinco puestos de atención y sólo uno atendiendo a la gente como hace veinte años (hola, Grupo Aval, ya existen los digiturnos).

Pero sobre todo, es indignante y repugnante que la burocracia sea lo que termine degradando e incluso matando a la gente. Sobre todo a la gente que no tiene por qué pasar por estas cosas. No voy a dar detalles, pero ya han pasado dos años de la muerte de un familiar cercano, por causa del cáncer, que por cuenta de la burocracia tuvo que pasar una noche en una estación de policía, estando a varias semanas de iniciar una nueva sesión de quimioterapia, por cuenta de un error burocrático de la fiscalía, de la falta de criterio de la policía, y de que al ser domingo había que esperar al lunes para que abrieran los juzgados.

Dicen que cada quién merece su suerte, que no existe tal cosa como la injusticia, que nadie carga una cruz más pesada que la que puede llevar, y que todos pasamos por lo que debemos pasar. Pero también dicen que todo lo que hacemos tiene consecuencias, y que las malas acciones crean deudas que se tienen que pagar. Luego de recordar esto, y de haber comprobado en persona la incompetencia de la burocracia armada y uniformada, no me queda más que desear no sólo que paguen por sus actos, sino que su redención dependa de un sello faltante o de una fotocopia mal sacada. Antes de que la vida me permita salir de esta ciudad, de este país o de este mundo, quiero hacer una declaración, extendida a todos los enemigos de mi paz.

De todo corazón, deseo que la burocracia los mate a todos.