Aperturas incorrectas y aficionados

Muchos aficionados al ajedrez cree(mos)n que, si existe un santo grial del éxito en este juego, está en las aperturas. No sólo descuidando el necesario interés por la táctica o los finales, sino al punto de crear un repertorio de aperturas basado en celadas o aperturas extrañas, con la vana esperanza de “sorprender a tus rivales”. Por ejemplo la famosa partida de 1980 entre Anatoli Karpov y Anthony Miles, en la cual el británico sorprendió al campeón del mundo con la irregularísima defensa San Jorge: 1.e4 a6?!. Si bien Karpov perdió por desaprovechar opciones tácticas (como 19.Axh7) porque, según su rival, Karpov “no era de ese estilo”, partidas como esta han sembrado la idea de que hasta a los mejores jugadores se los puede llevar al barro sacándolos de lo que conocen y dan por cierto y bueno; es decir, la teoría.

En algún momento aprendemos que hay jugadas iniciales buenas, malas y muy malas. Por ejemplo 1.h3, la apertura Basman. Se considera mala porque aparte de violar los consejos básicos de las aperturas, estadísticamente no le ha reportado más que un 32.4% de puntos a las blancas, incluyendo a su creador, el hiperhipermoderno Michael Basman, quien la jugó 19 veces y sólo sumó dos victorias y cuatro tablas. ¿Pero qué pasa cuando casi todos esos puntos fueron contra jugadores (según el Elo) más fuertes que él? ¿Qué pasó en esas partidas?

Algunos dirán que es exceso de confianza. Que uno cree que son jugadas tan malas que es suficiente con “jugar correcto” para ganar, pero que por eso es fácil perder el sentido posicional (o cometer un error garrafal). Un ejemplo es la infame defensa Damiano: 1.e4 e5 2.Cf6 f6?!, la primera elección de muchísimos principiantes. Se nos enseña que lo mejor es continuar con 3.Cxe5, y aunque desde hace siglos se sabe que la partida se complica con 3…De7, las negras tienen algo parecido a un plan: seguir con 3…fxe5 4.Dh5 g6 5.Dxe5 De7 6.Dxh8 Cf6, con la clara idea de enrocar largo y encerrar a la dama blanca. Pues no son pocos los jugadores, sobre todo en blitz, que terminan perdiendo por caer en esa trampa.

A la izquierda, la defensa Damiano tras 6…Cf6. A la derecha, la defensa Petroff tras 3…Cxe4.

Otro ejemplo es el de la defensa Petroff: 1.e4 e5 2.Cf3 Cf6, cuya variante más usual sigue con 3.Cxe5. Lo habitual es atacar primero al caballo con 3…d6 y luego recapturar en e4, porque se nos dice que 3…Cxe4 es mala: luego de 4.De2 De7 5.Dxe4 d6 6.d4 dxe5 7.dxe5 las negras pierden un peón. ¿Y luego qué? ¿Eso debería conducir forzosamente a la derrota?

Al parecer no necesariamente. Si asumimos que los humanos cometemos errores, y que los programas de ajedrez juegan a la perfección, una forma interesante de estudiar estas situaciones de apertura es forzar a nuestros esclavos de silicio a simular qué harían. Con mi copia de Fritz 16, he creado un par de torneos de blitz (4+2) a doble vuelta entre los cuatro módulos integrados (Fritz 16, Fritz 13 SE, Deep Fritz 13 y Stockfish 8), forzándolos a jugar el par de líneas mencionadas. Si bien la defensa Damiano es irremediablemente mala (12 partidas, 12 victorias blancas), parece que algo pasa con 3…Cxe4 en la Petroff para que las negras hayan logrado dos victorias y tres tablas, en las que su peón de menos desaparece o no tiene relevancia.

Hasta que no resolvamos el ajedrez, no podemos decir si la teoría de aperturas es un teorema o un dogma. Y muchos dicen que incluso a nivel de jugador de club, es posible jugar cualquier cosa. Bien sea imitando el repertorio de los campeones comprando un ejemplar de ¡Gane con la Grünfeld! y confiar en que nuestro rival no haya comprado ¡Gane contra la Grünfeld!, resignados a vivir en un mundo en el que la disuasión no funciona si todos tienen las mismas armas. O bien, rebuscando en los oscuros pozos de las aperturas de museo, como el gambito letón (1.e4 e5 2.Cf3 f5), defendido por sus entusiastas porque sirvió para vencer a Bobby Fischer en 1955.

Decía Tarrasch que “si una pieza está mal ubicada, toda la posición es mala” y que “el sentido posicional nos libera de la tiranía de las variantes”. Es ese sentido posicional el verdadero santo grial del éxito del ajedrez. La pregunta es por qué incluso los grandes maestros lo suelen perder contra oponentes en el papel inferiores, sólo porque el rival los fuerza a salir de su zona de confort con una extraña primera jugada. O que se lo pregunten a Karpov.

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