La decadencia de El Espectador

Para la generación que vivió los dolorosos años 80 en este país, El Espectador era uno de los pocos ejemplos de dignidad y profesionalismo del periodismo, aún pagando un precio muy alto para sobrevivir frente a la violencia política, económica y social que prevaleció durante el siglo XX, hasta llegar a convertirse en uno de los abanderados mundiales de la libertad de prensa. Hoy, vendido al grupo Santo Domingo y convertido en pasquín del canal privado Caracol, difícilmente hoy puede alguien creer que fuera considerado uno de los mejores diarios del mundo.

Muchos periodistas de la vieja guardia dicen que Internet es la muerte del periodismo, porque permite -y obliga a- tener acceso inmediato a la información, de manera gratuita y antes de que se impriman las noticias en formato árbol muerto. Su valor agregado, dicen, es presentar esa información con un contexto y análisis adecuado para que el público pueda formarse una buena opinión. Es por eso que aún defienden el modelo de vender periódicos de papel hoy, con las noticias de ayer, como si fueran el medio del mañana. Y cuando llegan a Internet, es para demostrar que sigue siendo para ellos un medio desconocido, incómodo y peligroso.

La prueba de que El Espectador terminó convertido en un pasquín del grupo Prisa, dueño de Caracol, está en que éste lo considera una extensión de la publicidad de sus telenovelas o realities, pero también, de una visión superficial de Internet y las “nuevas tecnologías”. El noticiero de Caracol implementa mecanismos de “opinión” que no difieren mucho de las encuestas telefónicas de otros países hace 20 años, y a veces hacen partícipe a El Espectador de su mediocre visión de la importancia de las noticias:

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Preguntas estúpidas de Caracol, avaladas por El Espectador

Dentro de poco se cumplirán cuatro años del rescate de los 33 mineros chilenos que inspiraron a creer a los periodistas de Caracol, que un operativo que requirió 70 días de esfuerzos y 40 millones de dólares fue un “milagro”. La “urna virtual” es a lo que ha reducido el periodismo digital de Prisa la opinión de sus lectores o espectadores: hacer clic en una opción y convertir esas cifras en noticia. Todas, absolutamente todas las “encuestas digitales” de este tipo de medios son así. Quieren convertir el periodismo en una red social, abren secciones de comentarios que luego ignoran (y que deberían ser punibles), y quieren hacer noticia de lo que dice la gente en redes sociales o de encuestas virtuales.

Si Internet es la gran red mundial de información, también se vuelve fuente de problemas para quienes buscan comodidad sacrificando el criterio. Por ejemplo, cuando El Mundo Today -un blog español dedicado a hacer noticias satíricas- publicó el artículo “El Vaticano lanza una versión del Kamasutra con una sola postura“, resultó replicado por El Espectador, seguramente llevado a ustedes por la falta de criterio de algún pasante (becario) a quien el nombre del blog español le sonó a agencia de prensa seria. Muchos otros medios han caído en despistes similares, pero uno no espera eso de un diario a la altura de los elegidos para publicar los cables revelados por Wikileaks.

¿Y por qué hablar de la decadencia de El Espectador publicando gazapos de hace años? Porque siguen vigentes. Como el razonamiento lógico de quien publica obviedades y espera que sean noticia sólo porque están en un diario. Creería uno que quien redacta una noticia en un medio digital debería terminar por lo menos el bachillerato. Esta joya, por ejemplo, es de hoy:

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Internet será la muerte del periodismo, cuando el periodismo investigativo se convierta en buscar todo desde la comodidad de Internet. Viendo en lo que se ha convertido El Espectador, uno se pregunta por qué existiendo Internet, aún existe el periodismo analógico. Por qué aún existe El Espectador.

Sentimientos mezquinos

En los últimos días, el deporte colombiano le ha dado al país dos noticias: una buena y una mala. La buena, el triunfo de Nairo Quintana en el Giro de Italia. La mala, la exclusión por lesión de Falcao García de la selección que jugará el mundial de fútbol en Brasil. Resulta curiosa la reacción del ciudadano común, proclive a criticar a quien es mejor en su oficio y que no es deportista de alto nivel, ante estas dos noticias.

Empecemos por la buena. Luego de quedar segundo en el Tour, un ciclista colombiano gana por primera vez el Giro, con una destacada actuación de otros ciclistas colombianos, y de pronto todo el mundo se siente “orgulloso” de ser colombiano. Ahora todos somos “verracos”, pedimos un aguardiente -un aguardiente de caña-, y despreciamos y nos ganamos el desprecio de los comentaristas de portales de Internet con discusiones patrioteras estúpidas. Y ahora un ciclista se vuelve ejemplo de lo que en teoría son todos los colombianos, pero en realidad cuando un deportista colombiano triunfa en el exterior, se vuelve sólo el conductor del bus de la victoria en el que se suben los demás, cual parásitos del mérito ajeno como prueba de un terrible complejo de inferioridad. ¿Alguien puede sentirse orgulloso de los triunfos de otra persona cuando lo único que comparte con ella es la nacionalidad?

Dos premisas. La primera: un país es lo que sus ciudadanos hacen de él. La segunda: uno sólo puede sentirse orgulloso de lo que hace, no de lo que hacen los demás. Así pues, haber nacido en un país con tres cordilleras y costa sobre dos mares, es algo para agradecer, no para sentirse orgulloso. A menos que hubiéramos convertido un peladero en un vergel; eso sí sería motivo de orgullo (infortunadamente es más factible lo contrario). Y si los ciudadanos de un país no contribuyen en la protección, formación o educación de sus mejores compatriotas, ni aprenden de ellos el sentido de la disciplina y la cultura del esfuerzo, ningún derecho les cabe a sentir orgullo por el mérito ajeno.

Ahora veamos el otro lado de la moneda: el del ídolo caído. Aunque aquí también hay mucho que decir sobre ese despreciable concepto llamado idiosincracia, también tengo algunas cosas que decir a título personal, en el ejemplo particular de Falcao García. Si el orgullo aquí es concebido como el parasitismo de los logros ajenos, la antítesis será la alegría por el mal ajeno. Una variante de envidia tan difícil de describir en una palabra que sólo los alemanes crearon el término Schadenfreude, aunque para el “colombiano-come-colombiano” es completamente familiar. Si Falcao pudiera jugar el mundial de fútbol y marcar goles, todos los colombianos estarían orgullosos de ello. Y se olvidarían de decir que sólo es un empujapelotas, más preocupado de la plancha del pelo y los millones de euros que gana en Mónaco que de defender la camiseta de la selección (porque nadie aquí dijo eso jamás).

Y ahora sí, mi reflexión personal. El deísmo es la aceptación de que el dios sin nombre de los cristianos creó el mundo, pero hasta ahí llegó su intervención en los asuntos mundanos. Por lo tanto, por muchas velas que le prendan, no va a decidir el resultado de un partido de fútbol ni la suerte de un futbolista. Muy en el fondo de mi conciencia surgió ese schadenfreude por saber que Falcao no jugará el mundial, porque de haberlo hecho habría provocado un milagro inadmisible. Recuperarse en cuatro meses de una lesión que en la práctica necesita al menos de seis, sería visto oportunamente como una intervención de su dios-hijo de dios-que no es dios, y como una prueba de que los milagros existen, y más para quienes pagan diezmo en millones de euros. Habría sido insoportable.

Por muy inclinada a la mediocridad que sea la idiosincracia colombiana, no existen términos medios con los sentimientos. O se ama o se odia con pasión, nunca con indiferencia. Cuando alguien gana, “ganamos todos”; cuando pierde, “pierden ellos”. La envidia, el complejo de inferioridad disfrazado de orgullo o el schadenfreude son sólo prueba de ello, pero por muy arraigados que estén en la psicología autóctona nacional, no significa que el en fondo no sean sentimientos mezquinos.

Reflexiones sueltas: autoayuda

“Si los libros de sirvieran, se habría escrito sólo uno”.

Will Fergusson

La autoayuda es a la sabiduría lo que la homeopatía a la medicina. Cuando uno necesita un buen consejo es cuando más aparecen los seguidores de la autoayuda y su colección de frases bonitas sin sentido.

Y es que la autoayuda es tanto una estafa como un buen negocio, pues no hay mucho que inventar. No hay que esmerarse mucho en crear consejos como  “lleva la felicidad dentro de ti, o no la encontrarás afuera”, o reciclar un montón de frases de otras personas -que muchas veces son falsas o apócrifas-, o el colmo, de otros libros de autoayuda. Siempre he necesitado consejo, y ya sea que me salgan con la Biblia o Paulo Coelho, o con esa actitud de “tengo una respuesta para todo”, siempre termino con ganas de hacerles la misma pregunta (y con la misma actitud):

AUTOAYUDA