Reflexiones sueltas: juegos de guerra

Por muy real que parezca un videojuego de guerra, hace falta más que eso para convencer a la juventud de que la guerra es un videojuego.

Reflexiones sueltas que no darían para una entrada completa en el blog pero tampoco en Twitter.  De ocurrencias o cosas que se encuentra uno por ahí pero que tampoco son frases célebres (o “citas citables”, que por cierto es marca registrada del Reader’s Digest).

Ésta se me ocurrió luego de ver, a partir del minuto 15, un documental sobre videojuegos. Muy antiguo, sí, pero sigue vigente la idea de que en las guerras están en juego cosas más importantes que los logros del Call of Duty.

Los colombianos no quieren la paz

De entrada, contexto. No es posible ignorar a las víctimas de la violencia en Colombia (social, partidista, subversiva o terrorista), diciendo sin más que los colombianos no quieren la paz. Entonces, ¿cuál es la razón de afirmar semejante cosa? En realidad es tan simple como preguntar si los colombianos quieren algo cuando han demostrado que no saben lo que es, ni lo que implica hacer para obtenerlo.

El gobierno de Colombia ha iniciado un proceso de paz con las Farc, y según algún método estadístico aleatorio extrapolado de muestreo en el que no me incluyeron, el 68% de todos los colombianos apoyan este proceso. Puesto que las Farc son un grupo que practica el terrorismo y la violación del derecho internacional humanitario mediante la guerra de guerrillas contra el Estado (y que por ello se proclama grupo guerrillero), cabe preguntarse si un diálogo de sordos en el que las Farc afirman que no van a deponer las armas ni a pagar un día de cárcel por sus innegables delitos de lesa humanidad, y en el que el gobierno de un presidente que aspira a la reelección haga toda clase de concesiones, puede llamarse un proceso de paz. O qué concepto de paz tienen las Farc, el gobierno, y tanto el 68% de quienes apoyan este proceso como sus detractores.

Un colombiano promedio, de aquellos que aprendieron geografía colombiana a base de noticias sobre tomas guerrilleras en los últimos veinte años, diría que la paz es simplemente que no haya guerra. Algún idealista, incluyendo a los implicados en ambos bandos del llamado conflicto armado colombiano, dirá que la paz no es sólo ausencia de guerra, sino presencia de justicia. Sea como sea, cuando se habla de paz en Colombia parece que sólo se piensa en el fin del terrorismo y la violencia armada entre el Estado y la subversión.

En un sentido más amplio, la guerra no es el único antónimo de la paz, sino todo aquello que signifique violencia. Lo que pasa es que en Colombia la violencia se ha entendido como la violación de nuestro derecho a ejercer la violencia contra los demás, ya sea la que la “oligarquía” ejerce contra el pueblo, la que los “ejércitos del pueblo” ejercen contra el pueblo, o la que el pueblo ejerce contra el pueblo. Ya sea por imponer unos ideales políticos o el derecho a oír música a 180 decibelios. E infortunadamente, el extendido arraigo por la violencia es lo que hace que los colombianos no quieran la paz. He aquí otras razones:

Los colombianos no conocen la paz: Desde los tiempos en que los conservadores decían que matar liberales no era pecado, ninguna generación en Colombia ha visto este país en paz; por lo tanto no la conocen. El símbolo de la paloma blanca ha sido la única manera de representar algo que nadie puede definir con certeza. Y eso incluye a muchos de los mal llamados “líderes de opinión” de este país.

Por ejemplo, cuando Juanes era famoso, propuso que la paz fuera considerada un derecho humano. Ignorando, por supuesto, que la paz es el resultado del cumplimiento de los derechos humanos, no sólo un concepto para hacer demagogia. O marketing.

Los colombianos no practican la paz: Probablemente la mejor definición de paz que se haya dado sea también la más conocida: el respeto al derecho ajeno es la paz. Y entonces, ¿por qué a nadie le interesa? Por la tradición cultural de no ver más allá de mis derechos, ignorando que terminan donde comienzan los derechos de los demás. Y porque en lugar de una cultura basada en derechos como contrapeso a las responsabilidades y deberes que implica tenerlos, existe la cultura del atajo.

Se ha escrito muchísimo sobre la falta de civismo o de respeto por las normas o por la autoridad (que cuando no peca de represora lo hace de laxa), como ejemplos de la cultura de la viveza, de esa malicia indígena que, a menos que se encuentre en el genoma humano latinoamericano, no es más que un pretexto. Si para conseguir algo existen alternativas al respeto al derecho ajeno, ¿para qué practicarlo?

A los colombianos no les gusta la paz: ¿Por qué hay quienes pagan televisión por cable o satélite para seguir viendo Pandillas, guerra y paz? Si los colombianos pudieran ser más violentos, agresivos e irrespetuosos del derecho ajeno, lo serían. Si no es así es porque eso demanda algo de esfuerzo intelectual. Es sólo una prueba de que la cabra siempre tira al monte, y no por falta de opciones.

Cuando la cultura del atajo no funciona, y si el fin justifica los medios, la primera opción para imponer mis derechos es recurrir a la violencia. La prueba de que nadie en Colombia comprende cómo funciona la sociedad en la que vive es que, cuando alguien quiere hacerse oír, termina recurriendo a la violencia cuando no le funcionan las cosas simbólicas; e igualmente ni lo uno ni lo otro afectan al status quo.

Para decir algo se puede optar por decirlo decentemente, o como en la sección de comentarios de cualquier medio digital nacional, sobre todo si el tema es controvertido (a los medios de comunicación les gusta presumir de ser seguidos en las redes sociales, pero creen que no es importante lo que la gente demuestra en sus páginas de comentarios).

Si empelotarse para protestar por algo es tan simbólico como inútil (por muy de moda que esté), siempre queda el otro extremo de la papa-bomba o agarrar fusil en mano camino al monte. Si recurrir a la policía u otra autoridad simbólica es igual o menos efectivo que hacer justicia por cuenta propia, la opción que haga más ruido será la elegida. Y cosas simbólicas como el perdón y la reconciliación pueden ayudar a crear la ilusión de paz, pero técnicamente equivalen a la indulgencia y el olvido. A la tolerancia.

Justamente los simbolistas han decidido llamar enemigos de la paz a quienes reclaman el deber constitucional del Estado de hacer valer su monopolio de las armas en defensa de la paz, en lugar de buscar un estado abstracto e ilusorio de paz al muy concreto, tangible y elevado precio de la impunidad. O se llama perdón a que los empresarios reincorporen a la sociedad a guerrilleros que seguramente los habrán extorsionado antes. Dicen que “no hay camino para la paz, la paz es el camino”. Camino ¿a donde? No importa el objetivo final, si puede alcanzarse por una vía u otra. Si la autoridad no funciona, ¿se necesita?.  Si la paz no sirve para cambiar el status quo, ¿se necesita?

Corolario: el informe PISA demuestra una vez más que la educación en Colombia no sólo no mejora, sino que puede ir incluso peor. Al igual que la paz, se ha vuelto muy cuestionable el objetivo de la educación en Colombia. En lugar de la trillada educación para la dependencia y la pobreza, una educación concebida para sacar lo mejor de los ciudadanos podría ser el comienzo de una verdadera educación para la paz.

Revisando métodos para la Lotto

Dicen que un sistemista es a un matemático lo que un astrólogo es a un astrónomo. También se dice que si no hay matemáticos millonarios, es porque no existe una manera matemática de vencer al azar. Y sin embargo, basta que aparezca un solo sistemista exitoso para despertar la imaginación de todo el que quiera crear un método para ganar en un juego de azar. O para hacer fortuna con el método en sí mismo.

Por ejemplo, en el caso de las loterías tipo lotto (y del Baloto en particular), cualquiera con fundamentos básicos de matemáticas puede plantear campos de estudio como los que ya se han hecho. Existe un principio llamado ley de Pareto, que se podría resumir en que el 80% de algo se debe al otro 20%. Aplicando esto al Baloto, el 80% de las combinaciones ganadoras han cumplido con requisitos que descartan al 20% restante. Es entonces cuando la mayoría de sistemistas de la lotto emplean este criterio con el fin de apostarle a ese 80% que tiene más probabilidad. Por ejemplo, en el caso de una lotto 6/45, la suma de los números de cada una de las 8.145.060 combinaciones posibles está entre 21 y 255, pero el 80% de las sumas está entre 100 y 176:

131102_Sumas
Distribución de las sumas de las combinaciones posibles en una lotto 6/45. El área sombreada corresponde al 80% de las sumas (entre 100 y 176).

Así pues, ya se tiene una pista para crear un método: si quiere tener un 80% de probabilidades de ganar, apueste a una combinación cuyos números sumen entre 100 y 176. Aplicando esta ley del 80% se pueden sacar más “consejos”: por ejemplo, que el primer número de su combinación esté entre 1 y 10, que el segundo esté entre 3 y 19, etc. O que haya entre 2 y 4 números pares. A algunos incluso se les va la mano: hay autores que sugieren tener en cuenta el rango (la diferencia entre el último número de una combinación y el primero), los números primos, los números de Fibonacci, los múltiplos de otros números, los consecutivos, las decenas, los repetidos, los terminados en x ó y, etc., como si fuera probable que una combinación pudiera cumplir tantos requisitos a la vez. Y es aquí donde hay que evitar tragar entero: los métodos para ganar a la lotería producen más dinero vendiéndose como libros que venciendo a la lotería en sí.

Antes había publicado una entrada sobre software para la lotto y la idea era revisar otros programas y métodos, hasta que encontré el blog de The Lottery Guy, dedicado a analizar cuáles valen la pena y cuáles no. Y justamente en estos últimos está el Magayo y otro programa que iba a ser mi siguiente artículo: Lotto Sorcerer, así como algunos otros libros que ya he obtenido; algunos comprados y otros vía torrent. Por ejemplo, el llamado Honest Lotto de Ken Silver, consiste en crear tres listas de 40 combinaciones cada una, generar una combinación inicial para cada lista llamada perfil, y luego completar las 39 restantes sumando 1 a cada número de la combinación anterior (si en nuestro caso se pasa de 45, se empieza por 1 otra vez). Los tres perfiles iniciales se generan de la siguiente manera:

Perfil 1

  • Nº 1: impar entre 1 y 8
  • Nº 2: par entre 8 y 17
  • Nº 3: impar entre Nº 2 y 26
  • Nº 4: par entre Nº 3 y Nº 3 + 3
  • Nº 5: impar entre Nº 4 y 40
  • Nº 6: par entre Nº 5 y 45

Perfil 2

  • Nº 1: cualquiera entre 9 y 17 (sin repetir del perfil 1)
  • Nº 2: cualquiera entre Nº 1 y 26
  • Nº 3: cualquiera entre Nº 2 y 34
  • Nº 4: cualquiera entre Nº 3 y 36
  • Nº 5: cualquiera entre Nº 4 y 43
  • Nº 6: impar entre Nº 5 y 45

Perfil 3

  • Nº 1: par entre 1 y 8 (sin repetir de los perfiles 1 y 2)
  • Nº 2: impar entre Nº 1 y 26
  • Nº 3: impar entre Nº 2 y 36
  • Nº 4: par entre Nº 3 y Nº 3 + 3
  • Nº 5: par entre Nº 4 y 42
  • Nº 6: impar entre Nº 5 y 45

Haciendo un ejercicio de crear las 120 combinaciones sugeridas por este método, y comparándolas con los resultados del sorteo 1308 del Baloto (20-24-26-27-40-41) y Revancha (3-15-22-32-33-38), tenemos apenas 5 aciertos de 3 números para cada resultado:

131102_Proflies

Así pues, coincidiendo con The Lottery Guy, este método no sirve. Si funcionara, sería por la misma naturaleza del juego, es decir, por puro azar. Posiblemente esté mal enfocado o se pueda plantear con los criterios históricos del Baloto, pero no parece suficiente. Queda este artículo para quien pueda encontrar puntos interesantes, pero siguiendo lo planteado por The Lottery Guy, tal vez dedique un par de artículos más a descartar los métodos que considera malos antes de comprobar si los métodos buenos funcionan.

Mundo de tercera, país de quinta (II)

Es fácil entender por qué resulta difícil mantener un blog en estos días, pero no por qué vale la pena. Al fin y al cabo, las redes sociales se han inventado formas diferentes, más prácticas y rápidas de compartir información (que esa información sea útil es otra cosa). Además los blogs implican una forma de procesar la información que está condenada a desaparecer: a diferencia de las imágenes y los videos, hay que leer un blog. Habrase visto cosa más anticuada. De todas formas, para mantener mi blog y continuar con el ejercicio de contar mis reflexiones personales sobre el mundo que me rodea, aquí va una segunda entrega.

Colados en Transmilenio (II). Imperdible el artículo de Andrés G. Borges en su blog de El Tiempo, titulado “La hipocresía de colarse en Transmilenio“. Una reflexión interesante acerca de la forma de pensar de quienes se cuelan en Transmilenio, el sistema de transporte masivo de Bogotá que alguna vez fue concebido como ejemplo de eficiencia, civismo y la extinta cultura ciudadana. Aunque la opinión mayoritaria en los comentarios es de rechazo a la práctica de colarse en Transmilenio (como ejemplo de la mentada cultura de la viveza colombiana), no deja de ser interesante el punto de vista de quienes defienden esta actitud, con típicos ataques ad hominem al “niño rico” que escribió el artículo, o la típica evasiva escapista (“¿por qué no escribe contra aquello o esto otro?”, aunque nada tenga que ver con el meollo del asunto, la falta de civismo de los bogotanos). Incluso, como si el respeto por las normas fuera cuestión de ideologías, se ha cuestionado el hecho de que la cultura ciudadana promovida por alcaldes como Antanas Mockus o Enrique Peñalosa se ha dejado perder en manos de las últimas tres alcaldías de izquierda.

Andenes enchapados. Si hay algo que reconocerle a Enrique Peñalosa como alcalde, fue haberle enseñado al distrito cómo se hace un andén (aunque luego abusara con los bolardos). Era impensable que en la ciudad, durante casi todo el siglo XX, nadie entendiera cosas tan elementales como el diseño correcto de una rampa de minusválidos, o que las baldosas con puntos en relieve son guías para los invidentes. Pero eso es algo que sólo se ve en las obras del distrito. Por eso llama la atención que ningún parroquiano entienda el concepto de “material antideslizante” a la hora de hacer el andén de su casa. Y a la hora de lo que a los demás les parece “bonito”, se ven exabruptos como andenes enchapados con baldosas de gres o el mismo porcelanato que usarían para enchapar un baño o una cocina.

Hasta aquí el asunto no pasa de ser una muestra del poco criterio y buen gusto del ciudadano por debajo de la media  (lo que sea que se entienda por eso), si no fuera por un problema de desprecio por el sentido común, que por el hecho de verse sólo en los barrios pequeños no deja de ser absurdo (aunque recuerde por ejemplo a Unicentro, que por casi cuarenta años mantiene los andenes enchapados en gres). Cuando en Bogotá llueve, estos andenes enchapados se convierten en resbaladizas trampas mortales para los peatones. Más de una vez alguna señora en tacones se habrá acordado de la madre del “arquitepto” que tuvo la brillante idea de enchapar el andén de su casa con porcelanato blanco de 40×40, alguna tarde cuando recién escampaba. Yo no soy de desearle el mal a nadie, pero si cada “genio” de estos tuviera que resbalarse y quebrarse la cabeza en un salto mortal hacia atrás para que aprenda el concepto de “material antideslizante”, no soy quién para oponerme.

Curadurías: los tinterillos de la planeación urbana. A comienzos de los años noventa se decía que el Estado debía tender a la descentralización mediante vías como la descongestión por delegación a particulares. En el caso de la ciudad, la adjudicación de licencias de construcción ha sido delegada por Planeación Distrital a los llamados curadores urbanos, una especie de notarios que habrán descongestionado las oficinas de Planeación, pero que sólo han cambiado una burocracia por otra. Es cierto que todo trámite en este país es tedioso, pero los curadores urbanos de Bogotá han impuesto su propio e irracional criterio.

Para empezar, la ciudad tienen cinco curadurías urbanas, y cuatro están en la zona de la calle 100 con autopista Norte (porque los curadores, que son arquitectos, deben vivir en el norte, supongo). Si resulta difícil entender por qué la gente construye como y cuando le da la gana, o por qué las normas son para saltárselas, basta con decir que si alguien quiere consultar las normas urbanas en una curaduría deberá hacer fila a primera hora (7:30 de la mañana, por lo general) para tener uno de los 25 turnos de atención (a veces menos, pero ni uno más). Y sólo de lunes a jueves. Es decir que es más fácil sacar una cita en el Sisbén que en una curaduría. Y todo para obtener una licencia que no es garantía de que la obra se construya respetando las normas urbanas, o tenga un uso autorizado o acorde con la zona, como los cientos de moteles aprobados en barrios residenciales con su licencia y su valla amarilla en regla. Y que sean particulares tampoco es garantía de que no sean corruptos. En serio, ¿cómo se gana el sueldo esta gente?

¿Spam en nombre de Hotmail?

Mas o menos hacia 2001 abrí mi primera cuenta de correo electrónico en Hotmail, que por entonces ya era parte de Microsoft, y era el servicio de e-mail más conocido. Aunque luego surgieron servicios de correo electrónico por todas partes, había convertido esa cuenta en mi buzón principal de correo, y la había mantenido hasta ahora casi sólo por nostalgia. Hasta ahora.

Al ser uno de los servicios más populares de comienzos de siglo, Hotmail fue casi sinónimo de spam desde la masificación de Internet. Hotmail cumple con su función de enviar y recibir correo electrónico, pero también ha tenido detrás un mar de dudas sobre su seguridad. Desde la absurda limitación de las contraseñas a 16 caracteres hasta el envío masivo de spam a través de cuentas de sus usuarios. Y es justamente esto lo que me ha obligado a cerrar definitivamente la cuenta de Hotmail en favor de otras opciones, menos conocidas, mejores en características, y sobre todo, con mejor seguridad.

Recibir spam es muy molesto, pero es casi inevitable para usuarios de Hotmail. Pero aún más molesto es recibir spam enviado supuestamente con mi nombre y cuenta. Lo usual es que eso ocurra a quienes les roban las contraseñas mediante virus, keyloggers o troyanos. Cuando eso pasa lo normal es cambiar la contraseña o proceder con la recuperación de la cuenta. Otra cosa ocurre cuando se envía spam desde una cuenta pero ante el usuario que lo recibe el remitente se identifica con mi nombre y dirección. En teoría el usuario no pierde el control de su cuenta y el spam  no aparece en la carpeta de mensajes enviados; pero parece algo exclusivo de Hotmail permitir a tal punto la suplantación de identidad de sus usuarios de semejante forma.

spam_hotmail

De entrada, mi nick corresponde a un acrónimo de mi nombre (que por ahora me reservo), aunque según veo parece un nombre o apellido común en Brasil o algo así. Por eso es muy común que el spam que me llegue sea phishing de bancos brasileños o cualquier otra cosa en portugués. La primera técnica de un spammer es usar un dominio común y enviar spam a usuarios con nombres comunes: como el mío lo era allí, fue sólo cuestión de tiempo. Como se ve en la imagen, Microsoft admite que la suplantación de identidad de un remitente es posible con Hotmail, al decir que un usuario me envía spam… en nombre de mi propia cuenta de Hotmail. Desconozco si esto pasa con otros servicios, pero creería que si Google, por ejemplo, tiene el mejor motor de indexación web, también sabrá como manejar el asunto del spam en Gmail. Aunque el spam lo traiga incorporado.

Hasta ahora, no tengo noticias de que mis contactos hayan recibido spam en mi nombre. Tampoco que haya perdido el control de esa cuenta (para evitar que sea cosa de virus, había cambiado la contraseña dos veces bajo Linux Mint y Debian). Pero lo cierto es que me aburrí de réplicas de relojes y todo lo demás, pero sobre todo por la poca seguridad que ofrece Hotmail en todo este asunto. Por más que se les reportan los correos como de “suplantación de identidad”, no les parece sospechoso que supuestamente me envíe correos a mi cuenta que van directamente a la bandeja de spam. Desconozco lo que pasa, pero me aburrí de Hotmail, así como en su momento me harté de Internet Explorer (es curioso que la mayoría de usuarios de versiones desatendidas de Windows usen Internet Explorer “sin complementos”, como los de los antivirus que detectan automáticamente los sitios de phishing, o que sean incompatibles con ese “navegador”). Lo peor es que tras el cierre de Hotmail para usuarios nuevos y la llegada de Outlook, ahora Microsoft no tiene un servicio de correo con una seguridad tan pobre, sino dos.

Cien mil millones de cómics

En 1961, el poeta francés Raymond Queneau, cofundador del movimiento Oulipo, publicó un libro llamado Cent Mille Milliards de PoèmesComo lo sugiere la traducción literal de su título, contiene cien mil millones de poemas, en este caso sonetos. Y lo hizo en un libro que técnicamente tiene sólo diez páginas. Tal cosa es imposible a menos que se recurra a un ardid combinatorio: el autor escribió diez sonetos en cada página, y luego dividió las páginas en catorce tiras conteniendo cada tira un verso de cada soneto. Así, combinando cada tira con cualquiera al azar de los demás sonetos, se forma una página que contiene uno de los cien mil millones de poemas posibles:

queneau
Ilustración del libro de Queneau.

Si se leyera cada poema de este libro en un minuto, harían falta 190 millones de años en leer todo el libro. Es decir que la obra de Queneau existe como concepto matemático más que literario. Actualmente existen dos formas de disponer del libro: la primera en formato físico, y la segunda en una página web que reproduce la idea de Queneau de manera interactiva.

Este concepto de crear obras a partir de las combinaciones posibles de unos pocos elementos es más antiguo de lo que parece. Ya en 1777, Wolfang Amadeus Mozart compuso una obra teórica llamada Musikalisches Würfelspiel (Juego de dados musical), siguiendo el mismo principio. Mozart escribió 176 compases para vals y los agrupó en 16 conjuntos de 11 compases cada uno. Así, con un par de dados y una tabla, cualquiera podría componer un vals sin tener ni idea de música. Simplemente eligiendo al azar una de las 45.949.729.863.572.161 composiciones posibles. Hoy se pueden generar composiciones con este sistema en este enlace.

Por último, en 1830 se publicó el libro “Polyorama, o 20,922,789,888,000 de vistas pintorescas”, que ofrece dicho número de paisajes combinados a partir de sólo 16 postales. Resumiendo, todas estas son formas de creatividad muy interesantes y meritorias, por mucho que los puristas cuestionen la calidad artística de estas composiciones, o por muy fácil que hoy en día parezca jugar con las funciones rand o similares. Asi que, retomando la idea de Queneau, supuse que podría hacerse un libro de cómics, por ejemplo. Aunque al parecer se me adelantaron a la idea:

bunsenrandom
El cómic de Bunsen, ¿planteando la idea de Queneau?

Repetir la idea de Queneau pero en algo más visual como el cómic parece más complicado; aunque de todas formas se lo plantee a los autores de mis webcomics favoritos. Si a algún dibujante le interesa, queda planteado el reto.

P.S.: aunque es un concepto totalmente diferente, también es muy interesante: los cómics que cuentan historias distintas (o una historia en dos partes) al girar la página, como los desarrollados por Gustave Verbeek:

“A fish story”, uno de los cómics reversibles de Gustave Verbeek

Mundo de tercera, país de quinta (I)

Para referirse a este país (y casi a cualquiera al sur del río Grande), la expresión “república bananera” esta demasiado trillada. Es insuficiente para definir a una sociedad indolente, carente de civismo y solidaridad, conformista, egoísta, perezosa, cortoplacista y mediocre. Incluso no faltará quien reivindique la “banana republic” como motivo de orgullo, como pasó con otras expresiones.

También se ha vuelto aburrido el juego de encontrar las diferencias entre nuestros países y aquellos que pasaron de estar destruidos por las guerras a ser potencias mundiales. Tampoco sorprende ya la actitud de barrer bajo la alfombra escondiendo la realidad con mentalidad de agencia de viajes, creyendo que tres cordilleras o costa sobre dos mares son la verdadera cara de este país. Por ejemplo, estuvo de moda decir que Colombia es el país más feliz del mundo. Aunque sólo sea por encuestas sin valor ni fundamento, porque en estudios con mejores criterios, “the best vividero of the world” no sale tan bien librado. Pensando con la lógica de quienes se lo creen para negar la realidad, si este es el país más feliz del mundo, sólo hay una conclusión posible: la ignorancia es la felicidad.

Hay quienes se preguntan cómo es la vida en otras sociedades y por alguna razón desarrollan un sentido crítico hacia el mundo que los rodea, al punto de sentirse extranjeros en su propia tierra. Y a punta de ver todos los días la misma actitud de quienes conforman esta sociedad, incluso llegan a la conclusión de que los habitantes del país en cuestión son felices así. Si nadie hace nada por cambiar las cosas, si nadie cree que lo que hace afecta a los demás, si los lugareños creen innecesario el concepto de civismo, si en esta mal llamada democracia el pueblo produce la misma clase de políticos y cada cuatro años los elige, entonces esa es la norma, no la excepción.

Así son las cosas, y quien crea lo contrario lo mejor que puede hacer es irse. Habrá quienes digan que “los buenos somos más”, pero bien pueden ser la mitad más uno: estadísticamente cierto pero sin valor si no se demuestra. Habrá quienes marchen y hagan ruido con pitos y cacerolas para dar la impresión de que no es cierto, pero en el fondo la gente, toda la gente, es feliz con las cosas como son. A la hora de hacer algo de verdad, a la hora de votar, de boicotear, de dejar de apoyar al sistema, la gente prefiere seguir como está. Y eso, a un extranjero en todas partes, no deja de parecerle raro.

Eso es lo que me trae aquí. Como parte de la terapia ocupacional en que he decidido enfocar este blog, quiero relatar esas cosas extrañas que simplemente creo que son la prueba de que algo no está funcionando bien. Hago una reseña de varias cosas a la vez, que por separado no darían para una entrada entera para cada una (como dije antes, es aburridísimo hablar de lo que todo el mundo sabe pero que a nadie le importa). Y quiero hacerlo desde el punto de vista de alguien que acabara de llegar a esta ciudad, este país o este mundo de tercera. Como jugando a que no soy de acá. Porque nací “acá”, aunque no me sienta parte de “esto”.

Colados en Transmilenio. El punto más débil de ese sucedáneo de transporte masivo implementado en Bogotá, llamado Transmilenio, es la cultura ciudadana de sus usuarios. Pero eso de cultura ciudadana es algo inexistente, y la prueba está en los colados: vendedores ambulantes, pordioseros, o gamberros que se creen rebeldes contra el sistema por usar algo sin pagar. Como ha demostrado la experiencia, quien quiera hacer frente a los colados se expone a la apatía de los demás, a la negligencia de las autoridades (si tal cosa existiese), o a una puñalada gratis por “sapo”. La prueba de que los animales necesitan rejas, barreras, corrales, muros…

A veces las puertas de las estaciones se traban y los conductores o los viajeros no pueden abrirlas, pero quienes se cuelan las abren muy fácilmente. Alguien se quiso colar hoy en la estación de Hortúa, así que decidí ver qué pasaba si ponía un pie para impedir que el colado abriera la puerta y entrara sin pagar. ¿Resultado? La puerta que trabé no se abrió… pero sí la otra. Cuatro policías en la entrada de la estación estaban pidiendo cédulas para verificar antecedentes de quienes entraban, como si con eso consiguieran algo. Salvo ver a quienes habrán capturado y dejado libres a las dos horas.

Desperdiciando electricidad. Mansión Electrodomésticos, como su nombre lo indica, es un local de electrodomésticos cuya sede en la calle 126 Nº 20-73 tiene una peculiaridad: tiene un tablero electrónico en la entrada cuya luz blanca es demasiado fuerte, y que permanece encendido mucho tiempo después de haber cerrado el local (por lo menos lo he constatado hacia las 9 p.m.):

Un “letrero”… La luz blanca es “normal” para el peatón aunque demasiado intensa para una cámara de 3 megapixeles. Igual, se ve que el local ya está cerrado.

Estafas en Mercado Libre. Un ente que no tenga domicilio, NIT, teléfonos fijos, sitio web o algo, no puede ser llamado empresa. Sin embargo, a sitios como Mercado Libre no parece importarles, pues no tienen un control de quién puede anunciarse como empresa o promocionar algo que termina siendo una estafa. Tampoco ofrecen opciones que cubran todas las situaciones posibles y se limitan a la responsabilidad de los términos de uso de su sitio.

En un país serio, a la primera estafa producida en un sitio así, las autoridades lo cierran. Por algo, dicen, en España no existe Mercado Libre. En Colombia, sin embargo, no existen iniciativas que permitan regular o cerrar si es necesario estos sitios; tampoco hay otros que recojan todas las denuncias. El único que se encuentra es un blog venezolano: http://estafadospormercadolibre.blogspot.com. Por lo pronto, quien diga que a la gente hay que creerle, es porque no conoce este país.

Vuelve (dicen) DMG. Hablando de estafas, hace poco más de un mes se dio la noticia de que estarían resurgiendo las estafas piramidales en nombre de la extinta DMG. Los estafadores se anuncian con volantes en forma de billetes de dólar con la foto de David Murcia Guzmán, aunque sólo sea para estafar con el nombre más célebre de la crisis de las pirámides de 2008. Hace muy poco en el sur de Bogotá comenzaron a circular volantes similares, aunque de color azul y sin la foto pero también anunciando el regreso de DMG.

Siempre habrá quienes defiendan este tipo de estafas, porque funcionan para unos pocos (incluidos los primeros “clientes”) a costa de estafar a mucha gente. ¿Volverán las pirámides a Colombia? ¿Volverá DMG? Posiblemente. Porque siempre habrá colombianos dispuestos a dejarse estafar, y colombianos dispuestos a estafar a los demás. Y eso incluye a todo aquel que quiera participar. Colombiano come colombiano. ¿Y el Estado? Bien, gracias.