Nuevos intereses: juegos (ajedrez, go, póquer y otros)

Otro interés que quiero tratar en mi blog (porque para eso es mío) es el de los juegos; aunque no exclusivamente juegos de mesa, posiblemente sí la mayoría, principalmente juegos abstractos (ajedrez, go, etc.), y también otros en los que tengo interés reciente: póquer, juegos de cartas coleccionables, juegos clásicos, entre otros. Incluso, por qué no, tal vez publique algunos diseños propios o modificaciones personales de otros juegos.

Leí hace poco un consejo sobre para qué hacer un blog: “si quieres aprender algo, enséñalo”, pero acerca de los juegos no creo que tenga esa intención. Creo que ya hay suficiente material en Internet sobre estos temas que tampoco es que domine perfectamente. Al menos no quiero repetir la experiencia que tuve con mi canal de videos en YouTube. Hacer videos de ajedrez con Loquendo y un capturador de pantalla es bastante dispendioso, lo que unido al poco tiempo y las prisas por publicar, hacen que vistos después de mucho tiempo, los resultados no me complazcan del todo. Después de la nefasta compra de YouTube por parte de Google, al no poder entrar a la cuenta que creé sin tener que crear una cuenta de Gmail que no quiero, luego de una tensa y tirante relación de amor y odio con Caissa y su creacion, e incluso después de una absurda reclamación de copyright por usar la obertura 1812 de Chaikovsky, decidí cerrar la cuenta y dejar que se perdieran los videos de ajedrez que había hecho desde 2007. Aunque los videos no están perdidos: han sido subidos por dos usuarios a sus canales: uno subió casi todos los estudios y problemas, y otro los tests (el material subido por este último usuario me hizo pensar que en cuanto a calidad no tendría nada que hacer).

Los videos de ambos canales son la última copia de mi trabajo, porque no tengo copia ni de los videos ni de los archivos de voz o texto para hacerlos. Es un halago y un motivo de gratitud que se hayan interesado en ese material, pero lo cierto es que necesitaría una motivación exageradamente grande para querer hacer algo así otra vez. Por cierto, el único uso que le daba a la cuenta que Google me obligó a crear era el Reader para leer blogs, que como sabrán Google cerró por “falta de rentabilidad” o algo así; un motivo más para odiar mi experiencia con el YouTube post-Google. Volviendo al ajedrez, lo que hice en YouTube fue buscar algo diferente y original dentro del material disponible en Internet pero que no estuviera en video. Ahora que pienso volver al “formato texto” de los blogs, mi idea con respecto a los juegos no es aleccionar ni publicar refritos, sino cosas diferentes y ocasionales desde mi punto de vista; nada de teoría avanzada ni copy-paste, simplemente mi opinión.

Sobre otros juegos de mesa, conozco el póquer (o como se escriba, porque la Academia no admite “póker”) por la gran difusión que tiene, y recién estoy aprendiendo a jugar al go, por cierto, palabra muy simple que se confunde con la palabra inglesa go, y que por eso se complementa con el nombre chino (weiqi) y el coreano (baduk). Es una lástima que sobre el go no exista siquiera la mitad del material disponible en Internet para aprender en comparación con el ajedrez, menos en español, y mucho menos en videos. Hay buenos blogs pero no están muy enfocados en los principiantes; porque a pesar de que el go tiene reglas muy simples, es incluso más complejo que el ajedrez (por cierto, son muy comunes las comparaciones e incluso comentarios como “si le parece difícil el ajedrez, pruebe el go y luego me cuenta”). También me interesan juegos abstractos de creación reciente como el abalone, los juegos del proyecto GIPF. los juegos de cartas coleccionables, juegos de rol en solitario, e incluso algunos proyectos de juegos de diseño propio.

Sobre los videojuegos sólo puedo decir que mi interés está más que todo en el mundo de lo arcade y de los 8 bits. Me interesa más el proceso de diseño de un videojuego, la forma en que se convierten conceptos básicos en herramientas de juego: cómo hacer que una raya se deslice de izquierda a derecha para golpear una pelota, cómo combinar la idea de un laberinto y una esfera glotona,  o cómo hacer interesante usar una honda, cauchera, tirachinas o como se llame, para golpear a unos cerdos lanzándoles unos pájaros cabreados. El tema de los juegos es demasiado amplio y como dije, el propósito de mi blog no es publicar tutoriales o refritos, sino simplemente lo que vaya saliendo a medida que voy experimentando con mis cosas de interés.

Replanteando el derecho a la intolerancia

En su segunda acepción, el diccionario de la Real Academia Española define tolerar como “permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente”, mientras que Wikipedia define tolerancia (social) como “el grado de aceptación frente a un elemento contrario a una regla moral”. En sí mismas, estas definiciones no son sinónimo de indiferencia o indolencia, por lo que se asume que son una actitud deliberada frente a hechos concretos como la diversidad de carácter y pensamiento dentro de una sociedad. Tampoco equivale a impotencia, en el sentido de aguantar lo que no se puede cambiar. Así que la tolerancia se puede definir como una actitud de respeto de un individuo hacia aquello en la sociedad que es diferente a su criterio personal de ética y moral.

Hasta aquí no hay objeción a nada: el respeto al derecho ajeno, la innegable heterogeneidad de los grupos sociales, la libertad de expresión y de pensamiento, la premisa de que, con el límite de los derechos ajenos, el individuo es libre de hacer con su vida lo que le plazca, todo es aceptable dentro de la definición de tolerancia. El problema está en querer incluir aquí lo que está más allá de los derechos individuales, que es abiertamente contrario a las normas y las leyes, que se proclama como derecho pisoteando los derechos de los demás, y que es simple y llanamente intolerable. Y aunque la deformación del lenguaje hacia lo “políticamente correcto” quiera incluir ciertas actitudes dentro del concepto de tolerancia, terminan definiendo justamente aquello que, al comenzar este artículo, aclaré que no eran sinónimos: indiferencia, indolencia e impotencia.

Como dije antes, hablo desde mi punto de vista de ciudadano común y corriente; así que pongamos un ejemplo muy cotidiano: el ruido. Oír música está dentro de los derechos individuales protegidos por la Constitución, pero como en una sociedad de derecho todo está regulado por leyes y normas, hay límites y criterios basados en el sentido común y en el respeto de los derechos de los demás frente a los derechos del individuo. Es decir que para lo que afecte a los demás hay normas, lugares, horarios, etc. Entonces, ¿cómo definen los medios o las autoridades una reyerta entre vecinos por un caso de música a todo volumen a altas horas de la noche? Como un problema de intolerancia. Que si la autoridad local no es capaz de hacer su trabajo e imponer orden, se convierte en un problema de indolencia (o incompetencia). Y si la gente no puede hacer nada para solucionarlo, termina siendo un problema de impotencia.

Hay quienes dicen que nada ni nadie puede imponer límites a las libertades individuales. Por ejemplo, en Bogotá, hay una norma que impide la circulación de vehículos en ciertos días según el último número de su placa. Los anarquistas y ultradefensores de las libertades aseguran que es una norma represora y anticonstitucional, que refleja más la incompetencia del gobierno local en mejorar la movilidad urbana. También podrían argumentar que la Constitución permite por ejemplo, que todo ciudadano colombiano puede irse a vivir a San Andrés porque simple y llanamente es territorio colombiano, aunque la realidad y el sentido común imponen unos límites no deseables si un número suficiente de ciudadanos decide ejercer tal derecho constitucional. Muy curioso es que quienes quieran pasarse los límites del sentido común y el derecho ajeno lo hagan invocando el derecho a la tolerancia. Volviendo al ruido, son muchos los problemas que generan al respecto las iglesias cristianas (sobre todo aquellas “de garaje”), pero son las primeras en invocar el derecho a la tolerancia (siempre que no empiecen por el derecho a la libertad religiosa). Porque todo el mundo sabe que estar en contra de una iglesia ruidosa es estar en contra de la libertad de culto, o que no es posible exigir el respeto a las normas sin pisotear los derechos individuales.

Otro despropósito del lenguaje políticamente correcto es llamar a ciertos lugares donde impera la impotencia, la indolencia, la incompetencia y la inconsciencia de una sociedad justamente como “zonas de tolerancia”. Cada vez que oigo hablar de faltas de respeto a las normas y las leyes donde no toca como “falta de tolerancia”, me digo: “no sabía que esta era una zona de tolerancia”. Posiblemente sea lo que haga falta: dividir a la sociedad en zonas de tolerancia para cada tipo de libertad individual que se quiera ejercitar. Que quien guste del ruido se cree su propio guetto con la apología musical a la felonía que prefiera a todo volumen. Que si sólo el individuo es dueño de su propio cuerpo y quiera hacer de su capa un sayo y de su trasero una piñata, pues que dentro de su área de “tolerancia” se quede. Y que dejen en paz a los demás, que para algo tiene que valer la tiranía de las mayorías en que se ha convertido el chiste llamado democracia. ¿O la mayoría son ellos?

A veces es más fácil sacar lo peor que lo mejor de la gente. Por ejemplo, revisando el tema de las enciclopedias en línea, me encuentro con una que por muy radical, absurda, delirante y hasta ridícula que parezca, por causa del exceso de “tolerancia” no deja de ser cuanto menos intrigante: la Metapedia (enlazo a Google y no a la página principal por aquello de no incluir enlaces a sitios apologistas del odio y cosas por el estilo). Es un sitio al que muchos definen como la “Wikipedia nazi”, una enciclopedia apologista del fascismo, el racismo, el antisionismo y otros prejuicios que pueden ser definidos como intolerancia. De hecho, son la verdadera intolerancia, pero al menos se esmeran en sus justificaciones elaboradas dentro de la lógica y el sentido común (otra cosa es cuando apelan a argumentos como el “orden divino de las razas” y similares). Para evitar ser malinterpretado, veamos un ejemplo.

Los vecinos ruidosos son mal común en casi todo el mundo, y por supuesto España no es la excepción. Y si encima llega gente de fuera que, en lugar de hacer lo que vieres a la tierra que fueres, decide importar su propio sentido del “orden” y el civismo de la tierra que viene, pues pasa lo que tiene que pasar. Y si parece normal exigir el respeto básico a las normas de la sociedad de la que se pretende hacer parte, se invoca de inmediato el racismo y la intolerancia (hubiera querido no buscar entre material apologista de nada, pero no tuve opción). Seguramente porque es una cuestión racial: hay razas que respetan las normas y razas que no. Ahora, cuando se puede ver todo eso sin salir de la cuadra (y todo en nombre de la tolerancia), es porque algo anda muy mal. La tolerancia no es carta blanca para nada. Tampoco las normas y las leyes son un capricho, sino que están justamente para hacer valer los derechos individuales. El equilibrio entre libertades y leyes forma lo que se conoce como convivencia: puedo hacer lo que mis derechos me permiten dentro del límite del respeto a las leyes y los derechos de los demás. ¿En verdad es tan difícil de entender?

Para terminar (porque se me fue la mano con el artículo pero no voy a recortar nada), quiero preguntar cómo se evita que la tolerancia se convierta en indiferencia o impotencia. Muchos pueden decir que semejante actitud proviene de creer que uno vive en una torre de marfil color rosa, donde la basura va en las canecas y los postes no son letrinas públicas. Pues si el gobierno elegido por el pueblo no tiene suficiente fuerza coercitiva para hacer valer las normas y las leyes (es decir, para hacer valer los derechos del pueblo que les dio mandato), entonces que quienes quieran trasgredir dichas normas creen su propia “zona” en donde todo valga en nombre de la tolerancia. Y que se mantengan allí y sólo allí, respetando a los demás el derecho a la intolerancia con lo intolerable.